1984: cómo nació el clásico de George Orwell que imaginó un mundo bajo vigilancia

Flavia Pittella reconstruyó en Infobae al Mediodía las experiencias de guerra, colonialismo, pobreza y propaganda que marcaron al escritor británico y terminaron dando forma a una obra todavía vigente

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George Orwell no escribió 1984 desde la distancia de quien imagina un futuro posible. Llegó a esa novela después de haber visto de cerca algunas de las formas más brutales del poder: trabajó en las colonias británicas, participó en la Guerra Civil Española, escribió sobre propaganda, trabajó para la BBC y atravesó períodos de pobreza para experimentar en primera persona aquello sobre lo que quería escribir. Cuando finalmente se sentó a terminar su última novela, estaba enfermo de tuberculosis, había perdido a su esposa y tenía a su cargo al hijo pequeño que ambos habían adoptado. Se refugió entonces en una casa aislada de una isla escocesa y allí, en condiciones precarias y a la luz de una lámpara a kerosene, terminó de escribir el libro que cambiaría para siempre la manera de hablar sobre el control y la manipulación de la verdad.

Esa es la historia que Flavia Pittella reconstruyó en Infobae al Mediodía. Para la columnista literaria, conocer cómo nació 1984 resulta casi tan fascinante como leer la novela. Orwell comenzó a escribirla en 1946 y la publicó en julio de 1949. Siete meses después murió.

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El dato biográfico adquiere otra dimensión cuando se observa aquello que Orwell había vivido antes de escribirla. Su verdadero nombre era Eric Arthur Blair y adoptó el seudónimo George Orwell, pero sus experiencias personales terminaron filtrándose en buena parte de su obra. Había estado en Birmania, donde conoció desde dentro el funcionamiento del Imperio Británico y luego escribió críticamente sobre el colonialismo. También combatió en la Guerra Civil Española, una experiencia que lo puso en contacto directo con la propaganda y con la disputa por imponer diferentes versiones de una misma realidad.

Según Pittella, esa trayectoria ayuda a entender una de las obsesiones centrales de 1984: la construcción del discurso. Orwell no solo había observado cómo el poder podía ejercer violencia; había visto cómo podía construir un relato para justificarla. Su paso por la BBC también dejó marcas en la novela: Pittella señaló que la famosa Habitación 101, donde Winston Smith es sometido a su peor tortura, estaba inspirada en una habitación de la BBC que llevaba ese número.

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George Orwell escribió 1984 a partir de sus experiencias con la guerra, el colonialismo, la pobreza y la propaganda (BBC)
George Orwell escribió 1984 a partir de sus experiencias con la guerra, el colonialismo, la pobreza y la propaganda (BBC)

La ficción llevó esas experiencias a un mundo extremo. En 1984, Winston trabaja en el Ministerio de la Verdad, una institución cuyo nombre resume una de las grandes ironías del universo creado por Orwell. Su tarea consiste en alterar noticias y documentos para que los acontecimientos del pasado coincidan con la versión que el Partido necesita imponer en el presente. Un país puede ser enemigo un día y aliado al siguiente; entonces, también cambia el registro de lo que había sucedido antes. El pasado reciente puede modificarse para el consumo del presente y, si los documentos desaparecen o son reescritos, también desaparece la posibilidad de demostrar que alguna vez existió otra versión de los hechos.

Esa idea conduce a una de las frases centrales de la novela y a una de las que Pittella recuperó durante la entrevista: “La libertad es poder decir que dos más dos es cuatro”. En el mundo de Orwell, la libertad comienza con algo aparentemente elemental: conservar la capacidad de afirmar una verdad incluso cuando una autoridad intenta imponer otra. Winston empieza a rebelarse justamente cuando intenta conservar una memoria propia, escribir lo que piensa y descubrir si existe una realidad por fuera de la versión oficial.

Orwell escribió sobre la manipulación después de haberla visto de cerca

Antes de llegar a 1984, Orwell ya había construido una obra atravesada por sus críticas al poder. Había escrito ensayos y crónicas, y también Rebelión en la granja, la fábula en la que un grupo de animales se rebela contra los humanos y termina reproduciendo aquello mismo contra lo que se había levantado. Incluso la publicación de ese libro estuvo condicionada por el contexto político: durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña era aliada de la Unión Soviética y, según relató Pittella, varias editoriales consideraron inconveniente publicar una crítica a la revolución rusa en ese momento.

El escritor George Orwell
La experiencia de George Orwell en Birmania y en la Guerra Civil Española marcó su mirada sobre el poder y la manipulación de la verdad en 1984

La mirada de Orwell sobre el poder, entonces, no surgió de una teoría abstracta. También estaba relacionada con su propia decisión de experimentar las realidades sobre las que escribía. Pittella recordó que el escritor sostenía que no era posible hablar verdaderamente de la pobreza sin haber estado en ella y que, por eso, pasó períodos viviendo en la calle y en condiciones de extrema precariedad. Quería conocer desde adentro aquello que pretendía contar.

La escritura de 1984 estuvo atravesada por una experiencia personal todavía más dolorosa. Orwell estaba en París cuando recibió la noticia de la muerte de su esposa. La pareja había adoptado a un bebé de nueve meses y, de un momento para otro, el escritor quedó solo a cargo del niño mientras su tuberculosis avanzaba. Fue entonces cuando se trasladó a Jura, una isla del noroeste de Escocia, donde tenía una pequeña granja y contaba con la ayuda de su hermana para cuidar al bebé. La casa no tenía luz ni agua corriente y Orwell trabajaba prácticamente aislado, “parado mayormente o sentado en su cama a la luz de una lámpara a kerosene”, según reconstruyó Pittella.

En esas condiciones terminó la novela, envió el manuscrito a Londres y continuó corrigiéndolo incluso después de ser internado en un hospital. Pittella contó que todavía existen restos del manuscrito con una cantidad extraordinaria de correcciones. Orwell consiguió publicar 1984 en 1949, pero no llegó a conocer el alcance que tendría su última obra: siete meses después murió.

George Orwell terminó 1984 enfermo de tuberculosis y aislado en la isla escocesa de Jura, mientras cuidaba al hijo que había adoptado con su esposa
George Orwell terminó 1984 enfermo de tuberculosis y aislado en la isla escocesa de Jura, mientras cuidaba al hijo que había adoptado con su esposa

El detalle que convirtió al lenguaje en una forma de control

Entre todas las ideas que atraviesan 1984, hay una que Pittella considera especialmente poderosa: el lenguaje. En la novela, el régimen crea la neolengua, un sistema destinado a reducir el número de palabras disponibles para los ciudadanos. La operación parece lingüística, pero tiene un objetivo político: si determinadas palabras desaparecen, también se vuelve más difícil formular las ideas que esas palabras expresan.

El ejemplo de Pittella es “libre”. La palabra puede sobrevivir para describir una cabeza sin piojos o un jardín sin malezas, pero deja de existir en su sentido político. Ya no se puede hablar de libertad porque el concepto mismo ha sido expulsado del lenguaje. Para Orwell, controlar las palabras es una forma de intervenir sobre aquello que una persona puede imaginar, discutir y cuestionar.

La idea terminó trascendiendo la literatura. La “policía del pensamiento”, explicó Pittella, es un concepto creado por Orwell, al igual que la neolengua y el Gran Hermano, expresiones que abandonaron las páginas de la novela y pasaron a formar parte del lenguaje cotidiano para hablar de vigilancia, control y manipulación.

George Orwell 1984
La experiencia de George Orwell en Birmania y en la Guerra Civil Española marcó su mirada sobre el poder y la manipulación de la verdad en 1984

Una novela sobre la censura que todavía es censurada

La historia de 1984 adquiere una nueva paradoja cuando se observa su relación con la censura. Una novela construida alrededor de los peligros de controlar la información y limitar aquello que una sociedad puede leer también ha sido objeto de prohibiciones y cuestionamientos.

Durante la entrevista, Pittella puso el foco especialmente en Estados Unidos y advirtió sobre lo que definió como “un renacimiento de la censura de libros en varios estados”. Según explicó, existen bibliotecas intervenidas y obras retiradas de los estantes, un fenómeno que también alcanzó a clásicos de la literatura estadounidense como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

Para la columnista, retirar un libro no es solamente una decisión sobre una obra determinada, sino también una definición política acerca de aquello que una sociedad puede conocer, discutir o transmitir. Y existe una paradoja histórica: “Históricamente, los libros censurados son los libros que más circulan”, señaló. La expansión de los formatos digitales hizo todavía más difícil que una prohibición física pueda impedir que una obra llegue a sus lectores.

Esa discusión devuelve a 1984 a su punto de partida. Orwell imaginó un Estado que intentaba controlar la información hasta conseguir que sus ciudadanos dudaran incluso de sus propios recuerdos. Décadas después, su novela continúa siendo utilizada para pensar los límites del poder, la propaganda y la censura, precisamente porque entendió que el control no comienza necesariamente con la fuerza: también puede comenzar cuando alguien consigue decidir qué información circula, qué hechos deben recordarse y qué palabras todavía pueden utilizarse.

libro 1984 george orwell
La vigencia de 1984 reaparece en los debates sobre censura de libros, vigilancia, propaganda y control de la información

Por eso Pittella considera que la novela debería llegar a los lectores durante la adolescencia. La recomendación apunta a los catorce, quince, dieciséis o diecisiete años, una etapa que, según explicó, invita especialmente a cuestionar el sistema y las reglas establecidas. Leer 1984 en ese momento significa enfrentarse a una historia que obliga a preguntarse quién produce la información, quién puede modificarla y qué sucede cuando una sociedad deja de discutir aquello que se presenta como una verdad incuestionable.

Pittella lo resumió al final de la conversación con una recomendación concreta: “Regalen a sus hijos e hijas de 17, 18 años, 1984 de Orwell”. Casi ocho décadas después de que Orwell terminara aquella novela enfermo, aislado y bajo circunstancias personales devastadoras, la sugerencia conserva una vigencia particular: leer 1984 no consiste solamente en conocer una de las grandes distopías del siglo XX, sino en aprender a reconocer las formas en que el poder puede intentar decidir qué debemos recordar, qué podemos decir y, sobre todo, qué estamos autorizados a considerar verdadero.

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