
Hace casi dos años salió publicado un libro que escribí por la editorial Rosa Iceberg y en enero de este año salió también en Brasil. Fue gracias a la excelente traducción de Mirella Carnicelli y a la generosidad y el trabajo de Samuel Titán, editor de la colección Fábula de Editora 34. En febrero, Samuel me llamó para contarme que me habían invitado a un festival en Paraty, un festival prestigioso que ayudaba a las ventas del libro, que mucha gente esperaba; la invitación incluía pasajes y hospedaje para mí y un acompañante. A veces pasan cosas extraordinarias. A veces nos pasan a nosotras. Corté y me pedí una semana de vacaciones en el trabajo.
El FLIP, por sus siglas, o “flipi”, como le dicen ellos, es el Festival Literario Internacional de Paraty y ocurre de forma ininterrumpida en el invierno, desde hace 24 años. El lugar común dice que la peculiaridad del Brasil es devorar la influencia extranjera para crear algo distinto. Los vanguardistas del veinte lo llamaron antropofagia. En este caso, el Hay Festival de Londres fue una inspiración inicial, pero tanto la geografía brasileña como la gracia de los brasileños —aunque toda generalización es una cárcel— lo convirtieron en una cosa totalmente distinta. Un festival muy bien pensado, sostenido y prestigioso, pero, sobre todo, tremendamente popular que llegó este año al récord de cuarenta mil participantes.
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La lista de invitados de ediciones anteriores es realmente impresionante: Salman Rushdie, Svetlana Alexievich, Don DeLillo, Colm Tóibín, Tobias Wolff, Ian McEwan, Jonathan Franzen, J. M. Coetzee, Orhan Pamuk, Toni Morrison, Annie Ernaux, Alejandro Zambra y Valeria Luiselli, entre muchísimos otros. Para resguardarme de mi neurosis y aquel amigo frecuente que es el síndrome del impostor, decidí olvidarme de todos ellos. Si la invitación había sido una confusión, la iba a aprovechar al máximo para respirar el mismo aire que la última Nobel francesa cuyo libro Los años me estaba fascinando en ese momento.

A mediados de julio, o un poco después si el año coincide con el mundial, un número cada vez más creciente de locales y turistas baja por los sinuosos caminos costeros a la ciudad a celebrar la literatura en una gran fiesta popular. Además de la buena gestión de la organización y la articulación con la municipalidad, esta desmesura es posible gracias a la ley Rouanet (Ley Federal de Incentivo a la Cultura), una política pública de mecenazgo que funciona.
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La curadora de esta edición fue la editora y crítica Rita Palmeira, que armó las veintiún mesas de la programación principal alrededor de la poeta Orides Fontela. Esta autora de poemas precisos, extraños y breves fue redescubierta recientemente por la crítica después de vivir y publicar desde un margen, con una personalidad poco apta para las relaciones públicas. Cada mesa llevaba de título un verso suyo.
Paraty es una belleza. Una ciudad colonial a medio camino entre Río de Janeiro y San Pablo. Antigua para los estándares de acá, fue poblada en el 1500 y, hasta el siglo XIX, fue sede del puerto exportador de oro más importante del Brasil. Después formó parte de la ruta de esclavos, del comercio del café y, con la llegada del ferrocarril, cayó en una suerte de olvido conveniente hasta que fue redescubierta para el turismo a mediados del siglo pasado.
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Llegamos el miércoles al mediodía en una combi desde San Pablo. En la posada nos esperaba Paola para llevarnos al cóctel de bienvenida. A pesar de que la imaginé colombiana, me despabiló rápido de mi confusión con un: “soy de Rafaela, Santa Fe. Está lleno de argentinos acá”. Nos contó que vino con una amiga por quince días hace tres años y medio y la ciudad la tomó. Después de trabajar en posadas ahora es consultora free lance de “buenas conductas” y bienestar para un hotel. Una vida posible.

En el cóctel conocíamos a poca gente y sonreímos mucho en un portuñol rústico que se fue soltando con el correr de los días. De lejos, la expresión de todos era la misma que en los encuentros literarios de acá: algo de ilusión, algo de alegría, algo de compromiso, algo de hartazgo, pero todo matizado por el bienestar general que da el buen clima y la cercanía con el mar. Esa noche el festival quedó inaugurado con una clase a cargo del editor y amigo de Orides, Augusto Massi, y una conferencia performática fascinante de la poeta Marília Garcia.
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La ciudad queda a orillas del océano, entre dos ríos. Su equilibrio es delicado y muchas de sus calles se inundan con frecuencia. Las calles de Paraty están hechas de piedra negra. Las pusieron ingenieros franceses que llegaron con el emperador portugués; eran tan lisas que se podía patinar sobre ellas. En la década del 80, las levantaron para hacer el sistema de cloacas y al ponerlas de nuevo, de forma desordenada, se volvieron una trampa para incautos. En una comida me cuentan que Annie Ernaux, a quien se ve muy fresca y feliz en el video de su conversación, estaba bastante preocupada por caerse y caminaba muy despacio agarrada del brazo de su hijo. Entiendo perfectamente esa cautela. Tengo siete meses y medio de embarazo y cada pisada me toma una breve reflexión.
De jueves a domingo se suceden las mesas en el Auditorio Matriz que tiene una capacidad para 500 personas. Queda en el centro de la ciudad histórica a un costado de la plaza principal. Como en todos los pueblos, hay una iglesia imponente en uno de sus lados. Las entradas se reservan online con anticipación y se agotan el mismo día, pero a unos metros hay una pantalla gigante que transmite las charlas para la gente que se quedó afuera.
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Además de esa programación oficial, a la manera del teatro off y off-off, hay otras programaciones paralelas que este año llegaron a cuarenta y cuatro propuestas: talleres, lecturas, música, proyecciones, mesas para chicos y jóvenes. Todo repleto de gente que, con más sorpresa que ánimo de romantizar, parece que presta atención, toma notas, casi no usa el celular.

El viernes a la tarde tuvo lugar la mesa Como revelar-te se me revelas? que compartí con las escritoras brasileñas Flávia Péret y Natalia Timerman. Las había conocido el día anterior en un almuerzo en el buffet libre para escritores y conversamos sobre nuestros libros y sus coincidencias. Las tres, por ejemplo, citamos a Silvia Molloy. Las tres escribimos sobre la pérdida de memoria, sobre los vínculos familiares, con mayores o menores grados de ficción. De porcentajes de ficción, como me dijeron alguna vez. El viernes, simulando seguridad, nos subimos al escenario gigantesco y hablamos sobre eso, sobre la relación entre la literatura y la memoria personal y social, y entonces política.
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Algunas respuestas generan aplausos espontáneos del público. A veces se aplaude un chiste o un descubrimiento inesperado; un comentario comprometido políticamente genera una respuesta inmediata. Durante las charlas se pueden dejar preguntas para los participantes que la mediadora evalúa si corresponde leer, y si queda tiempo suficiente. Me hace pensar en la figura del señor que siempre se sienta un poco al fondo y agarra el micrófono para decir: “no tengo una pregunta sino un comentario”, antes de dar un discurso. Cuando pregunté si esto era común en Brasil también, me respondieron que es tan común que hasta tiene un nombre: “el loco de la palestra”.
A la mañana siguiente escuchamos la conversación entre Paloma Vidal y Eduardo Halfon, dos autores que conozco y leí. El tema de este año del festival es el “hogar” como territorio, como metáfora de la familia y el país, y como escenario de desplazamiento. Ambos escriben entre países y lenguas, y se reconocen en estado de tránsito permanente. Vamos a pocas charlas; aprovechamos para caminar por la ciudad, ir a la playa y visitar el fuerte histórico de la ciudad buscando información sobre su origen. Yo arrastro el cansancio nuevo del embarazo y los trechos de acción —y atención— que tolero son breves. En el fuerte encontramos pocos objetos, pero hay unos monos simpatiquísimos en los árboles y la vista es una belleza.
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Volvemos cuando cae el sol para la entrevista más esperada del festival. La escritora inglesa Zadie Smith, de una elegancia y voz cautivantes, conversa con Juliana Borges. Sus respuestas son breves y llenas de sentido del humor. De un efecto menos evidente, los aplausos al principio son tímidos. Y tienen lo que más me interesa últimamente en la literatura —aunque no me queda claro todavía de qué se compone—: sabiduría. Smith dice que un escritor escribe el mismo libro toda la vida, y está bien. Que una tiene mucha suerte en la vida si tiene un par de obsesiones. Dice que le gusta pertenecer pero también salir del propio lugar y volver para verlo en perspectiva: que una vez volvió a Londres después de un tiempo fuera y en la tapa del diario contaban que el duque de York había subido o bajado de una montaña. Dice muchas cosas; la conversación y todo el resto de la programación están disponibles en YouTube. Pero rescato una, justamente sobre esto de la sabiduría. Dice que empezó a notar que hay una sabiduría intrínseca en algunas mujeres que tiene que ver simplemente con escuchar, con prestar atención a los demás. Una consecuencia de haber pasado mucho tiempo con gente diferente entre sí: con bebés y viejos, sin espamentos. Lo tomo para escribir.
La pequeña ciudad colonial, que el primer día parecía llena de gente, para el viernes y sábado alcanza una multitud con la densidad de un boliche. En las esquinas se juntan los visitantes a bailar con copas del trago local Jorge Amado, con cachaza y maracuyá. Alguien toca música brasileña en vivo; todos saben el tema, lo cantan, lo bailan, aplauden. Un poco más adelante, un grupo de jóvenes filma una entrevista en el programa de cobertura de la FLIP. Un poco antes, la aglomeración es parte de una fila para entrar a escuchar una lectura. Se escuchan tambores de una comparsa en otra cuadra. Es cualquier hora de la mañana. La fiesta dura todo el día y toda la noche. Solo las campanadas de la iglesia marcan el paso de las horas.
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(Fotos: prensa FLIP)
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