
Constanza es antropóloga forense y es hija de desaparecidos. Fue criada por su abuela, se quedó sola en la adolescencia y viaja mucho porque trabaja en todo el mundo buscando recuperar restos humanos. Acaba de regresar a Buenos Aires después de terminar, de mala manera, una misión en México. El mundo ya no es lo que era y las ideas de ultraderecha avanzan y ponen en riesgo años de trabajo. Su nueva tarea la conduce a la búsqueda de otro hijo de desaparecidos, alguien que se niega a saber sobre su pasado, que tiene una discapacidad física que será central en la historia, y con quien va a iniciar una relación apasionada y tormentosa que la lleva a dar con una clave que le dictan los huesos ajenos con los que trabaja. Esa clave, una herida que no cierra, es que tener sexo “con alguien como ella es lo más cerca que va a estar de encontrar a los padres”.
Este es un posible resumen de la idea alrededor de la cual gira Constanza y Matute (hacen la porquería), la primera novela de Mariana Eva Pérez publicada por Emecé, que cuenta con muy buen ritmo y sin solemnidad un romance de comedia y drama con enigmas de un policial, cruzado por preguntas y cuestionamientos acerca de un pasado violento y un presente que sigue sin dar todas las respuestas.
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Narrada con su distintivo humor negro, pleno de cinismo e ironía, Mariana trabajó esta vez como recurso una lengua permeada por el lunfardo y viejas formas del castellano porteño (los protagonistas fueron criados por sus abuelos, tuvieron una educación fechada en una generación anterior). Así, consigue ir más allá de su ya clásico diccionario de “hijis” o el “temita”, y se atreve a contar el sexo y el encuentro de los cuerpos sin eufemismos, aventurándose al lenguaje vulgar de la intimidad, con diálogos y escenas “chanchas” entre dos adultos que fueron víctimas infantiles, náufragos de la dictadura que comparten el trauma y los fantasmas de un pasado que no vivieron.
Mariana Eva Pérez (1977) es politóloga por la UBA, doctora en Literatura Románica por la Universität Konstanz, de Alemania, investigadora del Conicet (estudia las producciones culturales de infancias afectadas por el terrorismo de Estado) y escritora. Tenía 15 meses cuando la secuestraron junto con su madre, Patricia Roisinblit, quien estaba embarazada de 8 meses (su hermano Guillermo nació en cautiverio y fue identificado y restituido en 2004). Ese mismo día, horas antes, habían secuestrado a su padre, José Manuel Pérez Rojo. Ambos eran militantes montoneros y siguen desaparecidos. Luego de unas horas, a Mariana la dejaron en casa de unos primos. Fue criada por sus abuelos paternos, sobre todo su abuela Argentina, que enviudó temprano, y su abuela materna fue Rosa Tarlovsky de Roisenblit, la vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.
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Mariana es activista y una personalidad vibrante en las redes sociales, conocida sobre todo a partir del blog Diario de una princesa montonera y luego por los libros con ese título que reprodujeron los posteos, pensamientos y reflexiones irreverentes sobre su experiencia de vida y su activismo en los organismos de derechos humanos. Es autora del ensayo Fantasmas en escena. Teatro y desaparición y de las obras de teatro Instrucciones para un coleccionista de mariposas, Ábaco, Peaje y ANTIVISITA/Formas de entrar y salir de la ESMA.
Desde hace menos de un año Mariana vive con su familia en Berlín. Por estos días llegó a Buenos Aires para asistir a un seminario y presentar su novela erótica y política. Es domingo al mediodía y el sol regala emociones de otra estación. Estamos tomando café en un bar del Villa Crespo que se autopercibe Palermo y conversamos acerca de la cocina y los orígenes de Constanza y Matute, una historia con enorme potencial para ser trasladada al cine y a las plataformas. Una historia que su autora sabe que todavía no terminó.
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— Voy a empezar por hacerte una pregunta rara y aunque sabemos que vos incomodás siempre con tu literatura, espero que esto no te incomode.
— Bueno.
— ¿Te acordas de quién te habló de sexo por primera vez, quién te explicó cosas sobre el tema?
— Sí, mi abuela Argentina. Cuando yo era adolescente, sobre todo, yo podía preguntar y ella me contestaba bastante abiertamente. Y, después, también... Pero eso duró hasta que tuve un novio. Cuando tuve un novio, fue raro, ella se dio vuelta. Se asustó, no sé, le agarró como una prevención...
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— ¿Qué edad tenías entonces?
— Yo era muy chica cuando tuve mi primer novio. Tenía 16.
— Bueno, no tan chica.
— No tan chica, pero al año siguiente ya me fui. Me fui chiquita de mi casa con este novio. No había terminado la escuela.
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— Sí, claro, para todo eso eso sí eras chiquita.
— Se me hizo insostenible la relación de pronto por eso, porque algo a esta abuela que hasta entonces a quien yo le podía, no sé, si me daban un preservativo en la escuela y yo lo traía y le hacía un chiste, se lo mostraba y nos reíamos y lo guardaba en el cajón. Y recuerdo decirle tipo, “¿podés chequear en el cajón, ja, ja, ja?”. Y ella se reía conmigo, hasta que apareció la posibilidad real, ¿no?
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— ¿Ella era viuda?
— Ella era viuda.
— La traicionaste.
— Claro, la traicioné. Y quedó solita, re perdida. Y al poquito tiempo ella también empezó a ir a Abuelas. Entonces, como que encontró otro sentido. El sentido de su vida era criarme a mí y de pronto, supongo yo, porque nunca lo pudimos hablar realmente, fue realmente un momento muy tenso que yo tuviera una sexualidad más activa. Era algo que le ponía fin a esa tarea de crianza, algo así. Y ahí fue muy loco, pero de pronto me pude apoyar más en Rosa, mi abuela materna. Algo que hasta ese momento no pasaba. Era muy difícil la relación con ella y de pronto, en ese momento quizás vio la brecha, me vio peleada con la otra.
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— Ellas no se llevaban bien entre ellas.
— Se llevaban pésimo, competían un montón, me hicieron la vida imposible.
— ¿Competían por tu amor?
— Sí, sí. Me hicieron la vida muy imposible, tipo boludeces.
— No está tan mal igual, ¿no? Que compitan por el amor de una.
— Sí, pero no sé, cuando sos nena es triste, como raro. Rosa me quería llevar a Disney, Argentina decía que no. Ese tipo de cosas.
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— Entiendo, pero viniendo de lo que vos venías, pensar que haya habido dos abuelas peleando por tu amor...
— Ninguna de las dos tenía a nadie más. Mi mamá era hija única, mi papá era hijo único, ¿entendés? Como que yo quedé ahí, en el foco, en la disputa. Y bueno, me interesaba mostrar algo de eso en la novela, como esa energía un poco mal puesta en nosotros, que es una relación impuesta además, eso hay que rescatarlo.
— Eso es algo que me gusta mucho de la novela, que es la de parte de una generación de pibes criados por los abuelos y los efectos de esa educación en los gustos, en el lenguaje, en los hábitos. La novela tiene mucho de eso.
— Yo quería hablar de eso. Cuando terminé la revisión corregida y aumentada del Diario de una princesa montonera, me quedé pensando que que lo próximo que iba a escribir tenía que tener que ver con mis abuelos, pero no sabía de qué forma. Probé otras cosas, incluso.

— ¿Cómo qué?
— No sé, como algo que hablara más directamente de ellos. Relatos sobre el departamento donde vivió mi abuela.
— No ficción.
— No ficción, exactamente. Lo de no ficción no me gustó nada. Y yo siento que es esto, que acá aparecen como centrándose en la historia de los protagonistas. Nunca en primer plano, pero están.
— Mucho más en Matute, un personaje más trágico.
— Mucho más en él. Y aparte, la abuela acaba de morir, hace muy poco. Entonces es como una presencia, una sombra que todavía tiene encima. Que por ahí, en el caso de Constanza, lo de su abuela es en otro sentido. Como ejemplo, como mandato. Como señalándole un camino del que ella no se apartó nunca. Pero en el caso de Matute sí, es distinto.
— Pensaba en cuánto de lo que hay en la novela tiene que ver con vos y con tu vida. Todo lo que hay de tu vida estilizado para la novela.
— Sí, hay un montón de cosas que son de mi vida, de mi experiencia, imágenes. Cosas que me contaron otros hijis. Yo rescato testimonios que me hayan impresionado no por ejemplares. A mí me interesaba mostrar esa deformidad que en Matute está hecha carne, pero, digamos, la deformidad de estas historias, de lo que nos pasó después.
— Sí, pero es la deformidad y es también la humanidad porque lo que aparecen son personajes con cosas muy viles, muy crueles, y al mismo tiempo humanos y amorosos. Ser víctima no te hace mejor persona.
— No. Yo creo que al revés, tenés altas chances de que te haga peor persona.
— Por el sufrimiento, además.
— Claro, claro. Me parece a mí. Que de ahí uno pueda sacar algo bueno, que te haga salir mejor, me parece bastante excepcional.
— A partir de la ficción aparecen un montón de cuestionamientos e historias bastante siniestras de los organismos y de la política de derechos humanos, muy desde adentro también.
— Sí.
— ¿Estás tranquila?
— Sí. Estoy tranquila porque vi que no pasa nada. No me pasó nada ni con el Diario ni con Fantasmas en escena, que es el libro de mi tesis, donde analizo las obras de teatro pero que tiene contrabandeado mi análisis de las políticas públicas del kirchnerismo. Se trata del teatro de la época y se trata de la época. Y no me pasó nada porque yo tampoco le debo favores políticos a nadie, a esta altura. Estoy colgando de un hilo del Conicet.
— Como todos.
— Sigo becaria. O sea, me seleccionaron el año pasado. Y no entré. No entré porque no hay ingresos. Se supone que entré pero no entré y yo entro al sistema y me figura que mi beca termina el 31 de diciembre. Y qué pasa después, si te la prorrogan o no, qué sé yo.
— Volvamos al origen de la novela. Me decías que querías escribir sobre tus abuelos, ¿y cómo fue que decidiste escribir una ficción, una novela, una comedia romántica que tiene cosas de policial?
— Sí, totalmente. Es que se me aparecieron ellos dos, Constanza y Matute. Se me aparecieron en verdad esos diálogos. A mí me quedó pendiente un artículo para un proyecto que no lo pude terminar sobre las dimensiones estéticas de la búsqueda forense en México.

— Eso está en la novela.
— Eso está. Me quedó pendiente porque fue como algo como... No supe qué hacer con eso. No me dieron ganas de seguir indagando ni leyendo ni un carajo nada de todo esto.
— ¿Vos estuviste en México?
— Estuve allá, pero después de haber estado con ese proyecto. Y sí, hay imágenes de la novela que son de mi viaje. Estuve primero justo antes de la pandemia, pero para un congreso y poquito. Las dos veces que estuve, estuve en Guadalajara.
— Sí.
— Y después seguí en contacto con gente así que un poquito seguí el tema de Jalisco, a pesar de que nunca pude escribir y ahora siento que pude. Entonces, eran la figura de la antropóloga forense, la búsqueda forense en México, el equipo de Antropología Forense, su rol transnacional. Eso era un poquito lo que yo tenía que investigar. Después vino la pandemia y me cambió bastante ese año. Era un año de un puesto para una Universidad afuera. Yo soy medio un desastre, como que siempre estoy debiendo cosas. Soy muy desorganizada, pero al mismo tiempo no me gusta incumplir, tengo eso de buena alumna. Entonces eso que no hice me quedó picando también. Situaciones que sé, que conozco y que incluso vi. Por ejemplo, en un momento supuestamente nos dieron los legajos de los desaparecidos en Medicina y en realidad no había nada. Era como una carpetita y no había nada. Toda una expectativa para nada. Pero ponele, de pronto estaba una mesita con unas chicas de la Secretaría de Derechos Humanos y del EAAF (N. de la R. el Equipo Argentino de Antropología Forense) ahí mismo tomando muestras porque se esperaba que vinieran muchos familiares que no se habían acercado nunca. Entonces todas esas imágenes fueron como cuajando en esto. Ahora, ¿por qué una comedia romántica, una historia de amor, de sexo? Qué sé yo por qué se me dio por eso.
— ¿Habías escrito algo parecido alguna vez?
— No, nunca. Cuando hice teatro, tampoco.

— ¿Ibas mostrando lo que hacías o terminaste la novela y recién empezaste a darla a leer?
— Al principio tuve muchos meses de no contarle a nadie lo que estaba haciendo porque ni yo entendía el viaje en el que me estaba metiendo. Igualmente nunca pensé que fuera teatro.
— Siempre supiste que era narrativa.
— Siempre supe que era narrativa. Y después lo que empecé a hacer fue los domingos a la noche publicar un capítulo, o dos, o tres, o cuatro. Los iba sumando en mi viejo blog. Y, después, los lunes a la mañana lo borraba.
— ¿Y alguien entró a leer?
— La gente entraba y me dejaban comentarios y todo. Entonces hice un poquito, como con el Diario, la experiencia de probar algunos textos, pero no los quería dejar ahí. Así que los borré. Iba probando esta estructura más de folletín y esta idea que me interesaba de que termine cada capítulo y la gente se quede esperando tipo: ¿qué es lo que va a pasar? Y bueno, y que nunca sea mucho lo que se espera, digamos. A mí me interesa mucho defraudar expectativas, me doy cuenta. Es una constante.
— ¿En la literatura?
— Sí. Como la expectativa que puede haber dentro del texto, qué es lo que sigue a continuación, qué es lo que va a pasar ahora. También en la Antivisita jugamos bastante con eso. Nunca está mi testimonio, no hay tal cosa. Que es lo que la gente, supongo, viene a escuchar. O la historia de mi mamá. Está todo fragmentado, un poquito acá, un poquito allá. Terminamos haciendo espiritismo, viste. Otra cosa. Y bueno, esa idea de no seguir el guion. Entonces también me interesaba de ellos dos que no siguen el guion de los hijos de desaparecidos. Ninguno de los personajes: Marcia y Diego (amigos de los protagonistas) tampoco. Me interesaba que no siguieran el guion del hijo de desaparecidos. Ya sea que sea artista o que se dedique a la política o que no sé qué.
— Al mismo tiempo hay una ironía permanente pero eso en tu escritura no es novedad. Lo que sí es novedad es la construcción de esos personajes. La construcción detalladísima, porque son muy visuales. Es una película, es una serie. Eso está, se ve.
— Yo la vi. Me pasó por delante de los ojos.
— ¿Imaginabas eso mientras ibas escribiendo?
— Sí, tengo muchos más diálogos hasta que en un momento dije: bueno, hay que empezar a no mostrarlo todo. En un momento empieza a haber huecos. Me interesaba sí que la novela siguiera un poco como el ritmo de una relación. Cuando te enamorás y te parece que en esos primeros encuentros cada palabra, cada cosa que se dice es importante y después te la acordás y qué sé yo… Después empieza a transcurrir distinto el tiempo. Hay como mojones. Pero tenía un montón más de cosas escritas.
— Hay muchos juegos con la literatura y con el narrador o los natradores, que es en sí misma una construcción muy interesante. Además Matute es muy lector y un lector exquisito que lee a Nabokov. ¿Qué quisiste hacer ahí?
— Divertirme con la literatura. La verdad que sí. Homenajear lecturas que me salvaron la vida.
— Sorprende porque Ada o el ardor es una novela de la que se habla muy poco.
— ¿No es cierto? Muy injusto. Bueno, para mí fue una inspiración. Y eso está en la novela, porque él la está leyendo, y está más explícito en el final.

El amor entre “hijis”
— En la relación amorosa entre hijis hay en principio un universo en común, pero eso mismo también puede terminar siendo como el agobio absoluto.
— Sí. A mí me interesaba explorar esa endogamia bien a fondo. Y me parece que también toda la cuestión de la paja. O sea, hay mucho sexo y hay mucha paja. Y bueno, me parece que también tiene que ver con que en un momento se hizo muy pajero el discurso de los derechos humanos. Es muy masturbatorio. Es una cosa que se agota en sí misma, como de autosatisfacción. Ante eso que me incomodaba me fui más a fondo. Ante algo endogámico, me planteé que fueran todos hijos de desaparecidos o familiares. Excepto Gabriel, que es el jefe de ella, que es un profesional. Pero todos los demás son familiares. El único milico que aparece también es familiar de desaparecido. Eso también existió, por supuesto.
— Una de las grandes luchas de tu vida tiene que ver con la pelea por el reconocimiento de las víctimas infantiles de la dictadura y es algo que también está en la novela.
— Eso no estaba de entrada. Entró. Se impuso. Entró ligado a la condición de Matute.
— ¿Pero la discapacidad de Matute estaba desde el vamos?
— Sí, pero no lo había pensado tipo: voy a escribir una novela que muestre lo que vivieron las infancias en la dictadura. De entrada era mucho más sobre la antropología forense que sobre eso.
— Porque esa pelea es algo en lo que vos estás todo el tiempo.
— En lo que falta.
— En lo que falta, exacto.
— Ya no soy yo sola. Hay tribunales en distintas partes del país donde esto avanza. Angie Urondo está muy a la cabeza de esto también con la primera megacausa del país por crímenes contra las infancias en Mendoza. Solo contra las infancias.
— Tampoco se le dio especial atención al tema de las violaciones de las mujeres al comienzo.
— Hasta tanto tiempo después, sí. Entonces es como que esperemos que lleguemos y llegue el proceso de justicia para cuando se aviven.
— Vos no sos Constanza, pero sí sos activista. ¿Te pasó de hablar con muchos hijos de desaparecidos que no querían saber de nada sobre el tema?
— Sí, sí. Sobre todo cuando trabajé en el proyecto del Archivo Biográfico Familiar de Abuelas. La idea era dejar relatos para que se pudieran preservar para el futuro sin importar lo que pasara con las personas, como para que los nietos y nietas pudieran acceder a su historia. Y en este marco sí me pasó de encontrarme con gente decía que la institución nunca se había acercado a ellos. Hubo una cosa que a mí me dolía cuando yo era chica dentro de Abuelas y es que había una diferencia muy grande entre los restituidos y los que no lo eran. Y no hubo políticas institucionales para los que no lo eran. Si yo, que estaba ahí, me sentía un poco dejada de lado, había gente a la que directamente nunca se convocó. Gente cuyos nombres estaban porque se les había sacado sangre alguna vez, pero no hubo una cosa activa de invitarlos, de preocuparse por esos chicos, chicas. Eso es raro. Realmente fue como la centralidad exclusiva en los restituidos... En otras organizaciones, por ejemplo, en Familiares, hubo otra cosa con los niños. En la Asamblea también hubo otras cosas con los niños. En algunas iglesias hubo cosas. Madres La Plata tuvo otra actuación con los niños, otras políticas de cuidado. En Abuelas, no. El foco estaba en los que estaban desaparecidos. Estaban obsesionados con eso, y bueno. ¿Qué íbamos a decir? No se puede decir nada. A mí me dolía un poco. Entonces, cuando empezamos con el proyecto del archivo biográfico, yo contacto a algunos de estos nietos criados con los abuelos que estaban buscando hermanos o hermanas y que nunca se habían acercado a la institución ni a HIJOS, ni a ningún lado. Y fue un shock. Fue un shock ver cómo lo procesaban distinto de una.
— Qué difícil.
— Sí. Y mucha de esa gente nunca quiso hablar después. Chicos con unas vidas muy rotas también. Chicos con temas de adicciones, con temas psiquiátricos, chicos en unas situaciones que yo no estaba viendo ya en ese momento a mis 19, 20 años, más contenida por Abuelas. Yo no estaba viendo esa situación. Así que, bueno, sí. Fue como abrir la mirada y darme cuenta de que fuera del mundo de los organismos había gente que la estaba pasando muy mal. Yo quise hablar de esto.
— Hay ciertas cosas que resultan incómodas, como Constanza manejando un Audi.
— Claro, sí, sí. Marcia se lo vende. La amiga la cuida pero también le alquila la casa y le vende el auto. Se aprovecha un poco. Me interesaba también mostrar, ya de manera lateral, la historia de una amistad de mujeres de muchos años con sus altibajos, también. Y, de pronto, en un momento choto esa amistad.
— Amistad/hermandad. No todas las amigas comparten eso.
— No, no. Ellas lo fueron y en este momento no lo son.
— Pero es muy difícil cortar esas relaciones porque el otro o la otra son tu mitad.
— De hecho ellos no cortan esas relaciones. Me interesaba que fueran irredentos en ese sentido, también. Como hasta el final con sus cosas.
— En algún sentido, Constanza con Matute por un lado y Marcia y su ex, Diego, por otro, tienen algo de Cuando Harry conoció a Sally.
— Obviamente cualquier excusa es buena para hacer rewatch de Cuando Harry conoció a Sally (risas). La miro y digo: esto es por trabajo. La volví a ver, obviamente.
— Volvamos a algo que hablábamos antes, que tiene que ver con escribir escenas de sexo. Porque acá hay una historia de amor muy profunda y hay mucho sufrimiento. Porque por algo el flaco no la soporta pero le deja la puerta abierta todo el tiempo. Y en el caso de ella, ni hablar.
— Porque el sexo expresa.
— Entonces están las escenas y están las palabras “chanchas”.
— Sí, sí.
— ¿Cómo fue esa decisión y cómo fue el proceso de escritura de esas escenas?
— Me interesaba, por un lado, ese léxico que se construye en una intimidad entre dos. Ahí donde se pueden encontrar pero también escenas de desencuentro, de desencuentro fatal. Con conceptos que maneja Costanza que él no tiene ni idea de qué le está hablando. Eso me parecía divertido de pensar en la relación de a dos.
— Porque ella es una mujer de mundo que se encuentra con un tipo que no sale de su habitación.
— Exactamente. Ese era el contraste extremo que quería mostrar. Una que no tiene casa versus uno que está totalmente anclado en su lugar. Porque en los diálogos que se me perdieron en algún momento él estaba diciendo con todas las letras “yo no tengo por qué irme de acá, no me voy a ir de acá, a mí me gusta estar acá”. Pero eso era obvio, no hacía falta que lo dijera. Eso voló.
— Sabés que Nabokov vivía en hoteles ¿no?
— Es verdad, es verdad, tenés razón.
— Por elección. Con Vera, su mujer.
— Claro, es verdad. No me acordaba. Es cierto. Como en el final de Ada o el ardor.
— Yo ya no me acuerdo bien de eso. Quise volver a leerla y no encontré mi ejemplar. Va pasando el tiempo y te quedan ganas de volver a leer y, al mismo tiempo, es tan abrumador el nivel de producción que hay. Pero muchas veces me dan ganas de releer aquello que me gustó mucho.
— Yo me di el gusto de releer un montón de cosas. Me parece que es muy placentero. Yo creo que es algo que hice mucho en mi vida, primero porque tenía pocos libros, pero me gusta la idea de volver sobre un libro que te gustó.
— ¿Cómo es eso de que tenías pocos libros?
— No había biblioteca en mi casa. En eso soy Matute.
— ¿En la casa de Argentina no había libros?
— Claro. No había ningún libro. O sea, el único libro que estaba es el libro del que hablo en Materia de memoria (N.de la R. Un libro con trece relatos inéditos de escritores que vivieron la dictadura ya en el exilio o como hijos de desaparecidos). Es un libro que, en realidad, era un embute. Era un libro que escondía una carta de mi papá y estaba metido arriba de un ropero. No había ningún libro. Mis abuelos no leían, no tenían biblioteca. ¿Te digo algo más de lo del sexo?
— Sí, claro.
— Me parece que para mí fue muy importante tratar de construir esas escenas para entender, porque yo no lo tenía claro al principio, quién era el narrador. Sobre todo en la cuestión de con qué palabras se puede contar, narrar. Que va a ser “pija”, va a ser “chuparla”, no va a ser ni pene, ni sexo oral. Ahí yo entendí que formaba parte justamente de ese léxico amoroso sexual de ellos y terminé de entender que eran ellos. Y que tenían que ser esas palabras y no otras, porque eran ellos quienes contaban la historia. Y me parece un acto de justicia poética que esos cuerpos tan maltratados gocen tanto a lo largo de toda la novela. Me parece hermoso.

Las formas de la memoria
— En la novela hay cuestiones de estos personajes que tienen que ver con recuerdos encubridores o escenas o personas que en principio no parecen relacionarse con su historia pero de pronto hay una familiaridad y tiene que ver con escenas del pasado. ¿Te pasaron esas cosas a vos? ¿O hablaste con hijos de desaparecidos a quienes les haya pasado eso de tener recuerdos que no sabían que tenían?
— A mí me pasó, por ejemplo, de pronto conectarme a una audiencia virtual antes de que empezara el último juicio de la Fuerza Aérea. Era una audiencia previa como para fijar fecha. Y, claro, yo a veces soy negadora, ¿no? Entonces me conecto y no me conecto pensando: van a estar los milicos ahí. De pronto, ventanita, ventanita, abogado, qué sé yo, bla, bla, bla. Veo una persona, una cara que yo... Vázquez Sarmiento(*). Que es el tipo que estuvo en mi secuestro. Nuestro secuestro. Pero, por ejemplo, cuando lo habían agarrado un par de años antes, que venía de estar diecinueve años prófugo, la foto era con la cara blureada. Y después yo tenía vistas fotos en blanco y negro del expediente, donde era gordo, donde estaba con gorra. Nada que ver. Sin embargo, yo lo veo y me doy cuenta de que es Vázquez Sarmiento porque me empieza a recorrer una cosa por las piernas y por los brazos y una inquietud, una cosa así.
— Una electricidad (N. de la R.: en cuanto pronuncio esa palabra, nos miramos y sonreímos con una complicidad incómoda)
— Y, sí. Sí, como un hormigueo. O sea, lo reconoce mi cuerpo antes que mi cabeza. Y, después, otra historia, ya en el terreno especulativo. Durante muchos años a mí me emocionaba muchísimo en particular una de las fotos que sacó Víctor Basterra en la ESMA, que es la de Graciela Alberti, una chica que está musculosa porque la secuestran en la costa. Y que para mí tenía una cara como muy contemporánea. Esa era la situación, alguien que podría ser una amiga mía o podría ser alguien a quien yo haya conocido. Me obsesionó hasta el punto que una vuelta hice una exposición en Alemania y la puse así, gigante, esa foto (hace los gestos con las manos marcando las dimensiones de la foto en la muestra). Muchos años después, leo que esa chica había militado en Oeste. Mis viejos eran del Oeste. Y yo me pregunto: ¿y si la conocí? Capaz que no, yo era muy chiquita, entendés.

— Vos decís que pudiste haberla conocido por tus viejos, cuando eras bien chiquitita.
— Si yo la conocí, sí. Seguro que no, pero es la pregunta. Cuántas cosas tenemos escondidas los que éramos muy chiquitos en esa situación, medio bajo llave, pero que están ahí. Eso fue un disparador muy grande. Cuánto de lo que no sabemos está ahí actuando y de qué manera. Ellos piensan que simplemente se enamoran y, tal vez, en realidad se reconocen.
— Hay varios temás que son tabú en la novela. Una de las cosas que aparece como algo muy fuerte también tiene que ver justamente con los huesos, con los restos humanos, con tocarlos, con amarlos, con obsesionarse, con llevárselos, incluso. Están los fantasmas y está lo concreto de los restos. Pienso en la calavera de Miguel Hernández, todo eso.
— La noble calavera.
— Exactamente, la noble calavera. Sin espoilear, ¿cuándo apareció ese tema durante el proceso de la narración?
— Para mí eso viene de una añoranza muy profunda por algo que ya tengo la sensación de que no me va a pasar, no los voy a encontrar. Entonces, de alguna forma esto viene a ocupar este lugar. Sí, mucha fantasía con los huesos y, también, de poder encontrarlos la fantasía de cómo será.
— Para cualquier forense los restos hablan.
— Claro. Sí, porque no es solamente encontrarlos sino que encontrarlos es…
— Saber.
— Es resolver el enigma. Es saber. Cuándo, dónde, cómo, por lo menos, ¿no? Se establecen un montón de cosas. Un quién, también, por lo general, quién lo hizo, por lo menos poder atribuirlo. Entonces me gustaba esta idea de que ella haya quedado obsesionada con el primer cuerpo que armó y no lo pudo identificar, que se haya quedado como prendada de esto. También la idea que tiene que ver puntualmente con lugares en Colombia donde se adoptan como santitos a los restos NN. Esa práctica es en los cementerios y se piensa que si los cuidás a estos muertos que nadie los venera te van a conceder favores. Esta idea de ella de adoptar a este muerto, Santa Mónica 22, viene de ahí. No sé, me entraron cosas como restos justamente, restos de todas las cosas que investigo y que leo y que no terminaron todas encontrando un lugar en un paper ponele pero si encontraron un lugar en la novela.
— Mariana, vos tenés editor privado en tu casa. Tu marido es José Esses, escritor y editor.
— Sí, así es.
— ¿Fue de los primeros que leyó la novela?
— No, no fue de los primeros. Me costó mucho mostrárselo, me dio mucha vergüenza. Yo fui muy entusiasta siempre con este material y él siempre me alentó un montón.
— ¿Cuánto tiempo estuviste escribiéndola?
— Tres años y medio, justo antes de que ganara Milei.
— ¿Y escribiste entonces más acá que en Alemania?
— Sí, porque yo me fui hace diez meses. Esta novela fue mi lugar feliz a donde irme durante el gobierno de Milei.
— Claro, entiendo. Y mientras ibas trabajando todo esto, ¿de entrada sabías cómo iba a terminar?
— Para nada.
— Te llevó.
— Me llevó, me llevó. Eso estuvo buenísimo. Realmente los dejé hablar. No tenía un plan.
— ¿Por qué elegiste Villa del Parque como escenario?
— No sé, porque me pareció como un barrio real que queda en Buenos Aires todavía. Eso me interesaba mostrar, un barrio no gentrificado, casas bajas, lo que había sido Buenos Aires, algo más ligado al pasado. A mí me gusta mucho lo que hizo Julián López con Buenos Aires en Una muchacha muy bella. Y tengo escrito un artículo sobre eso, justamente, sobre el tratamiento que él hace puntualmente de Buenos Aires, de la Buenos Aires muy bella también cuando vive la madre y después ya no, las imágenes ya más tristes de los cartoneros que están al final, ¿no? Quería mostrar esa Buenos Aires que me gustaba y que va a camino de la extinción.
— Te quería preguntar por otro tema que aparece en tu novela y tiene que ver con las hijas de desaparecidos que no quieren tener hijos. Vos sos una hiji que tiene hijos.
— Sí. Los tuve muy tarde igual.
— ¿Habías pensado que no ibas a ser madre?
— Había pensado que no iba a tener hijos. Hasta que me encontré con un señor que tenía mucho deseo de ser padre. Y bueno, estuvimos muchos años igual juntos sin tener hijos. Y después en un momento... Esto está bueno, lo otro también puede estar bueno.
— ¿Pensaste que no ibas a tener o pensabas que no era para vos?
— Pensaba que no era material. Que no tenía las herramientas. Lo sigo pensando y veo que igual no hace falta, no sé cómo pasa.
— Bueno, en tu familia los chicos tienen padre y madre, ¿no?
— Eso es muy importante. Y, también, bueno, un papá súper presente. Yo no los hubiera tenido con un papá no presente. Entonces, la propuesta ya era así. Yo siento que él se desenvuelve mejor simplemente por haber crecido en una familia tipo. Que nadie tiene que explicarle cosas de cómo es estar con una familia. Que para mí todo es raro. Ponéle, mis abuelas no jugaban conmigo. Entonces la idea y la presión que hay para que hoy las mamás, además de todo, invirtamos tiempo de calidad jugando con nuestros hijos. Hay cosas que desarrollan conexiones neuronales. Es algo que me resulta como muy extraño porque yo me acuerdo de una vez que mi abuela jugó conmigo, sacamos todos los zapatos y los pusimos en el piso y jugamos a crear una zapatería y yo vendía y ella compraba. Y la felicidad que yo sentí de que quiso jugar conmigo.
— ¿Qué edad tenías, te acordás?
— No era tan grande, mi abuela. Ah, ¿cuántos tenía yo? Yo debía tener ahí tipo 7, 8 años, muy chiquita.
— Pero te quedó ese recuerdo.
— Me quedó porque era algo maravilloso. Porque ella estaba todo el tiempo haciendo las cosas de la casa. Y, después, pensé que ella estaba muy triste. No tenía ganas de jugar conmigo porque estaba triste.
— Y, sí.
— Entonces, como que por todas esas cosas yo sigo sintiendo que la caja de herramientas la tengo bastante vacía, pero también miro a mis pibes y los veo bien.

— ¿Y qué les pasa a ellos en relación con tu historia? Porque ya tienen una edad en la que de algún modo van sabiendo cosas.
— El mayor siempre me preguntó. Siempre quiso saber. Y siempre lo afectó y lo puso muy triste la idea de que nunca va a conocer a sus abuelos. Directamente lo hace llorar. La idea de que no va a conocer a sus abuelos lo hace llorar. Así, de una: lo piensa y llora. Y la chiquita, que es más reservada, con sus cosas también, tardó mucho más en preguntarme. Y ahora de pronto está preguntando. Y ella sí por ahí pregunta por mí. Ella es como que se identifica conmigo.
— Y es lógico.
— Y me preguntan también por mi abuela que me crio. Porque a la otra la conocieron.
— ¿En qué año murió tu abuela Argentina?
— En el 2005, pero cuando murió mi abuelo yo tenía 12. Y eso sí fue como un golpe muy grande.
— Claro, uno ve a las Abuelas y a las Madres que llegan a mayores pero no ve a todas las que quedaron por el camino.
— Exacto, sobre todo los abuelos que murieron.
— Sí, eso siempre lo noté. Los hombres murieron antes.
— Murieron antes, como frustrados. Mucho tema cardíaco. Sí, sí. Pero en el laburo del archivo biográfico, en ese momento de hablar con todas las familias, era realmente un patrón.

— ¿Te abruma mucho el temita?
— Sí.
— Porque es tu vida pero además trabajás con esto.
— Claro, sí.
— Cuando te pones a mirar una película como la de Rob Reiner, como decías recién, ¿es para distraerte un poco?
— Sí, obviamente. Mirá cómo va mi cabeza. Esos momentos cuando llego a casa, cuando me encierro me pongo a ver Doctor House, ponéle.
— Bueno, pero igual también ahí ves cuerpos que hablan.
— Cuerpos que hablan. Y el policial. El policial es muy adictivo, es divertido. También es la estructura del policial. Con el enigma, las pistas, las falsas pistas.
— Te hago la última pregunta. ¿Qué estás recibiendo de la gente que la lee la novela? Y me refiero no solo a los que están en el tema y especialmente a otras generaciones.
— Empiezo a tener referencias de lectoras más jóvenes que no habían leído nada de la dictadura, no les interesaba y se enganchan con esta novela. Y me encanta porque, de verdad, es lo que quería. Es exactamente lo que quería. Que llegue a otros públicos, que incluso alguien llegue por error. Me parece importantísimo dejar de hablar entre nosotros.
(*) Mariana se refiere al ex oficial de la Fuerza Aérea y miembro de la Regional Buenos Aires de Inteligencia (RIBA) Juan Carlos Vázquez Sarmiento.
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