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Los 80, David Bowie y los nuevos amigos Coleman y Cerati: la historia de Fricción, una banda física y literaria

Diego Giordano reconstruye en ‘Arquitectura moderna’ el origen y la grabación de ‘Consumación o consumo’, el disco debut de una de los grupos más singulares del rock argentino en la primavera democrática

Fricción
'Arquitectura moderna' (Vademécum, 2026), de Diego Giordano, reconstruye la historia de 'Consumación o consumo', el disco debut de Fricción publicado en 1986
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Arquitectura moderna (Vademécum, 2026) reconstruye la historia de Consumación o consumo, el disco debut de Fricción, la banda liderada por Richard Coleman que entre 1985 y 1989 trazó uno de los recorridos más singulares del rock argentino. El libro sigue la evolución musical de Coleman desde sus primeras experiencias con el jazz rock en Golem hasta la formación de un proyecto que absorbió las influencias de David Bowie, Ultravox, Roxy Music y XTC para construir un sonido de ultramodernidad. El relato detalla la composición y grabación de ese disco de 1986, realizado junto a Celsa Mel Gowland, Christian Basso, Fernando Samalea, Gonzo Palacios y Gustavo Cerati como invitado, en un contexto en que varios de sus integrantes formaban parte de Las Ligas, la banda que acompañaba en vivo a Charly García.

Más allá de la crónica de un álbum, el libro funciona como una inmersión en el clima cultural de los años ochenta argentinos, una década en que Fricción pareció estar a punto de alcanzar una masividad que nunca llegó. Con este lanzamiento a 40 años del debut de la banda, el periodista y licenciado en Letras Diego Giordano —autor también de Uniendo fisuras, sobre la consagración continental de Soda Stereo— devuelve al centro de la discusión a un grupo que tuvo a dos de las figuras más influyentes de la música argentina compartiendo un mismo espacio creativo.

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A continuación, Infobae Cultura comparte un fragmento del capítulo 1 de Arquitectura moderna.

Lector fervoroso de William Burroughs —su nombre es el primero en la lista de agradecimientos que se incluye en el sobre interno de Consumación o consumo, el debut discográfico de Fricción— y J. G. Ballard, Richard Coleman siempre tuvo interrogantes sobre la alienación y el vacío, la deshumanización en la postmodernidad y la relación de las personas con la tecnología:

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Coleman: Literariamente, yo accedí al universo de la ciencia ficción de la mano de Ballard, Richard Matheson, Arthur C. Clarke, Burroughs e Isaac Asimov. En mi adolescencia leía, sobre todo, terror y ciencia ficción. En la música, el contraste entre tecnología y sentimientos se me presentó por primera vez con “Sons of the Silent Age”, el tema de Bowie, una canción muy emocionante. Y en el lado B de ese disco está “V-2 Schneider”. Yo venía con toda esa data, y hasta el día de hoy me puede salir una letra relacionada con la ciencia ficción, aunque hoy la ciencia ficción sea el pasado.

Cinco personas, tres de pie y dos sentadas, en un pasillo con paredes de azulejos blancos y un suelo oscuro. Hay dos puertas y una lámpara
La formación de Fricción que grabó 'Consumación o consumo' (de izq. a der. en el sentido de las agujas de un reloj): Coleman, Celsa Mel Gowland, Basso, Gonzo Palacios y Samalea

Coleman se refiere a dos canciones de Heroes (1978), sucesor de Low (1977), discos que comparten la característica de tener el lado B integrado por composiciones instrumentales creadas en su mayoría por Bowie en colaboración con Brian Eno, y que exhalan, por así decirlo, un aire de modernidad alemana: la canción “V-2 Schneider” es el homenaje —algunos críticos afirman que se trata de un elogio envenenado—, de Bowie a Florian Schneider, uno de los fundadores de Kraftwerk. La mayor parte de esos discos, además, se grabó en los estudios Hansa, en Berlín Occidental, a metros del muro que dividía la ciudad en dos.

En el número 69 de la revista El Expreso Imaginario, publicado en abril de 1982, apareció un aviso enviado por Richard Coleman en el que dejaba su teléfono con la esperanza de contactarse con un “tecladista equipado que se cope en hacer algo tipo techno”. Entre paréntesis, el guitarrista ubicaba los puntales estéticos de su exploración: Ultravox!, David Bowie y un sugerente etcétera. En el momento en que Daniel Melero leyó el aviso y discó el número de Coleman, comenzó una historia que tendría múltiples ramificaciones y que estaría protagonizada por músicos que, a lo largo de esa década, trazarían las líneas de la renovación del rock argentino.

En el ámbito musical, a comienzos de los 80, era imposible sustraerse a la vorágine tecnológica que inundó el mercado de sintetizadores, procesadores, baterías electrónicas y máquinas de ritmo —todos interconectados a través del lenguaje MIDI (Musical Instrument Digital Interface, interfaz digital de instrumentos musicales)—, y que instaló la idea de que el futuro de la música estaba en esos sonidos modernos y en esos ritmos robóticos y repetitivos.

La carrera por la última novedad tuvo consecuencias notorias. Como explica el ingeniero de sonido Mario Breuer, los años 80 fueron “una década signada por la idea de que los instrumentos no sonaran en su estado natural”. Sonido artificial, entonces, en consonancia con un contexto de creciente modernización tecnológica que decantó en ritmos contracturados, sonidos procesados hasta volver irreconocible su origen y descarte de todo lo que tuviera que ver con la década anterior. Así lo recuerda Sebastián Schachtel, tecladista de Clap: “A veces elegíamos determinado micrófono solo porque era nuevo y descartábamos, que eran mucho mejores, solo porque eran los que se habían usado en los 70. Lo analógico estaba asociado a lo viejo, y usábamos muchos procesadores digitales. Tengo un par de amigos que coleccionan teclados y compraron Minimoogs regalados en aquellos años”.

En septiembre del 81, unos meses antes del enviar el aviso a El Expreso Imaginario, Coleman se subió a un avión con destino a Madrid. El contraste entre la represión que se vivía en el país y la libertad que experimentó en Europa fue tan brutal que a las pocas horas de llegar supo que ya no sería el mismo: “Siempre hago el paralelo con El enigma de Kaspar Hauser, la película de Herzog. El tipo vivía en un sótano y su mundo era ese. Así me sentía yo en Argentina”, cuenta.

Fricción
Los jóvenes Gustavo Cerati y Richard Coleman, una naciente sociedad creativa

En Barcelona asistió a un happening con banda de rock incluida, en el que los asistentes recibían instrucciones para pasar la noche. La misión de Coleman fue relacionarse con la persona que tuviera al lado. En Londres asistió a un recital de Lemon Kittens, agrupación que apareció en el escenario ataviada solo con taparrabos y en la que tocaba Sara Lee, integrante de la banda The League of Gentlemen, formada por Robert Fripp. Y en París vio a Genesis en vivo, durante la gira de Abacab (1981).

En un bar de Madrid escuchó “Thela Hun Ginjeet”, de King Crimson, y en Barcelona se compró un walkman y los casetes London Calling (The Clash, 1979), More Songs About Buildings and Food (Talking Heads, 1978), Burnin’ (Bob Marley & The Wailers, 1973) y Sitting Targets (Peter Hammill, 1981).

Coleman: Esos cuatro casetes me mataron. Yo caminaba por la ciudad con el walkman que me había comprado y estaba enloquecido, especialmente con The Clash. Cuando explotó el punk, en Argentina estábamos culturalmente cerrados. Y cuando la cosa se abrió, el punk ya era post, había quedado desfasado. Además, el punk era un movimiento más complejo que la new wave. En Argentina, lo único que permitía la represión cultural era el halo de solemnidad que tenía mi generación. Del sinfónico pasamos al jazz rock, todo imposible de tocar y con un contenido joven neutro. La protesta del punk acá no iba a correr. Y musicalmente tampoco, porque acá había mucha solemnidad y el punk no se hubiera entendido, se habría dicho que no sabían tocar. Ese viaje a Europa fue una experiencia muy nutritiva. Lo más importante fue ver cómo era vivir en libertad.

***

Entre septiembre y octubre de 1982, Coleman entró a la sala de ensayo de Soda Stereo, enterado de que el trío buscaba un guitarrista. Hasta ese momento, el futuro líder de Fricción y el líder de Soda no habían cruzado palabra.

Unos años atrás, Coleman había asistido a un recital del Vozarrón, grupo en el que su amigo Marcelo Kaplan tocaba el piano y Cerati la guitarra.

Fricción
Las dos caras del vinilo de 'Consumación o consumo', el disco debut de Fricción, editado en 1986.

Coleman: Fue en la vieja Trastienda. Vozarrón era un grupo de música instrumental. Gustavo tocaba muy bien, tenía una SG y un equipo Music Man. En un momento, le pusieron un micrófono enfrente y cantó una o dos canciones. Fue increíble, no quedó nada, las minas dejaron de mirar al flaco con el que habían ido y se quedaron pegadas a lo que pasaba en el escenario. Y eso que Vozarrón hacía una música súper aburrida.

Después de algunos ensayos con Soda, Coleman decidió correrse del proyecto. Pero la relación musical y personal que entabló con Cerati sería decisiva para su próximo movimiento. Coleman encontró en Cerati un par, un artista con el que compartía gustos musicales y una motivación, la de insertarse en el panorama del rock argentino con una propuesta novedosa, al margen de las corrientes imperantes. Encontró, también, un socio creativo para un proyecto llamado Fricción!

Alumno de la carrera de Licenciatura en Física, Coleman se había obsesionado con el concepto de fricción. En diferentes entrevistas publicadas en 1986, año en que fue editado Consumación o consumo, detalló los motivos que lo llevaron a bautizar su grupo con un sustantivo cuyo antónimo es, según la Real Academia Española, armonía. Con la elección del nombre, Coleman definió el sentido, la personalidad y el destino de su proyecto:

“Era una palabra que me obsesionaba. Tenía una serie de connotaciones… yo estudiaba física y estaba viendo la ley de movimiento uniforme, aparte estaba peleándome con un montón de gente, había fricción a muchos niveles y también sonaba raro. Me gustaba, era medio pasado de moda ponerle un nombre que terminara en -ción”.

Hay una fuerza que produce energía, hay chispas, hay fricciones.

…me identifica mucho el hecho de que a partir de distintas situaciones de choque, de roces o luchas se genere, ordenada o desordenadamente, algo que alimente.

La decisión de adjuntarle un signo de exclamación al nombre de su proyecto tiene su origen en el grupo que Coleman eligió nombrar en el aviso publicado en El Expreso Imaginario que respondió Melero: “Fue por Ultravox!, quería que el nombre fuera como un llamado de atención”, explica.

Así, el signo de exclamación en Fricción! se conectaba, indirectamente, con el linaje alemán que los integrantes de Ultravox! idolatraban. En la Berlín de la última mitad del siglo XX, capital dividida de un país partido en dos en cuya frontera se disputó una guerra geopolítica durante medio siglo, los carteles que delimitaban las distintas zonas administrativas estaban encabezados por una palabra: Achtung! (¡Peligro!), un llamado de atención sobre un peligro cercano, coronado con un signo de exclamación que funcionaba como una advertencia.

[Fotos: Mariano Galperín / gentileza Vademécum]

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