La gramática del fusil: en Estados Unidos las armas son parte del paisaje

La narrativa y la historia norteamericanas exhiben cómo el rifle dejó de ser un elemento puntual para volverse inseparable de la identidad nacional

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Vista aérea de un rifle de asalto, una escopeta y tres pistolas con municiones y cargadores, todo colocado sobre una bandera de Estados Unidos.
Una colección de rifles, escopetas, pistolas y varias cajas de municiones y cargadores se extiende sobre una bandera de los Estados Unidos, destacando el debate sobre la posesión de armas en el país. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Chéjov legisló para todos los teatros del mundo menos uno. Si en el primer acto hay un rifle colgado en la pared, decía, en el tercero tiene que disparar: la economía dramática exige que el arma se justifique, que su presencia sea una promesa y no un adorno. La regla presupone algo que en los Estados Unidos nunca fue cierto: que el arma sea una excepción, un objeto que la trama debe explicar. En la literatura norteamericana el rifle no necesita colgarse en el primer acto porque ya estaba ahí antes de que se levantara el telón; antes del teatro, incluso antes del país. No es utilería: es la escenografía misma.

Entender la diferencia entre el arma como recurso narrativo y el arma como atmósfera es entender buena parte de la historia literaria de los Estados Unidos, y de paso su presente político, que sigue discutiendo en 2026 lo que no pudo resolver ni después de Columbine, ni después de Sandy Hook, ni después de Uvalde; ni para el caso el intento de magnicidio de Trump o el asesinato de Charlie Kirk, o Kennedy, o John Lennon.

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En los Estados Unidos circulan más armas de fuego que personas: alrededor de ciento veinte por cada cien habitantes según el Small Arms Survey, una proporción que duplica a la del segundo país de la lista, Yemen, un país en guerra. Apenas dos o tres constituciones en el mundo reconocen algún derecho a la tenencia de armas; ninguna le da la centralidad casi litúrgica de la Segunda Enmienda, ratificada en 1791 y reinterpretada en 2008, cuando la Corte Suprema decidió en District of Columbia v. Heller que aquella frase sobre las milicias bien organizadas protegía en realidad un derecho individual.

Columbine, aquella masacre que dejó huellas. (REUTERS/Kevin Mohatt)
Columbine, aquella masacre que dejó huellas. (REUTERS/Kevin Mohatt)

Esa cultura no nació de la caza ni del deporte ni siquiera de la desconfianza jeffersoniana hacia el poder central, aunque todas esas cosas la adornaron después. Nació de dos empresas de despojo. Hacia el oeste, el arma fue el instrumento de la conquista territorial y del exterminio indígena; hacia adentro, fue la herramienta de las patrullas esclavistas, las milicias blancas que recorrían los caminos del sur cazando fugitivos. Las diversas teorías que intentan comprender esta cultura plantean que la Segunda Enmienda se redactó, en parte decisiva, para garantizar a los estados sureños el derecho a mantener armadas esas patrullas; como el residuo jurídico de la colonización: el ciudadano armado original no se defendía de un tirano sino que perseguía a un esclavo o desalojaba a un indio. Un eslogan publicitario de la época dorada del revólver lo dijo sin querer: “Lincoln liberó a los hombres, pero fue Sam Colt quien los hizo iguales”. El relato fundacional norteamericano es el del hombre blanco que se interna en la tierra salvaje, mata, y regresa purificado y renacido. No redimido a pesar de la violencia: redimido por ella. El arma no es un accesorio de ese relato; es la imagen de un rito sagrado.

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Emily Dickinson casi no salió de su casa y jamás publicó en vida más que un puñado de poemas, buscó una figura para decir su propia vida, encontró esto: “Mi vida había sido un arma cargada”, arrinconada, hasta que el dueño pasó y la reconoció. Se ha leído ese poema como alegoría de la ira femenina, de la vocación poética, de la potencia sin destinatario; lo que importa aquí es más simple y más inquietante: en la América de 1863, hasta la interioridad de una mujer enclaustrada se pensaba a sí misma con la gramática del fusil. El arma no era un tema; era un idioma.

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Las aventuras de Huckleberry Finn

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En Huckleberry Finn Mark Twain cuenta la disputa entre los Grangerford y los Shepherdson, dos familias aristocráticas que se matan entre sí desde hace tanto tiempo que nadie recuerda el motivo, y que asisten juntas a la iglesia con los rifles entre las rodillas para escuchar un sermón sobre el amor fraterno. Huck anota que todos elogiaron la prédica. Unas páginas más adelante, el coronel Sherburn mata a un borracho inofensivo en plena calle y luego, solo con su escopeta, humilla desde el porche a la turba que venía a lincharlo, con un discurso sobre la cobardía del hombre promedio. Twain entendió las dos caras del asunto: el honor armado como farsa sangrienta, y el arma como la única oratoria que en ciertos lugares garantiza ser escuchada.

Con Hemingway el arma dejó de ser tema y se volvió estética. No es una metáfora fácil: la famosa economía de su prosa, la frase corta, el adjetivo suprimido, la teoría del iceberg, se formó en el mismo molde que su ética de cazador, expuesta sin pudor en Las verdes colinas de África: el tiro limpio, único, sin desperdicio, que mata bien. Escribir una frase y disparar un rifle eran para él disciplinas hermanas. Toda una generación de narradores norteamericanos aprendió a escribir así, lo que significa que aprendió, aunque no lo supiera, a escribir como se dispara.

Pero en Hemingway el arma es también, y sobre todo, una herencia, en el sentido más literal y más siniestro. Su padre, Clarence, médico de Oak Park, se mató en 1928 con un revólver que había pertenecido al abuelo; la madre le envió después el arma a Ernest por correo. Él escribió el duelo oblicuamente en Padres e hijos uno de los cuentos de Nick Adams, y pasó las tres décadas siguientes rodeado de escopetas, hasta la madrugada del 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho. Habría que resistir la tentación de leer esa muerte como símbolo, porque fue antes que nada una enfermedad y una tragedia familiar que siguió cobrando, su hermana, su hermano, su nieta Margaux; pero sería deshonesto no anotar que la estadística lo acompaña: más de la mitad de las muertes por arma de fuego en los Estados Unidos no son homicidios sino suicidios, el costado del problema del que la épica no habla nunca.

Ernest Hemingway - Cabo Blanco - Piura - marlín - Perú - pesca - Perú - 19 febrero
Hemingway: su padre se mató con el arma de su abuelo. (Muy Interesante)

Faulkner ofreció el rito contrario. En El oso, la nouvelle central de Desciende, Moisés (1942), el joven Ike McCaslin quiere ver al oso legendario del bosque grande, y no lo consigue hasta que comprende que debe desprenderse de todo: deja el rifle, después el reloj, después la brújula, y solo entonces, desnudo de técnica, el oso se le aparece. Y Faulkner la lleva hasta el final, porque Ike, años después, renuncia también a la plantación que le corresponde por herencia, al descubrir en los libros de contabilidad de la familia el incesto y la esclavitud que la fundaron. El rifle y la escritura de propiedad son, en Desciende, Moisés, la misma herencia envenenada. Ningún escritor norteamericano vio con tanta claridad que el arma del sur no apuntaba al bosque sino al pasado.

En su cuento Un buen hombre es difícil de encontrar (1953) Flannery O’Connor nos presenta a una abuela charlatana y egoísta que alcanza su único instante de gracia cuando reconoce al asesino con tres balas de por medio, y el inadaptado pronuncia entonces su veredicto atroz: “habría sido una buena mujer si hubiera tenido a alguien que le disparara cada minuto de su vida”. O’Connor explicó su método: para los duros de oído hay que gritar, y para los casi ciegos hay que dibujar figuras grandes y grotescas. En su ficción el revólver es el megáfono de Dios, el único instrumento capaz de perforar la sordera espiritual de un país lleno de sí mismo. Y tal vez sea por eso que sus cuentos siguen incomodando: sugieren que en la imaginación norteamericana ni siquiera la gracia encuentra otro vehículo que el cañón de un arma.

Entrada principal de un supermercado Publix con logo verde. En primer plano, un cartel prohíbe el porte abierto de armas, excepto para la policía.
Un supermercado prohíbe entrar con armas a sus locales, en Estados Unidos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Y después está Cormac McCarthy. Meridiano de sangre (1985) toma la materia histórica de la expansión hacia el oeste y la devuelve a su verdad documental: la pandilla de Glanton, cazadores de cabelleras a sueldo de los gobernadores de Chihuahua y Sonora, matando indígenas por dinero y, cuando escasean, mexicanos cuyas cabelleras se les parezcan. No hay duelo al atardecer, no hay código, no hay pueblo mirando detrás de las ventanas; hay comercio. Veinte años más tarde, en No es país para viejos (2005), McCarthy remató la operación con un detalle de una crueldad perfecta: su asesino, Anton Chigurh, mata con una pistola de aire comprimido para aturdir ganado, la herramienta de los mataderos. Le niega al verdugo hasta la dignidad del revólver; las víctimas mueren como reses. Y alrededor de Chigurh, la novela despliega el paisaje real del Texas contemporáneo: todo el mundo está armado: el cazador Moss con su rifle de francotirador, los narcos con sus ametralladoras, los rancheros, los policías, y ese arsenal universal no salva absolutamente a nadie.

Un adolescente sostiene un arma en un stand de exhibición durante la reunión anual de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) en Dallas, Texas, EEUU, el 18 de mayo de 2024. REUTERS/Shelby Tauber
Un adolescente sostiene un arma en un stand de exhibición durante la reunión anual de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) en Dallas, Texas, EEUU, el 18 de mayo de 2024. REUTERS/Shelby Tauber

Charlton Heston, en la convención de la NRA del año 2000, levantó un rifle sobre su cabeza y desafió a quitárselo “de sus manos frías y muertas”. La frase se volvió consigna porque condensa el mito entero: el arma como parte del cuerpo, inseparable de la vida misma del hombre libre. Chéjov, otra vez, no sirve aquí; su regla suponía que el rifle podía descolgarse de la pared. En los Estados Unidos el tercer acto llega todos los días y el rifle sigue colgado, o mejor dicho empuñado, fundido a la mano que lo sostiene.

Lo mejor de la literatura norteamericana lleva doscientos años haciendo el trabajo lento y probablemente inútil que su política no intenta: abrir esos dedos, uno por uno, para mirar qué es lo que la mano tiene tanto miedo de soltar.

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