
La muerte de un hijo es la que no tiene nombre. Es la que, paradójicamente, también deja más más huérfano a quien la padece.
Una tradición reciente tiende a nombrarlos como “ángeles” que, en adelante, cuidaran de sus padres. En su libro La muerte de un hijo, la psicoanalista Ginette Raimbault realiza un breve recorrido histórico sobre cómo los niños fueron despedidos a lo largo de la historia de Occidente:
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“Otros hechos atestiguan, además, la importancia acordada a los niños. Así ocurre con la posición privilegiada de sus tumbas en los cementerios, en los que, incluso en la baja Edad Media, se les reservan de manera exclusiva sectores enteros […]. Aunque no estén bautizados los niños no siempre son apartados por completo del cementerio, su entierro es objeto de un cuidado especial y se les otorgan los mejores lugares.”
Esto se debe a la aparición de un culto específico, a partir del siglo XI, que es el debido a los Inocentes. En la misma línea, en el siglo XII se difunde el culto del Niño Jesús, esto es al hijo de Jesús en su calidad de Niño. En un libro exquisito, que nadie interesado en temas de niñez debería dejar de leer, como lo es El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, el historiador Philipe Ariès dice:
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“Una miniatura otomana del siglo XI nos da una impresionante idea de la deformación que el artista hacía sufrir a los cuerpos de los niños y que nos parece ajena a nuestros sentimientos y a nuestra intuición. El tema es la escena del Evangelio en la que Jesús pide que se le acerquen los niños, y el texto latino es claro: parvuli. Ahora bien, el miniaturista agrupa alrededor de Jesús a ocho hombres verdaderos, sin ningún rasgo de la infancia, los cuales han sido simplemente reproducidos a tamaño reducido. Sólo su talla los distingue de los adultos.”
Durante siglos, los niños fueron representados como adultos de menor tamaño. Uno de los criterios que implicó una transformación del criterio en el modo en que se veía al niño, fue la chance de su pérdida.
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El núcleo del libro de Ariès –cuyo gran ensayo sobre la muerte en Occidente es un clásico– es que la infancia, tal como la conocemos, tiene un origen histórico definido alrededor del siglo XVIII, en particular con el auge del paradigma educativo.
La idea de que los niños deben ser cuidados y de que se les debe educación es una idea de muy reciente factoría. No hay más que pensar en las novelas de Charles Dickens con esos niños dejados a la buena de sus aventuras.
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El niño, entonces, es primero el de la pequeña burguesía, mientras que el niño pobre es un bandido, un futuro rufián, ajeno a las buenas costumbres. Es por el niño acomodado que se piensa una nueva idea de educación que, curiosamente, coincidirá con su apresamiento.
Institutrices, tutores, inician una lista a la que, luego, se sumaran “profesionales” de la infancia. Esta es reconocida en la medida en que surgen dos espacios asignados: por un lado, la escuela y, por otro, lado, el internado.
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Como ya lo planteara Michel Foucault en Vigilar y castigar, la escuela sobreviene con el propósito de ser una cárcel a menor escala; forma disciplinariamente e instala una primera homogeneización del mundo infantil para separarlo del mundo adulto.
Antes de eso, el niño rico es al que se le reconoce la voluntad del capricho, así como el niño pobre solo tiene algo para dar: su muerte; en un trabajo que le arranca la infancia, que le quita la inocencia, que lo priva de aquel que es su ser-en-el-mundo: el juego.
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La idea de que los niños deben jugar, que tienen toda la vida por delante, que el amor es la forma principal de vincularse con ellos, también es de reciente datación. Para esto ocupó un lugar fundamental el psicoanálisis.
Como buen teórico del siglo XIX, aunque su obra se desarrolló principalmente en el XX, Freud pensó que la infancia reproducía la historia de la Humanidad (que la ontogenia era la condensación de la filogénesis de la especie) y que la atención a la infancia podía resolver conflictos ancestrales.
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En este punto, el niño ya deja de ser visto como mera creatura y pasa a ocupar un lugar de herencia. En efecto, el complejo de Edipo es un concepto que piensa a partir de la idea de una sucesión.
Que los hijos nos siguen y continúan, que nuestro narcisismo se les transfiere e inviste, que –como dice la canción de Serrat– “cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir”, es una reflexión que pertenece a un mundo post-analítico.
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En este punto, hay un enorme movimiento que se produjo: pasamos de la historia del niño a la del hijo. No siempre un niño fue un hijo. Es a partir del siglo XX que, ante un niño perdido, alguien pregunta: “¿Dónde están los padres?”. También es en el mundo contemporáneo que la muerte de un hijo –que es mucho más que la muerte de un niño– deja una herida que no cicatriza. Mucho más profunda si ese hijo es, además, un bebé –que incluso pudo no haber nacido–.
En este artículo comentaré dos novelas breves y contundentes para plantear la cuestión, una que es un clásico y otra más reciente.

Perder un hijo nacido
El nadador en el mar secreto es un relato que se publicó en 1975, a partir de un grave episodio en la vida de su autor. William Kotzwinkle esperaba a su primer hijo y, repentinamente, pasa algo inesperado. La esposa rompe bolsa –así comienza el texto– y todo parecía previsto y bien encaminado: “Habían estudiados los manuales de parto”.
Sin embargo, desde el principio hay un detalle que llama la atención: “Los ojos de ella eran como los de un niño”. ¿Somos adultos los hombres y mujeres que tenemos hijos hoy? En la carrera por estar preparados y leer sobre crianza y hacer cursos, ¿no hay algo que queremos asegurar porque estamos profundamente inseguros de nosotros mismos?
“Le pareció a Laski [el esposo] reconocer a dos Dianas [la esposa] distintas: una se sacudía como una hoja, la otra estaba calma y decidida como si fuera una vieja comadrona”; la llegada de un hijo representa un conflicto subjetivo ineludible.
Ya en el hospital, ante la escena que refleja el trabajo de parto, “él se quedó ahí parado, impotente”, como muchos varones que buscan acompañar y, progresivamente, se vuelven el centro de atención por su inutilidad.
Cuanto más inútil es él, más ella comienza a tomar protagonismo. Él se aferra a lo que “habían practicado”, mientras que en ella ocurre un fenómeno inédito: “Toda su belleza había desaparecido y parecía una criatura asexuada luchando con todas sus fuerzas”.
De este modo, llegamos a una conclusión del narrador que bien podría haber llevado la firma de un tal Sigmund Freud: “La vida nos esclaviza, nos hace desear hijos, nos da miles de ilusiones acerca del amor, y todo eso con tal de poder avanzar”.
La llegada de un hijo es “una realidad para la que tanto se habían preparado y para la que ninguna preparación era suficiente”. De repente, ocurre la tragedia:
“Barker [el obstetra] dio un paso atrás, secó su frente de vuelta y Laski recordó momentos de su propia vida en los que, al enfrentarse a situaciones que le resultaban desconcertantes y rígidas, también se había secado la frente de esa manera. Barker colocó de nuevo el aspirador en el pequeño e inmóvil cuerpo y lo prendió, y un leve suspiro salió del caucho de goma.
—¿Es el bebé? —preguntó Diana.
Laski la miró y luego apartó la vista y la dirigió hacia su pequeño hijo, hacia su diminuto brazo rosa que se alzaba y volvía a caer débilmente en la mano de Barker.
[…]
Ella levantó la vista hacia él.
—Lo sé —dijo ella.
—Lo siento.
—No es tu culpa —dijo ella, con un sollozo atravesándole la garganta.
—El bebé parece perfectamente normal —dijo Barker—. No hay razón para pensar que no puedas tener otro hijo”.
Ahora bien, ¿cómo se sustituye lo insustituible? ¿Cómo se reemplaza una vida que no fue? Acaso, ¿el nacimiento de otro hijo sutura la herida que dejó el anterior? Nadie tiene la madurez suficiente para tener un hijo, ¿se la puede conseguir perdiéndolo?
William Kotzwinkle escribió este relató de un tirón, en un acto de descarga frenética, quizá con menos intención literaria que catártica. Y así fue que escribió una obra maestra, que llega al corazón de la pregunta por la pérdida de un hijo.
Perder un hijo que no nació

Cuando leí Malasangre, de Giselle Krüger, supe que volvería a leer lo que publicara. Así fue que cuando salió Desmadre, lo puse pronto en la lista de prioridades.
Y no decepcionó. Al contrario, en esta novela encontré un planteo que me permitió dar una mayor profundidad a la pregunta por la pérdida de un hijo.
Un día una mujer embarazada va a un control y se encuentro con que no hay latidos. “Solo resta pensar que fue mi culpa”, piensa. ¿Hubo algún signo que dejó pasar? ¿Tendría que haber estado más atenta a un indicador? Preguntas sin respuesta.
Durante un primer momento, la mujer se siente enloquecer: “Me tumbo de costado y coloco una mano sobre mi panza, es algo todavía instintivo: tengo miedo de aplastarlo. Él también tiene que sentirse cómodo”.
Ese bebé que ya no está, está más presente que antes: “Esta vez quiero ser yo la que no conteste, congelar la escena. Aferrarme a la posibilidad de que mi hijo no esté muerto sino dormido”.
En simultáneo a esta historia se cuenta otra, la de una obstetra cuya madre padece Alzheimer. De un modo muy perturbador, esta segunda historia se introduce a partir de un capítulo puntual en que una mujer busca a la médica para solicitarle auxilio, ya que la madre se cayó de un balcón.
La orfandad atraviesa todas estas páginas. Por un lado, la de la madre que se quedó sin un hijo: “Quizás el nombre sí le devuelva la vida”, “Vuelvo a disculparme por no haber sido suficiente para mantenerlo con vida”, “Quien tiene un hijo sabe de lo que hablo, aunque lo sabrá mejor si algún día lo pierde”. Así asistimos a un progresivo trabajo de duelo.
Por otro lado, la doctora ve irse a su madre… hasta que esta tiene un bebé Reborn que le hace compañía. Dicen los profesionales que a las personas mayores les hace bien, los mantiene activos y hasta lúcidos, el cuidado de un animal, o de un muñeco de silicona, si es que están deprimidos y comienzan a perder sus facultades.
La doctora no tiene hijos y la madre, con la impunidad de la enfermedad, no se lo deja pasar: “Vos te entretenés con los bebés de otros, y yo, con el mío”. En cierto punto, el cuadro de la madre empeora y la hija sin hijos le quita el bebé a la madre… para dárselo a esa mujer que, en un duelo imposible, estuvo al punto del suicidio.
“¿Cómo es posible que muera alguien que aún no nació? […] todo siempre va a morirse dentro mío”, piensa la mujer que cada día está más sumida en la melancolía. “¿Qué es el cuidado si no un montón de secretos ocultos?”, piensa la doctora con ironía.
Un hallazgo del cruce de estas dos historias está en cómo sitúa que la muerte (real en la ficción, simbólica en el psiquismo) de la madre es condición para que una hija pueda acceder a una maternidad propia. Es muy interesante el modo en que el inter-juego entre la paciente y la doctora duplica roles simétricos y reversibles.
Ambas mujeres representan dos posiciones de hijas, como en un cuento de hadas: la hija buena que es castigada por la madre (bajo la forma del destino) por su deseo de hijo y la mala que se lo roba. Lo interesante es cómo una (la ladrona) se lo da a la otra como vía de reparación por su pérdida.
Por lo tanto, ¿hay modo de tener un hijo sin haberlo perdido previamente de alguna manera? Esta es la diferencia entre las dos novelas que comento en este artículo; dado que el primero piensa desde la perspectiva del varón, no llega a profundizar en la dinámica psíquica que le da origen al deseo de hijo (en una mujer).
Creo que esta distinción es la que se refleja entre un hijo que nació (muerto) y otro que no nació (pero vive): para el hombre, la pérdida es un punto de detención; para la mujer es el comienzo de una nueva vida.
[Fotos: UIP Pictures; Wikimedia y archivo Infobae]
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