Mi Mundial: 8 escritores cuentan estos días de pasión futbolera y sus derivados

La desmesura y el análisis conviven en estos autores que nos regalan una mirada singular en medio de la apasionada rutina de banderas y goles

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Mi Mundial: 9 escritores cuentan cómo viven estos días de pasión futbolera y sus derivados (REUTERS/Kai Pfaffenbach)
Mi Mundial: 9 escritores cuentan cómo viven estos días de pasión futbolera y sus derivados (REUTERS/Kai Pfaffenbach)

Nadie se pierde un Mundial. Están los que siguen con sus vidas como si nada, intentando que el fútbol sea apenas un murmullo lejano, pero también los que se entregan a la pasión de banderas y goles. ¿Qué puede hacer un escritor frente a un fervor así? Los nueve autores con los que habló Infobae están disfrutando (y sufriendo) la desmesura de los días mundialistas. Aferrados a la pantalla, siguiendo jugada a jugada, anotando cada resultado, se dejan llevar por la dinámica de lo impensado, pero también observan con suma atención todo lo que pasa alrededor, en el borde, sus derivados.

¿Qué dice este Mundial del mundo? A continuación, Bárbara Pistoia, Eduardo Berti, Florencia Canale, Jorge Carrión, Ana Wajszczuk, Javier Sinay, Julieta Correa y Nicolás Guglielmetti nos dan algunas respuestas.

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El fútbol nunca es solo fútbol

Bárbara Pistoia, autora de libros como “Una guerra en paz” y “Todo Diego es político”

Aunque esta vez me estaba costando entrar en clima, la verdad es que una vez que arranca el Mundial te arrasa. Por lo general, no suelo perderme ningún partido y los tengo de fondo mientras trabajo o hago otras cosas, pero después hay algo de ordenar la jornada freelance alrededor de los partidos que me interesan especialmente y eso habilita cierta ritualidad que disfruto mucho. Este mundial además tiene varías ironías, porque Estados Unidos es una ironía en sí: una potencia aferrada a un sueño americano blanco que no asume su tercermundismo interior, que fanonianamente es la mejor fuerza que tiene, y a su vez, un mundo que cuando mira a Estados Unidos, en general, compra ese relato de potencia y sueño americano blanco, y casi no miran a ese tercermundismo, a sus comunidades racializadas, afro y latinos, y tantos más, a todas sus corrientes alternativas, a todo eso que construye una contradicción muy fuerte, irresuelta. También es increíble ver cómo el juego siempre gana: el mundial en cada edición se vuelve más obscenamente ambicioso en su concentración de poder, guita, publicidad, interfiriendo directamente en lo que es el juego en sí. Y sin embargo, la pelota rueda y todo puede pasar. ¡Y pasa de todo! Lo interrumpen para publicidad y show, le meten el VAR para llevar a cámara lenta y a detalle matemático cada jugada, como si no fuera un deporte de roce, como si su gracia no tuviera mucho que ver con el accidente, con el borde. Y aún así, sigue siendo profundamente artístico, conmovedor, sorpresivo. Cuánto de lo que pasa en cada partido libera imaginarios necesarios, urgentes, que rompen el algoritmo, que permiten la conversación geopolítica con abordajes mucho más humanitarios (y en este mundial, por ser quiénes son los anfitriones y los contextos, esto aparece muy recargado y permitiendo conversaciones censuradas en muchos espacios). Un mundial es la posibilidad de revisar no tanto quiénes somos, sino por qué somos lo que somos. El fútbol nunca es solo fútbol, detrás de cada gesto deportivo hay mil historias territoriales, las victorias y derrotas se leen bajo la clave de las historias políticas, sociales, culturales. La unión latinoamericana frente a los europeos, al mismo tiempo que entre todos los latinoamericanos nos matamos, porque obviamente queremos esa bendita copa: hay algo ahí de literatura, poesía, gesta de esperanza, maximalismo, gloria paralela, recreo mental ante tanta dureza. Está claro que no cambia nada, pero a la vez sí: te cambia el ánimo de un día y eso no es poco, tampoco es poco poder arrancarle un par de horas al sistema para regodearte en lo inútil de la pasión. Obviamente espero que nos quedemos con la cuarta estrella, que no tengamos que enfrentar y dejar afuera a latinoamericanos; podría ser de nuevo lidiando con ese “villano de una historia mal contada” que es el increíble Mbappé, porque me gusta mucho la música que tiene la frase “Segundo Francia”.

"Un mundial es la posibilidad de revisar no tanto quiénes somos, sino por qué somos lo que somos", dice Pistoia (REUTERS/Marco Bello)
"Un mundial es la posibilidad de revisar no tanto quiénes somos, sino por qué somos lo que somos", dice Pistoia (REUTERS/Marco Bello)

Argenchina contra Dinamarcanadá

Eduardo Berti, autor de libros como “La estrella y la memoria” y “Faster”

Tengo un vínculo mundialista, exclusivamente mundialista, con mi amigo T. Vivimos a miles de kilómetros uno del otro. Con el tiempo y la distancia dejamos enfriar un vínculo que viene desde la infancia y aprendimos a cultivar un silencio casi perfecto entre los dos, pero sabemos que el contacto reaparece cada cuatro años, en cuanto empieza un nuevo mundial de fútbol, y que durante toda la competencia vamos a enviarnos montañas de mensajes. El fútbol nos hizo amigos; el fútbol tiene el poder de resucitar nuestro lazo. En general, yo me hago el analista, el Macaya. Mientras que T. confirma su talento para las bromas y las ocurrencias. “Cuando los suecos son de madera, son zuecos”, puede escribirme en pleno partido. Este mundial, que es más largo, nos regala una semana extra de amistad. Este mundial, además, lo empezamos excepcionalmente un poco antes, cuando T. me mandó un enlace sobre el fenómeno Tim Payne. Lo que odia T. de los mundiales son los excesos de nacionalismo. Por eso, dijo, le encantó el disparate Payne, porque instaló un eje distinto, más bien internacional. El otro día, en medio de un partido aburrido (no sé si fue buena idea aumentar el cupo de selecciones), T. me dijo que va a enviarle una propuesta a la FIFA: que los mejores equipos que quedan fuera del mundial, armen duplas o binomios con los clasificados. Mi amigo T. imagina una competencia de equipos binacionales, con partidos donde, por ejemplo, Argenchina juegue contra Dinamarcanadá. Yo temo una sola cosa: que llegue un nuevo mundial y no reaparezca T. , porque es él quien suele dar el primer paso. Su silencio sería una mala señal. Y yo sentiría, de golpe, que me eliminaron de algo.

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Abrazar la desmesura

Florencia Canale, autora de libros como “La cruzada” y “Bastarda”

Durante mucho tiempo detesté el fútbol. Fueron años de una furia irracional contra ese deporte, la pelota, los campeonatos, los mundiales, los relatos de los domingos por la am y vaya a saber cuánto más. Incluso me vanagloriaba por desconocer y casi repudiar la parálisis en la que se sumía el país cuando se jugaba un partido mundialista. Raro, porque tuve un abuelo a quien amé con toda mi alma y se sentó, religiosamente, en su platea racinguista mientras vivió.

Pero después entendí lo que me había enfrentado al deporte de los dioses. En mi adolescencia tuve un novio fanático -pero fanático en serio- de San Lorenzo. Lo acompañaba estoicamente a la cancha, se postraba en la cama los domingos si su equipo de todos los amores perdía y celebraba sus triunfos como un enajenado. Me doné a su pasión desintegrando la mía y cuando todo terminó, lo odié y también a todo lo que tuviera que ver con el fútbol. Me creía graciosa cuando gritaba mi desinterés por la pelota.

Hasta que me quité de encima esa pavada y abracé mi desmesura haciéndole honores. Escuché a un compañero de banco de una de las tantas redacciones, y me enseñó a respetar al deporte y a todos los que escribieron y escriben, con pericia y arte, del mismo.

No soy futbolera pero cuando llegan los mundiales me siento completamente conmovida. Me gusta contemplar lo que provoca en los fanáticos, la alegría, el llanto, el sudor. Veo los partidos sola, con el permiso que me doy de levantarme, volver, llorar por todo, sentir que me da un infarto, y cualquier acontecimiento que abone mis conjuros, embrujos y pócimas mentales.

Soy pésima hincha. Lloro con los triunfadores, lloro también con las lágrimas de los perdedores. Pero eso no es nuevo. Soy muy fácil para la emoción.

"No soy futbolera pero cuando llegan los mundiales me siento completamente conmovida", sostiene Canale (AP Foto/Seth Wenig)
"No soy futbolera pero cuando llegan los mundiales me siento completamente conmovida", sostiene Canale (AP Foto/Seth Wenig)

Memoria y periferia

Jorge Carrión, autor de libros como “Los campos electromagnéticos” y “Lo viral”

No soy muy aficionado al fútbol, pero sí estoy viendo los partidos de España y de otras selecciones que me importan, como la Argentina, con mis hijos, que el viernes estaban por cierto con Cabo Verde. Me interesa ese vínculo, esa memoria compartida con ellos. Y otros fenómenos más o menos periféricos al deporte en sí: el negocio indigno de la FIFA, la hipertecnología que se aplica hasta el absurdo en aras de la justicia (cámara del árbitro, drones, balón inteligente, fuera de juego semiautomatizado), la viralidad de ciertas aficiones (como los vikingos noruegos o la limpieza de los japoneses), la impunidad ética y geopolítica de Estados Unidos (cómo ha tratado no sólo a los iraníes, mientras los bombardeaban, sino también a todas las delegaciones del mundo árabe), el genocidio al fondo de Israel (que ha asesinado a cientos de futbolistas palestinos).

Dibu Martínez lleva una bandera de Argentina teñida en el pelo (Reuters/Sam Navarro)
Dibu Martínez lleva una bandera de Argentina teñida en el pelo (Reuters/Sam Navarro)

Notti Magiche

Ana Wajszczuk, autora de libros como “Chicos de Varsovia” y “Fantasticland”

Todo el mundo tiene su Mundial. El mío fue el de Italia 90. Cumplí 15 años el día que Caniggia y Maradona hicieron épica contra Brasil: la fiesta había sido la noche anterior y me desperté justo en el minuto 81 para ver ese pase de magia. Fue un Mundial compartido con amigas, amábamos a Goycochea, nos fuimos a festejar cada partido ganado al centro de Quilmes o en colectivo de Quilmes al Obelisco, lloramos con frustración y tristeza profunda la final que nos robó Alemania. Pero salvo esa excepción, el fútbol no me interesó nunca, los Mundiales apenas y en este contexto desolador en Argentina y en el mundo, antes de empezar este Mundial resonaba mucho en mí algo que el escritor José Pablo Feinmann contó una vez sobre sus sensaciones durante el del 78: que por esos días él sentía que en medio del horror de la dictadura era algo que no podía compartir, que en todos lados sonaba Fiesta, la canción de Rafaella Carrá: “Qué fantástica esta fiesta con amigos y sin ti” y así se sentía él: afuera. Hasta el primer partido de Argentina sentí algo parecido. Luego pensé en mi casa abierta a los amigos cada vez que juega la Selección, en las cábalas y los chistes compartidos, en que también en este contexto desolador hay que festejar todo lo que pueda ser festejado, que pan y circo y felicidad del pueblo pueden coincidir, siempre lo han hecho, en mi hija y sus amigos cambiando figuritas, viendo partidos entre países que nunca sintieron nombrar, quedándose hasta tarde de noche o viendo en la escuela el partido de la Selección como una aventura, cantando los nombres de los jugadores argentinos (su Maradona, su Caniggia, su Goycochea), abrazándose con emoción en cada gol y pienso que quizá los Mundiales sean importantes por el momento de la vida de cada uno que encapsulan y arrojan al futuro. Miro a mi hija y pienso que este quizá sea el Mundial que ella recuerde con más cariño, su Mundial, y me toca facilitar ese recuerdo como otros me lo facilitaron a mí antes. El pensamiento me dio alegría, y en contextos desoladores la alegría es esa magia: gracias entonces a este Mundial por eso.

La bandera argentina teñida en la cabeza

Javier Sinay, autor de libros como “Sangre joven” y “Camino al Este”

Este mundial empezó para mí, puntualmente, en una peluquería en la que en una pantalla Marruecos estaba jugando contra Brasil al mismo tiempo que sonaba algo de rap desde una computadora y dos de los tres peluqueros —jóvenes con habilidad para el corte mid fade terminado en V en la nuca— preparaban sus figuritas repetidas para cambiar con algún cliente. Mi hijo estaba en uno de los sillones: a los 7 años acababa de decidir que quería llevar la bandera argentina teñida en la cabeza, igual que el Dibu Martínez. Mi hijo vio ocho veces la película del Dibu (la de Netflix) porque el arquero es su nuevo ídolo. ¿Qué encuentra mi hijo (y otros millones de niños argentinos) en ese jugador —y no en Messi o en algún otro crack? Quizás la rebeldía, la simpatía y la habilidad de Martínez para resolver los peores problemas, los más dramáticos. Yo, además de admirar a los cracks argentinos, ahora también levanto mi pulgar ante Sidny Lopes Cabral, el número 13 de Cabo Verde, el que nos hizo un golazo y lo festejó buscando a su novia en medio de una multitud. Le pregunté a mi hijo: ¿el Dibu o Lopes Cabral? Después de varios minutos en silencio, me dijo: “¿Borges o Borges de Cabo Verde?”.

"Yo dejo abierta la puerta: tengo esperanza de que si Messi termina bien este mundial, capaz que tenemos la oportunidad de verlo uno más", dice Nicolás Guglielmetti (REUTERS/Kai Pfaffenbach)
"Yo dejo abierta la puerta: tengo esperanza de que si Messi termina bien este mundial, capaz que tenemos la oportunidad de verlo uno más", dice Nicolás Guglielmetti (REUTERS/Kai Pfaffenbach)

La diversión anti-prode

Julieta Correa, autor del libro “¿Por qué son tan lindos los caballos?”

El mundial combina -exalta, podría decir también- dos pasiones argentinas y propias: el fútbol y la patria. Me encanta verlo. Lo espero en general, aunque este en particular me haya producido también la clase de resistencia y resentimiento que me producen las cosas hechas en los EEUU. Como a muchos, el agregado de equipos empezó por enojarme y ahora estoy divertida con los resultados anti-prode como el inolvidable 0-0 de España Cabo Verde y el glorioso triunfo de Paraguay sobre Alemania. Parezco una tuitera. Al principio veía todos los resúmenes y ahora veo todos los partidos. Trato de no ver los resúmenes que le sacan todo el vértigo y el imprevisto, aunque algunos goles son hermosos y los vuelvo a poner. Estoy agradecida por este mundial que nos está ayudando a avanzar en este invierno que está particularmente feo aunque, como le pasa a los nostálgicos anticipados (¿todos en esta época?), ya pienso un poco con temor en el lunes 20 de julio.

En concreto, veo los partidos en casa, en general con gente, siempre con mi novio, los gatos saltan cuando gritamos goles, comemos picada colaborativa, con volumen muy alto que anule el anticipo del cable, en un muy buen proyector que me habían regalado en enero y llegó pocos días antes del partido de inauguración.

Messi como personaje literario

Nico Guglielmetti, autor de libros como “Los últimos días con Messi” y “¿Podrán los robots dominar el fútbol mundial?”

Al Mundial lo vivo de manera especial porque justo estoy sacando el libro Los últimos días con Messi. Entonces tengo como una expectativa doble: estoy haciendo todo el trabajo de difusión del libro, que está anclado en el mundial pasado de Doha, pero tiene resonancia en lo que le pasa a Argentina y a la Scaloneta. Así que lo vivo con mucha expectativa, mucha alegría, con presentaciones de libros, hablando sobre lo que fue la consagración pasada y con la expectativa que hay en el presente. Lo de los que nos pasó a partir del Mundial pasado hasta el presente es interesante. Mis textos están atravesados por el Mundial como escenario literario, y en este libro Messi es un personaje literario. Para mí es alguien muy importante, muy movilizador y trascendental. Pero este Mundial es particular: el contexto especial es que se da en Estados Unidos, en México y en Canadá. Eso tiene sus particularidades que van más orientadas al show business que al deporte. En ese contexto hay algunas cosas que no me gustan para nada, y otras cosas que sí. Pero siempre está la ilusión de que Argentina consagre o le vaya bien. Hay que disfrutar porque puede ser el último mundial de Messi. Yo dejo abierta la puerta: tengo esperanza de que si Messi termina bien este mundial, capaz que tenemos la oportunidad de verlo uno más.

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