
Treinta y cinco mil años antes del presente, en la región de Ardèche, Francia, las paredes de la cueva de Chauvet exhiben un bestiario donde los protagonistas son los grandes depredadores: abundan los leones, mamuts y rinocerontes lanudos.
Sin embargo, en el suelo de la caverna, las huellas preservadas en el sedimento registran la presencia simultánea de un cánido y un humano: probablemente un niño y un perro que, diez mil años después de ejecutadas las pinturas, compartieron el asombro ante esas imágenes.
PUBLICIDAD
Según el análisis del historiador estadounidense Thomas Laqueur, The Dog’s Gaze (La mirada del perro), este encuentro marca un momento de contemplación compartida entre especies —una frontera simbólica entre naturaleza y cultura.

Laqueur, profesor e investigador de la cultura, se adentra en lo que denomina “la mirada del perro”, punto de partida para una investigación sobre la función simbólica de los perros en el arte occidental. El perro, primer animal domesticado y conviviente del humano, ha servido como umbral entre lo salvaje y lo civilizado.
PUBLICIDAD
Para Laqueur, esta condición confiere al perro una riqueza iconográfica singular que los artistas han explotado durante siglos con distintos matices de significado. Detenerse en las presencias caninas en cuadros fundamentales —como en La Grande Jatte de Georges Seurat, donde los perros buscan migajas de un picnic, o en Cazadores en la nieve de Pieter Bruegel el Viejo, marchando junto a los protagonistas humanos— es reconocer la capacidad del perro para densificar la carga simbólica de la escena.

A lo largo de su recorrido, Laqueur identifica dos grandes maneras en que los perros interactúan visualmente con el espectador en la pintura occidental: hay perros que miran dentro de la propia imagen, como si intentaran descifrar el misterio de la acción en curso, y perros que interpelan al público, estableciendo un canal de complicidad, una pregunta muda: “¿Lo ves?”, “¿Puedes creerlo?”.
PUBLICIDAD
El vínculo entre perros y cultura material en el arte recibe especial atención en obras donde el cánido se convierte en observador privilegiado. En Las Meninas de Diego Velázquez, inscripta en la corte de Felipe IV de Madrid, el mastín que yace en la esquina inferior derecha nunca ha ocupado el centro de la exégesis académica, pese a que su presencia ancla la composición.
Mientras doncellas atienden el vestido de la infanta y la escena se multiplica con juegos de espejos y apariciones del propio Velázquez, el perro —con una mirada involuntariamente taimada dirigida hacia el espectador— parece decir: “No te preocupes por todos los trucos perspectivos que ocurren sobre mi cabeza; tú y yo sabemos qué es real”.
PUBLICIDAD

En tres siglos y medio de comentario crítico, el mastín fue pasado por alto casi de manera sistemática, salvo por Pablo Picasso. En 1957, el malagueño realizó una serie de quince reinterpretaciones de Las Meninas en las que sustituyó al mastín español por su propio perro, el dachshund Lump. Lump, siempre retratado mirando fuera del marco con lo que Laqueur califica como una “mirada descarada”, se transforma en una figura que desafía directamente al espectador, llevándolo a cuestionar el sentido mismo de la escena deformada y cubista.
Laqueur sostiene que la función central del perro en el arte occidental consiste en proporcionar al espectador un punto de entrada o incluso un alter ego. En la monumental Bodas de Caná, de Paolo Veronese, hay al menos seis perros representados. Mientras algunos observan arrobados el milagro de transformar el agua en vino, otro, más pequeño y harapiento, se interesa únicamente por los restos de comida que caen al suelo ante el descuido de los invitados ebrios.
PUBLICIDAD

Según Laqueur, este recurso ofrecido por Veronese permite que el “espectador voraz” acceda, aun desde la periferia y el deseo, a la solemnidad de la escena principal.
Las implicancias simbólicas de los perros en escenarios sagrados no estuvieron exentas de conflicto. En 1573, una década tras el éxito de la Bodas de Caná, Veronese intentó incluir un perro en su versión de La última cena, lo que le valió la intervención directa de la Inquisición bajo cargos de blasfemia. Sin embargo, el pintor resolvió la situación cambiando el título de la obra a La cena en casa de Leví y asegurándose de que el perro permaneciera en la composición.
PUBLICIDAD

Laqueur concluye que a través de la larga historia del arte occidental, los perros han funcionado como testigos y mediadores entre el público y lo representado, ofreciendo siempre una vía de acceso emocional y un anclaje social incluso en los contextos más rituales o enigmáticos.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Milan Kundera ya descansa en Brno, su ciudad natal: se cumplió el último deseo del autor de ‘La insoportable levedad del ser’
Los restos del novelista y de su esposa Vera fueron enterrados en el cementerio de la pequeña localidad checa, en una ceremonia íntima que cerró simbólicamente el regreso del escritor a sus orígenes

Art Basel abrió con 290 galerías, un Picasso de 35 millones y un clima tenso que inquieta a los grandes vendedores
La feria de arte contemporáneo más grande del mundo abrió en un clima de cautela, mientras las galerías miden cada movimiento en una temporada marcada por cierres y ajustes

6 libros brasileños: premios internacionales, heridas coloniales y misticismo Jarê en primera línea
La narrativa de Brasil gana lugar en el mundo con voces muy distintas. Hay tierras en disputa, ciudades al borde del estallido y una espiritualidad que sostiene. Este mapa propone un recorrido y guarda sorpresas

Mick Jagger y Keith Richards adelantan que el nuevo disco de los Rolling Stones mira a Estados Unidos entre el amor y la crítica
En una entrevista con la revista MOJO, el cantante y el guitarrista contaron que ‘Foreign Tongues’ recorre las contradicciones del país que los adoptó en los años 60. “Ya no es lo que era”, dice Jagger

Endeudado y enojado con la ciudad: así escribió Mozart las partituras halladas en París casi dos siglos y medio después
El cuaderno con siete obras para arpa y flauta y una docena de ejercicios revela, con dos escrituras alternadas, el momento personal del genial compositor a sus 22 años, en el verano de 1778



