
El tigre en la casa. Una historia universal del gato, una obra publicada originalmente en 1920 por Carl Van Vechten, acaba de ser reeditada por el sello argentino Sigilo. Se trata de una exploración exhaustiva sobre la presencia del gato en la cultura occidental y oriental, un recorrido que abarca desde la veneración por los egipcios antiguos hasta su papel como “el tigre que come de la mano”, expresión utilizada en Japón para referirse al felino doméstico. Este ensayo, traducido por primera vez al español en 2018 por Andrea Palet y editado también por Sigilo, regresa con vigencia renovada al catálogo.
El libro ofrece un recorrido por la representación del gato en la literatura, la pintura, la música, la religión y la historia, estructurando un relato que va mucho más allá de la mera observación de sus costumbres o anécdotas domésticas. Esta amplitud temática transformó a El tigre en la casa, y lo distingue de otros textos dedicados a este animal ha acompañado en silencio a artistas, poetas, magos y también ha sido figura central en prácticas de la brujería.
Carl Van Vechten nació el 17 de junio de 1880 en Cedar Rapids, Iowa, perfilándose como un intelectual polifacético: escritor, fotógrafo y figura clave en el Renacimiento de Harlem, movimiento cultural afroamericano central en la Nueva York de la década de 1920. A lo largo de su carrera publicó más de media docena de novelas y, hacia el final de su vida, se dedicó a la fotografía, especializándose en retratar a algunos de los protagonistas más notables del panorama cultural neoyorquino. En su residencia de la calle 55 de Nueva York, organizó reuniones frecuentes en las que confluyeron artistas, escritores y celebridades del momento.

Definido como dandi y protagonista de los círculos culturales de su tiempo, el autor falleció en Nueva York a los 84 años. La biografía Carl Van Vechten and the Irreverent Decade, escrita por Bruce Kellner, condensa los detalles de una vida marcada por la transgresión y el cruce de fronteras culturales. A continuación, un fragmento de El tigre en la casa.
Contra el prejuicio popular
Cada vez que se toca el tema, y siendo moderado puede decirse que surge unas cuarenta veces al día, invariablemente alguien dice: «No, a mí no me gustan los gatos, me gustan los perros». La observación dicotómica equivalente, igual de popular, predominante y banal, sería algo como: «No, Dickens no me gusta, me gusta Thackeray». Tal como el escritor James Branch Cabell dejó asentado de una vez y para siempre, «al pensamiento filosófico esa afirmación le resulta tan sensata como rechazar una invitación a jugar al billar con el argumento de que uno es fanático del arenque». Sin embargo, ambas controversias siguen causando estragos, y pensadores despreocupados continúan imponiendo categorías a Dickens y al gato. Los amantes de los perros, si es que tiene sentido esa oposición (porque claramente es posible que te gusten ambos, gatos y perros, así como es posible leer con deleite La historia de Pendennis y Casa desolada), dicen del suave felino que es taimado y falso, ladrón y malagradecido, cruel y veleidoso, amigo de la casa y no del ser humano. De está opinión, desconsiderada y precipitada, ha derivado el peyorativo y metafórico adjetivo «gatuno» –catty, que en inglés significa malicioso–, que cuando se usa en su sentido más aceptado me parece especialmente aberrante, porque solo podría describirse como gatuna una criatura graciosa y elegante, digna y reservada, el epítome de la belleza, el encanto y el misterio del amor.
Los amantes de los gatos, por su lado, tan fervientes que en Francia se han ganado el apodo de félinophiles enragés, tampoco es que sean unos inocentes. Cariñoso, inteligente, fiel, seguro y confiable son algunos de los adjetivos que prodigan de forma indiscriminada a sus mininos adorados, y después de leerlos pareciera que los gatos pasan sus nueve vidas cuidando a los enfermos, rescatando niños de edificios en llamas y ayudando a las ancianas benefactoras a coser ropita para los desposeídos en África. El mismo gato podría haber resuelto el problema hace mucho tiempo, si la resolución de tales cuestiones fuera uno de los propósitos del gato en esta vida. No se puede esperar razonablemente que un pariente cercano del rey de la selva (a quien de cerca se asemeja mucho más, por cierto, que un chin a un terranova), un animal que ha sido un dios, el compañero de las brujas en el aquelarre, una bestia que es de la realeza en Siam, «el tigre que come de la mano», como se lo llama en Japón, el adorado de Mahoma, el rival de Laura para Petrarca, el amigo de los momentos ociosos de Richelieu, el favorito del poeta y del prelado, vea sino con desdén la estupidez de la humanidad en lo que a él se refiere. El gato, de hecho, no hace ningún intento de acercamiento.

Se concentra en su lugar junto a la chimenea, a menudo consiente en dar afecto a sus amigos humanos y es conocido por una noto ria afición por caballos, loros y tortugas, pero incluso en la más intensa de estas relaciones mantiene la debida independencia. Se queda donde le gusta estar, va adonde quiere ir. Entrega su afecto a quien le place y cuando quiere, y lo retiene ante quienes considera indignos de él. Con un gato uno se ve en una posición parecida a la que se tiene con un digno y buen amigo: si se pierde su respeto y confianza, la relación sufre. Conviene recordar que el gato sigue siendo amigo de los humanos porque le agrada serlo, y no porque deba. Ingenioso, valiente, inteligente (el cerebro de un gatito es mayor que el de un niño), en ningún sentido es dependiente, y puede volver al estado salvaje con menos reajuste de sus valores que cualquier otro animal doméstico. Por eso se le permite determinar su propio fin y propósito, ser el rector de su propia vida. «Me encanta en el gato –decía Chateaubriand al conde de Marcellus, quien lo registró en Chateaubriand et son temps (1859)– ese temperamento independiente y casi ingrato que le impide apegarse a cualquiera; la indiferencia con que pasa del salón al tejado. Cuando lo acaricias se estira y arquea el lomo, es cierto, pero lo hace por el placer físico y no, como el perro, por esa tonta satisfacción que siente en amar y serle fiel a un dueño que devuelve el cumplido a patadas. El gato vive solo, no necesita de la sociedad, no obedece excepto cuando él quiere, finge dormitar para ver más claramente y araña todo lo que puede. Buffon ha dado una falsa impresión del gato; yo estoy trabajando en su rehabilitación y con el tiempo espero hacer de él un animal medianamente bueno». Sin alguna guía como esta es imposible abordar la naturaleza del más interesante de los animales, pero con estos pocos hechos en mente debo insistir en una paradoja. El caso es el siguiente: cada gato difiere en tantas formas como sea posible de cualquier otro gato en particular. El observador imparcial lo habrá descubierto por sí mismo si se ha familiarizado con varios a la vez. Existen los gatos angélicos y los gatos demoníacos, pero el carácter de la mayoría se sitúa en algún punto entre estos intensos extremos en blanco y negro. Y algunos son tan excepcionales que carecen incluso de las características felinas más típicas. Sí puede decirse que son todos soberanos, y la mayoría apasionados (sus hábitos amorosos, inspirados por el deseo más impetuoso, suelen ser sumamente crueles) y místicos. La teoría de la secta estadounidense de los shakers de que las funciones del sexo «pertenecen a un estado de naturaleza y son inconsistentes con el estado de gracia» no la respalda el gato. Sobre este último punto existen pocos motivos para la duda. Los gatos manifiestan gnosis en un grado que solo se atribuye a algunos obispos, como intentaré mostrar en un capítulo posterior. En cuanto a su independencia, se trata solo de la aristocrática cualidad de ser natural. No fuerzan sus atenciones y no les importa recibirlas de los demás. Pero cuando un gato tiene hambre o quiere salir, o siente el llamado de la pasión, declara abiertamente sus sentimientos. «¿Por qué no? –se pregunta Kiki-la-Doucette, la gata de los Diálogos de animales de Colette–. ¿Por qué no? La gente lo hace». Son reminiscencias, herencias de la vida salvaje que no ha perdido y nunca perderá. Porque, tal como en su regio hermano el león, también en ellos dormita un fuerte instinto de raza que despierta cuando se lo llama. El gato sabe más que la Mona Lisa. La diversidad de carácter en los gatos se mide en cómo reaccionan a estos instintos, y esas diferencias se acentúan por trato y por crianza. Suena poco científico, pero entre los muchos rasgos que heredan los gatos hay evidencia sólida de que heredan también características adquiridas. Hay autores que han llegado a afirmar que una gata a la que se le ha cortado la cola podría parir gatitos sin ella. Muchos observadores han registrado las excentricidades y los atributos de este animal. Andrew Wynter, en Fruit Between the Leaves, habla de un gato suyo que seleccionaba papel secante para tumbarse. El Gran Gatito de Meredith Janvier contrajo tuberculosis por dormir sobre un radiador caliente. Clara Rossiter describe en el North British Advertiser de Edimburgo, en 1874, a una minina cuyo mayor entretenimiento era sacar todos los alfileres de una almohadilla, ponerlos en la mesa «y, cuando sacabael último, nos miraba a la cara con la expresión más graciosa del mundo, dejándonos muy claro que los quería de vuelta en la almohadilla. Sin importar cuántas veces volviéramos a pinchar los alfileres, ella volvía a quitarlos». Disfrutaba también devorando flores que sacaba de los floreros. El reverendo J. G. Wood nos habla de un gato que era tan aristocrático que «nada –ni siquierala leche cuando tenía hambre– lo inducía a asomar la cabeza por la cocina, o a entrar en la casa por la puerta de servicio». Wynter tenía un gato que un día se levantó de súbito y subió por el tubo de la chimenea, y eso que el fuego ardía en la rejilla. Un par de siglos antes habrían quemado en la hoguera al escritor por narrar este incidente. Este gato comía pepinillos, y le gustaba el coñac con agua. William Lauder Lindsay menciona un gato que tenía afición por la cerveza negra, y Jerome K. Jerome escribe en sus Novel Notes de una que bebió de la gotera de un barril de cerveza hasta intoxicarse. En una carta a Samuel Butler, fechada el 24 de diciembre de 1879, dice la señorita Savage: «Mi gato bebió demasiado vino dulce y ponche de ron. ¡Pobrecito! Pero tanto mejor para él, así aprenderá. El doctor Richardson dice que los animales inferiores rechazan las bebidas alcohólicas, y que los humanos deberían hacer lo mismo». Se suele creer que los gatos sienten una antipatía inheente por el agua y que en general son «catabaptistas», pero mi Ariel no era así; esta gatita persa anaranjada acostumbraba a saltar por voluntad propia dentro de mi matinal bañera caliente, y le gustaba sentarse en el lavatorio bajo el grifo abierto. Artault de Vevey tenía una gata, Isoline, que tomaba baños saltando a la tina llena. «Se supone que a los gatos les desagrada lo mojado –escribe Olive Thorne Miller–, pero yo he visto a dos de ellos mantener una entrevista bajo una lluvia constante, con toda la gravedad y deliberación con que se celebran estos asuntos». Sé han registrado innumerables ejemplos de gatos que nadan por cursos de agua para retornar a sus hogares, y St. George Mivart nos habla de una gata que se hundió en un arroyo correntoso y rescató a sus tres gatitos, que se ahogaban, cargándolos uno a uno hasta la orilla. En el Chamber’s Journal del 9 de octubre de 1880, un redactor recuerda a un alicaído gato negro que sé suicidó ¡ahogándose! Los gatos pescadores son un lugar común. Lane cita al Plymouth Journal contando de uno que acostumbraba a bucear en busca de peces; y Charles Henry Ross escribe sobre un tal señor Moody, cerca de Newcastle-upon-Tyne, que tenía uno que atrapaba pececitos, anguilas y sardinas de está manera. Igualmente, se sabe de un célebre fresco egipcio en el Museo Británico que representa a un gato que actúa como un
perro retriever; el noble gatito salta al Nilo desde un bote para buscar y traer de vuelta al pato sacrificado, incidente que G. A. Henty ha narrado en su cuento para niños The Cat of Bubastes Charles Henry Lane (1903), en Rabbits, Cats and Cavies. El gato se llamaba Puddles. «Solía salir a pescar conmigo todas las noches –relata el pescador–. En las noches frías se me sentaba en el regazo y asomaba la cabeza de vez en cuando, o bien yo lo envolvía en una lona y hacía que se quedara quieto. Seme tumbaba encima mientras yo dormía, y si alguien se acercaba echaba una maldición y los enfrentaba; nunca tocaba un pescado, ni siquiera la más diminuta víscera, si no se lo dabas. Me veía obligado a llevarlo a pescar o de lo contrario se paraba y aullaba y maullaba hasta que yo volvía. Lo subía al queche y lo dejaba dentro del bote; entonces se ponía contento. Cuando hacía buen tiempo solía asaltar la proa y sentarse a observar los tollos, que pasaban por miles, y se zambullía y los sacaba sujetándolos firmes entre los dientes como si fueran ratas, y no temblaba con el frío ni la mitad de lo que lo hacía un perro terranova acostumbrado al mal clima. Tenía un aspecto horriblemente salvaje cuando salía del agua con un tollo. Yo mismo le enseñé a entrar en el agua. Un día, cuando era cría, lo llevé hasta el mar para lavarlo y sacarle las pulgas, y en una semana podía nadar tras una pluma o un corcho». Al gato negro, que lo tiene en mente, el gato chinchilla le da el siguiente consejo en las Novel Notes de Jerome: «Trata de mojarte un poco. Por qué la gente prefiere un gato mojado a uno seco nunca he sido capaz de entenderlo, pero es un hecho que a un gato mojado se le dará cobijo y se le hablará efusivamente, mientras que a un gato seco puede que le apunten la manguera del jardín. Además, si puedes manejarlo y te lo ofrecen, come un pedazo de pan seco. La raza humana siempre se conmueve hasta lo más
hondo ante la visión de un gato que come un mendrugo». Ciertos gatos hoy en día encuentran natural esta tarea de rescate. Mi Ariel corría tras un ratoncito de hierba gatera y me lo traía todas las veces que yo lo arrojaba. «Durante la visita a un amigo en la Patagonia –registra W. H. Hudson en Diario de un naturalista – quedé atónito un día que salimos con un arma para cazar un poco, seguidos por los perros y un gato negro que los acompañaba, y al disparar mi primer tiro lo vi salir volando antes que los perros para recuperar el pájaro y traérmelo». Hay quienes observan que los gatos son siempre amables y educados, que comen con delicadeza y nunca con avidez, pero yo he visto felinos de buenas maneras que pueden engullir su comida y gruñir sobre ella con tanta glotonería y falta de educación como cualquier perro. En la mera cuestión de la selección de su cena varían tanto como las personas. Existen gatos imperiosos, altivos, aristocráticos, que insisten en ser alimentados en platos esotéricos, en determinados lugares y por ciertas personas. Otros se parecen al gatito rojo de Lafcadio Hearn en «The Little Red Kitten», que «comía bifes y cucarachas, orugas y pescados, pollo y mariposas, libélulas y cordero asado, estofado y bichos bolita, escarabajos y pernil de cerdo, cangrejos y arañas, polillas y huevos escalfados, ostras y lombrices de tierra, jamón y ratones, ratas y arroz con leche, hasta que su vientre sé convirtió en una representación del Arca de Noé». Los gatos son extremadamente nerviosos y como regla general no son confiables en los trenes, pues el menor ruido o movimiento es probable que los aterrorice, y los objetos en rápido movimiento les inspira un temor agudo. Sin embargo, Abélard, el persa atigrado de Avery Hopwood, da paseos motorizados con él, sentándose como un experto en el asiento delantero sin correa. Si el auto se detiene, salta y camina alrededor, listo para volver a su lugar cuando su dueño se pone en marcha. Theodore Hammeker, un piloto en el frente galo y en Palestina durante la Primera Guerra, volaba con Brutus, su gato negro. El R-34, el primer dirigible en cruzar el Atlántico desde Inglaterra hacia Estados Unidos, cargaba a Jazz, un gato atigrado, como único pasajero animal. Y yo estoy familiarizado con un gato persa de color plata y alteraciones digestivas que incluso va al cine en el hombro de su dueña.
Nuevamente, la creencia popular supone que los gatos prefieren los lugares a las personas, y existen literalmente miles de casos de ejemplares que han vencido toda clase de obstáculos físicos con tal de volver a las casas de las que se les había expulsado. Pero sería igual de fácil e interminable hacer la lista de los gatos que se mudan con sus familias más o menos una vez por año; y se podría hacer otra lista con los que se trasladan por decisión propia, a menudo desde hogares donde los tratan con todo respeto y en los que están rodeados de lujos y comodidades. A aquellos que sienten que un receptor de tantas atenciones debería estar agradecido, sin importar si su forma es humana o animal, esta extraña conducta les parecerá inexplicable, pero estoy seguro de que mis lectores entenderán que es posible desear algo distinto de una vida rodeada de lujos y comodidades. Incluso de vez en cuando es posible encontrar gente dispuesta a abandonar sus cómodos aposentos a cambio de los placeres de la aventura. «El viaje de los deseos alados del gato / libre de ataduras, allende el tiempo y el espacio», cavila Hiddigeigei, el gato macho del poema de Joseph Viktor von Scheffel; y los michos con anhelos en el alma invariablemente satisfacen estos deseos, hasta donde pueden hacerlo. Se ha sabido de gatitos persas criados entre algodones que han abandonado las sedas y los satines de las salas de estar en pos de la libertad de los tejados y la compañía de felinos sumamente lenguaraces, maleducados y de pelo corto. Luego el adulterio abunda. Otros gatos han dejado atrás lujosas mansiones para llevar una existencia más interesante en una verdulería, donde la caza es mejor y hay menos humanos persiguiéndolos para darles cariño. Lo contrario también pasa a menudo –dejan las pellejerías de la calle para iniciar una vida de lujos–, pero por lo general yo diría que los gatos moldean sus vidas más como May Yohe que como Cenicienta. Por lo demás, es indudable que existen gatos contumaces, así como existen personas contumaces, que insisten en vivir en un lugar determinado; como mostraré más adelante, tienen por instinto una buena motivación para hacerlo. Algunas gatas son madres fervientes y afectuosas, y cuidan con esmero de sus retoños previniendo el peligro, bañándolos, alimentándolos y enseñándoles a jugar. La gata de la Alicia de Lewis Carroll, Diana, cuyo método para lavar a sus crías consiste en sostener por las orejas a los pobrecillos en el aire y con la otra pata frotarles la cara por todas partes, es una excelente madre. Algunas tienen un instinto maternal tan fuerte que si les arrebatan las crías pueden amamantar a recién nacidos, lebratos y hasta ratas. Pero hay otras que rechazan e incluso matan a su camada. Una imperturbable joven reina, seguramente después de leer La belleza inútil de Maupassant, ahogó a sus gatitos en un barril colector de lluvia; otra, que se rehusaba a amamantar o siquiera a acercarse a sus crías, tras ser encerrada con ellas en un cobertizo acabó con sus cortas vidas aplastándolas con sus fuertes patas traseras. Luego, cuando la liberaron, salió ronroneando, evidentemente aliviada y en un estado de gran contento. La higiene en el mundo gatuno suele considerarse una virtud suprema. El gato dedica más tiempo a la limpieza que las jóvenes debutantes a cambiarse de vestido, y su atención a la hidráulica gulliveriana y otras demandas de la naturaleza puede llegar a ser hasta demasiado escrupulosa.
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