
Para desentrañar cualquier mito, no importa si su construcción fue por marketing o autenticidad, hay que ir al principio, encontrar un momento, auscultarlo: 1940 es un año clave en la vida de Libertad Demitrópulos: desechó la posibilidad de ingresar como monja a la Iglesia Ortodoxa Griega, como muchos en su familia, trabajó como maestra de escuelas y llegó a Buenos Aires para estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires. Venía de Ledesma, Jujuy, hija de un griego y una argentina. Tenía 18 años.
Ese año habrá llenado varios cuadernos y muchos de esos versos, ideas o sensaciones terminaron en su primer libro, único poemario de su obra: Muerte, animal y perfume, que acaba de ser reeditado por Ediciones del Camino. Publicado originalmente en 1951, justo antes de cumplir los 30, este libro es el peldaño inicial de una carrera que, hay que decirlo, no fue tan prolífica como uno podría imaginar: cinco novelas, una de ellas póstuma, un libro de ensayos, una novela infanto-juvenil y la biografía de Eva Perón.
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Su gran obra, además de la biografía novelada sobre Evita, se titula Río de las congojas, un texto ficcional que sigue los pasos de María Muratore, una mujer nacida en Asunción que tiene un romance con Juan de Garay en los tiempos de la fundación de la ciudad de Santa Fe, pleno siglo XVI. A esa novela, publicada en 1981, la rescató Ricardo Piglia al reeditarla varios años después en la colección Reciénvenido del Fondo de Cultura Económica. Desde entonces el apellido Demitrópulos adquiere otro relieve.

El mismo año en que publica su poemario se casa con un poeta: Joaquín Giannuzzi. Tuvieron dos hijas. La vida la va acercando a la política, trabaja en el hogar escuela Eva Perón, conoce a Evita y fruto de esa relación nace su biografía. Se vuelve una peronista vehemente, fanática para algunos, fervorosa para otros. Juan José Sebreli solía ir a su casa, en el barrio de Flores primero, en Once después, de donde se iba siempre enojado. Le decía que no había “leído bien” a Perón. Le endilgaba ser muy visceral.
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Del otro lado de la parábola del tiempo aparece otro momento: 1997, a sus 74 años, uno antes de morir, recibiendo en Premio Boris Vian, con un gesto irónico ante las entusiastas palabras del jurado: “No se puede salir tan trabajosamente de las garras de la muerte para caer ligeramente en los brazos de la vanidad. Nunca rondé los espacios del marketing ni frecuenté las pasarelas sociales ni las luces mediáticas. Soy una escritora solitaria”. A esa soledad temprana, a la de su primer libro, hoy volvemos.
“Soy un caballo en pelo y desbocado. / Yo me persigo en un bosque largo”, escribe en el poema “Cada vez que te amo”. Se lee ahí a una autora todavía joven, aturdida por su propia juventud, incómoda en el lugar que le ha dado el mundo, conflictuada en sus más profundas emociones, que navega entre “locuras de alegría” y “desórdenes del alma”, que desenfunda sus verdades íntimas, que sueña con “gritar, irme volando, / retenerme en espíritu, / amarme como nunca, asesinarme”, que usa la poesía como un látigo.
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La nueva edición de Muerte, animal y perfume cuenta con los poemas originales —diecinueve en total, divididos en tres partes— y cuatro inéditos de los cuales tres fueron encontrados en una carpeta titulada “Recuerdo de la poesía...” en la biblioteca del poeta español Juan Ramón Jiménez y otro se publicó en el número cuatro de la revista Nombre en diciembre de 1949. Además, se suma un extraño texto escrito en prosa poético, “¿Por qué escribo mis cosas?”, también hallado en la biblioteca de Jiménez.
“La poesía de Libertad Demitrópulos, tan breve como contundente, encarna esa fuerza ambigua que amalgama tradición e invención, historia y mito, mestizaje de lo que es a la vez dolorosamente terrenal y trascendente”, escribe en el prólogo Mario Nosotti, autor de los libros La música vendrá, sobre Edgar Bayley, y La casa de los pájaros, sobre Juan L. Ortiz. Sostiene, además, que Muerte, animal y perfume instala “una voz arrojada al deseo”, “el germen de esa impronta desplegada en su obra narrativa”.
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Si detrás de todo mito hay una verdad, detrás de cualquier héroe construido a base de marketing o de autenticidad hay una persona llena de odio y alegría. Volver al origen de un autor implica sacarle toda esa hojarasca que el tiempo ha hecho con él, quitarle los textos entusiastas de las solapas, las críticas lapidarias, los comentarios perezosos, las edulcoradas lecturas interesadas y alumbrar esa zona temprana, llena de incertidumbre, cuando todavía no había nada: lo que en “nuestra oscura imparidad florece”.
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