En los momentos iniciales de El caballero de los Siete Reinos, la tercera entrega de la franquicia televisiva de Game of Thrones, un humilde caballero errante llamado Ser Duncan el Alto anuncia su intención de competir en un torneo de justas. Mientras sostiene la espada de su mentor, fallecido recientemente, Ser Duncan mira fijamente a la distancia cuando comienza a crecer en la banda sonora el familiar redoble del tema de Thrones. Es un momento inspirador... hasta que abruptamente pasamos a una escena en la que Ser Duncan, conocido también como Dunk, sufre un catástrofe intestinal detrás de un árbol. Sí, efectivamente somos testigos de una amplia toma, semi-gráfica, de dicha situación. Porque esto no es televisión, es HBO.
Esa secuencia es una indicación inmediata y, hay que admitirlo, bastante desagradable, de que esta precuela de Game of Thrones, basada en las novelas cortas Dunk y Egg de George R.R. Martin, marca una desviación con respecto a sus predecesoras televisivas. Ambientada aproximadamente 70 años después de los eventos de The House of Dragon y casi un siglo antes de la saga de Game of Thrones, El caballero... se acerca más a una comedia que a una obra dramático-fantástica de prestigio y marca constantemente el tono evitando cualquier atisbo de excesiva seriedad. Cuando surge la oportunidad de hacer una broma, incluso una burda, esta serie la aprovecha.
A diferencia de sus equivalentes más grandilocuentes y en consonancia con el enfoque más limitado de una novela corta, El caballero de los Siete Reinos, adaptada para la pantalla por Martin e Ira Parker, escritor y productor ejecutivo de The House of Dragon, es deliberadamente más modesta en su alcance. Cada uno de los seis episodios de la primera temporada (ya se ha confirmado una segunda temporada) dura bastante menos de una hora. La mayoría se desarrollan en unos 30 minutos concisos, y el más largo, el capítulo estreno, supera apenas los 40. La serie no solo es precisa en cuanto a la duración, sino también en su narrativa, que se centra en una relación clave: la de Dunk (Peter Claffey) y su joven escudero, Egg (Dexter Sol Ansell), que funciona como el corazón palpitante que mantiene viva la narrativa.

En El caballero errante, el primer episodio y título de la primera novela corta de Dunk y Egg que inspira esta temporada, Dunk se dirige al mencionado torneo de justas cuando se encuentra por primera vez con Egg, un chico huérfano, delgado y calvo. Egg le ruega a Dunk que le permita ser su escudero durante el trayecto y el torneo, y se niega a aceptar un no por respuesta. En poco tiempo, ambos se convierten en compañeros de viaje que chocan ocasionalmente, pero terminan por crear un vínculo cuando el impresionable pero astuto Egg intenta demostrar que es digno de su jefe, quien tiende a cometer actos de comedia torpe de manera involuntaria. (Dunk tiene la costumbre de golpearse la cabeza con los dinteles de las puertas y de ir constantemente en la dirección equivocada, para luego tener que rectificar el rumbo).
Es fundamental que ambos personajes resulten atractivos y empáticos, y lo logran, gracias en gran medida a los actores que les dan vida. Claffey, exjugador profesional irlandés de rugby convertido en actor, aporta ingenuidad encantadora y bonachona a su interpretación. Físicamente, Dunk es una pared de ladrillos humana, pero Claffey nos permite percibir la ternura detrás de su corpulencia. Sol Ansell, quien tuvo pequeños papeles en Los juegos del hambre: Balada de pájaros cantores y serpientes y en la película Aquí de Robert Zemeckis, es un manojo de vulnerabilidad y masculinidad incipiente cuya mirada evoca el asombro y el horror que sigue descubriendo en el despiadado mundo a su alrededor. Cuando Claffey y Sol Ansell aparecen juntos en pantalla, esta montaña de hombre y este diminuto grano de sal de niño parecen una pareja desproporcionada y cómica de piezas de un rompecabezas que, inexplicablemente, encajan.

Por muy inesperado que resulte su enfoque, El caballero de los Siete Reinos aún comparte mucho con sus predecesoras televisivas. Está ambientada en Westeros y, aunque en menor medida que Game of Thrones y The House of Dragon, sigue las traiciones y dinámicas de las familias clave que poseen o codician el Trono de Hierro. Presenta una amplia gama de personajes cuyos nombres incluyen más vocales de las que la ley debería permitir. (¿Aerion Targaryen? ¿Daeron Targaryen? ) El caballero... también está salpicada ocasionalmente con violentas secuencias de acción que pueden hacer que los más sensibles cierren los ojos, otro elemento central en cualquier serie de Game of Thrones. El penúltimo episodio se basa en una batalla tan intensa como cualquiera de la serie original, pero eso lo logra sumergiendo al espectador en el terror íntimo del momento, en lugar de ofrecerle la totalidad de la escena. A veces, presenciamos el caos desde dentro del casco de un caballero, donde nuestra perspectiva adrede es limitada. Si Thrones optaba por lo grandioso para causar impacto, El caballero apuesta de manera igualmente efectiva por lo pequeño.
Quizá lo que más resuene entre los espectadores sea el énfasis de la serie en las desigualdades de la sociedad de Westeros, que recompensa el privilegio y la riqueza incluso mientras dice priorizar la integridad. Para bien y para mal, Dunk cree fervientemente que es deber de un caballero defender a quien sea maltratado, sin importar las circunstancias. Incluso cuando cada vez es más evidente que no siempre es el narrador más confiable, nunca se pone en duda su integridad. Él representa la justicia, pero El caballero de los Siete Reinos sugiere que esa postura no lo convierte en un héroe. Simplemente lo hace humano, uno que realiza las mismas funciones biológicas que todos los demás pero que se considera digno de una misión superior.
Fuente: The Washington Post
[Fotos: prensa HBO Max]
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