En pocos días se estrena la versión cinematográfica de Hamnet, de Maggie O’Farrell, y surge como siempre la dicotomía literatura/cine, adaptación, interpretación. Soy de las que cree que ese diálogo es siempre una invitación a la lectura y entonces en este artículo cuento por qué en este caso en particular vale mucho la pena que leas la novela, antes de ver la película.

Hamnet
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Si tuviera que decir de qué se trata Hamnet diría que es una novela muy bien construida sobre un hogar: un matrimonio formado en contra de las expectativas locales; unos hijos que inventan su propio escenario de actuación y vida; un padre que es a la vez indispensable y ausente; una madre cuya capacidad de entender el mundo y su increíble inteligencia emocional se confunde con brujerìa.
El libro alterna entre dos periodos de tiempo: el cortejo y los primeros años de matrimonio de Agnes con un talentoso profesor de latín en Stratford, y los febriles años de verano posteriores, cuando la peste se abre paso en el hogar y los gemelos, Hamnet y Judith, enferman. La famosa conexión con el teatro —el casi anagrama de Hamnet y su vida después de la muerte en Hamlet— llega lentamente, como consecuencia más que como premisa. A Maggie O’Farrell le interesa menos el aura del Bardo que la sinergia que se crea a partir de su relación familiar, que para todos es tan desconocida como intrigante.

Contra todo pronóstico, tratándose de una novela sobre la vida privada de Shakespeare, su esposa Agnes es el eje central de esta historia. Es una experta herbolaria, cetrera, una mujer con una forma de leer el mundo por el pulso de la muñeca, las corrientes de aire, la inclinación de los pájaros. Ella elige a su marido, se casa e ingresa en una familia que la mira con desconfianza, y crea un orden funcional a partir de medios limitados y recursos abundantes que tiene a su disposición por estas características que la hacen única. Su amor es astuto y poco sentimental. El marido —raramente nombrado, y durante páginas sin nombrar en absoluto— aparece como hijo, amante, padre y luego como un hombre cuya sed de lenguaje lo lleva a los escenarios de Londres. Inquieto, a menudo ausente, el Bardo gira alrededor de Agnes. El elenco familiar es preciso: hijos, suegros, hermanos que logran un enlace franco y leal entre las familias.
La trama de Hamnet es una cuestión de texturas y tiempos. O’Farrell no desata la plaga sobre la familia; la rastrea —pacientemente, casi científicamente— a través de una cadena de accidentes: el itinerario de una pulga, el comercio de telas y frutas. El temor crece por acumulación. Cuando la enfermedad entra en el hogar, la secuencia es devastadora precisamente porque es doméstica: quién va a buscar agua; quién cuida; y quién cree, en contra del sentido común, que la fiebre del niño bajará por la mañana.
La pérdida fundamental —la muerte de uno de los gemelos— no llega como un espectáculo, sino como una interrupción de un sistema, como si se rompiera un encantamiento, una brujería que había hasta ese punto creado un mundo paralelo, diverso y profundo. Después, la novela se dirige hacia Londres y la creación de una obra de teatro, no por catarsis, sino por la cuestión ética de lo que el arte puede dar a cambio de lo que le damos.

Hamnet es también una clase magistral de interioridad. O’Farrell representa el dolor no como un crescendo, sino como un procedimiento: el lavado de la ropa, el mantenimiento de las habitaciones, las burocracias del entierro, el cambio de quién habla con quién y cómo. Los capítulos van y vienen entre el cortejo y el verano de la plaga con una lógica que parece orgánica al pensamiento: una imagen de una época provoca un eco en otra, y el significado te atrapa sin darte cuenta.
Y luego, la bisagra: Hamnet, Hamlet, Amleth. O’Farrell juega con una tríada que se extiende desde el libro de contabilidad doméstico o los registros locales hasta el mito escandinavo. Históricamente, “Hamnet” y “Hamlet” eran a menudo grafías intercambiables en los registros parroquiales de Stratford. El niño Hamnet Shakespeare vivió y murió en 1596; Hamlet, la obra, aparece unos años más tarde. Pero el personaje de Hamlet también desciende de Amleth, el legendario príncipe escandinavo cuya saga (recogida por Saxo Grammaticus en la Gesta Danorum, del siglo XII-XIII, y posteriormente recontada por François de Belleforest) es la principal fuente de inspiración de Hamlet, de Shakespeare.
En Saxo, Amleth finge estar loco después de que su tío mata a su padre y se casa con su madre; sobrevive a las trampas de la corte, lleva a cabo una astuta venganza y, finalmente, se convierte en rey, una historia más cercana a una aventura de venganza que a una tragedia psicológica. Shakespeare transforma la artimaña de Amleth en la duda existencial de Hamlet, profundizando en los temas de la conciencia, la demora y el teatro como verdad.

Sin embargo, O’Farrell invierte la mirada habitual y, a la manera de los precursores de Borges, en lugar de partir de la obra maestra y mirar hacia atrás, a la supuesta fuente, comienza con el niño y mira hacia fuera: de Hamnet (un hijo) a Hamlet (un papel) y a Amleth (un mito), y se pregunta qué ocurre con el dolor privado cuando se filtra a través de la historia pública.
Lo que ella entiende, y enseña al lector a sentir, es que la cadena no es ni simple ni consoladora. Amleth es leyenda: un conjunto de herramientas narrativas de locura fingida y astucia vengativa, un héroe creado para ayudar a comprender el peso cultural en una sociedad. Hamlet es arte: una conciencia en el escenario, que hace palpables los dilemas y convierte la indecisión en poesía. Hamnet es vida: fiebre, accidente, recursos domésticos, el trabajo de una madre, las ausencias de un padre, la valentía trivial de sobrevivir a la siguiente hora.
El casi anagrama nos tienta a hacer ecuaciones ordenadas: el niño se convierte en la obra. Hamnet, la novela, complica esa aritmética. Agnes, al encontrarse con Hamlet en el teatro, reconoce correspondencias y distanciamientos: el gesto convertido en emblema, el recuerdo convertido en forma.

Aquí es donde la lectura cobra mayor importancia. En la página, se puede leer la prehistoria de un monumento cultural. El libro te prepara para albergar múltiples verdades a la vez. Shakespeare recurre a Amleth, toma prestada una historia capaz de soportar el peso del fantasma de un padre. Y acude a Hamnet, se inspira en algo que ningún mito puede proporcionar: la presión de una pérdida específica. O’Farrell se niega a jerarquizar, no dice que la obra redima la vida ni que la vida condene la obra. Te pide que tengas en cuenta ambas cosas: la dignidad de la breve existencia del niño y la magnificencia de una obra que, quizás gracias a él, y sin duda no sin él, recalibró para siempre lo que el escenario podía dar.
Mientras que Amleth nos recuerda que las historias son piezas reutilizables; Hamlet demuestra que las piezas pueden combinarse para crear algo irreductiblemente nuevo; y Hamnet insiste en que la materia prima siempre es la humana. La lectura de esta novela pone en cuestión el origen de las ideas, la capacidad creativa, la vida como escenario. Y la perspectiva de Agnes es crucial. Centrarse en Agnes reorienta la historia, pasando de la fama de Shakespeare al hogar que sustentó —y complicó— su arte, devolviendo el protagonismo a una mujer que la historia ha borrado en gran medida y convirtiéndola en el núcleo moral y emocional de la novela.
En el teatro, se le pide a Agnes que observe cómo su catástrofe privada se convierte en un artefacto apto para el duelo público. Ella percibe el genio y el robo. A través de ella, el vínculo entre Hamnet y Hamlet se convierte en una indagación ética sobre lo que el arte le debe al dolor privado. La escena no es acusatoria, sino exigente: un reconocimiento del trato que los artistas hacen con lo que no pueden reparar.
[Fotos: Agata Grzybowska /Focus Features]
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