
“Durante la pandemia aumentó el consumo excesivo de alcohol”, decía un titular de 2021. Que al principio confundiera esa tercera palabra con “rosé” muestra la magnitud del problema.
Una aplicación británica sin rodeos llamada Try Dry, gratuita y sin las afirmaciones melosas, juegos tontos ni solicitudes de dinero que caracterizan a las versiones estadounidenses, me ha ayudado a reducir el consumo. Ahora Charles Knowles, cirujano colorrectal y profesor en Londres, aporta una mirada británica a la “quit lit” (N. de la R: subgénero definido como “literatura para dejar” el alcohol) con un libro sincero titulado Por qué bebemos demasiado.
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Abstemio desde hace una década, en parte gracias a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, Knowles asegura que no quiere aburrir a los lectores con relatos de sus excesos. Sin embargo, algunos salen a la superficie, entre gráficos y tablas inquietantes. Como la pelea con su suegro durante el bautismo de su hijo, celebrada en un famoso pub de Londres llamado Blind Beggar, donde el gánster Ronnie Kray mató a George Cornell en 1966 y frente al cual William Booth, fundador del Ejército de Salvación, solía predicar.
En una ocasión, la guardería de su hija se negó a entregársela porque estaba tan ebrio que su esposa, Annie, tuvo que ir a buscarla al trabajo; en otra, la niña se quedó esperando la cena mientras él dormía desmayado en un sillón.
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Se rompió la nariz tras una “riña alcohólica”, se dislocó el dedo meñique al caerse de una bicicleta, vivió un momento al estilo George Bailey en el Tower Bridge y, lo más inquietante, se sentó bajo un árbol de mango en el jardín de un amigo con una botella medio vacía de Bacardí y un revólver Smith & Wesson .38 de cinco tiros.
A diferencia del personaje de Denzel Washington en El vuelo, el autor nunca trabajó bajo los efectos del alcohol. “Por desgracia, otros sí”, escribe. Es tan fuerte el compromiso del adicto que en su hospital tuvieron que retirar el desinfectante de manos a base de alcohol que había en la entrada de las salas.
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Knowles expone de forma metódica el efecto del alcohol en quienes lo consumen: cómo algunos dependen de él, otros lo rechazan y muchos más se mueven en una “zona gris”. Leer sobre esto resulta sombrío pero esclarecedor, como descubrir que lo que los poetas llaman amor podría ser solo una mezcla de oxitocina y vasopresina. Corre el pesado telón de terciopelo de esa vieja magia negra. (Aun así: “He tenido que pellizcarme para convencerme de que no tenía una aventura con un hombre extraño”, celebra Annie sobre su recuperación, “era como si unos extraterrestres se hubieran llevado a mi marido y lo hubieran reemplazado por una versión mejorada”).
La cantidad de síndromes con siglas resulta un poco abrumadora. Pero si la ciencia cansa, los pasajes autobiográficos logran ser persuasivos.
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Hay imágenes de la infancia de Knowles durante la era skinhead en Boston, Lincolnshire, en el East Midlands, y de su paso por un internado a 80 kilómetros, donde fue acosado y agredido, entre otras cosas, por no conocer las reglas del rugby. Recibió palizas con calcetines llenos de pastillas de jabón.

Al hacerse adulto en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, Knowles cree que cuando “la pequeña copa de jerez del almuerzo dominical” fue sustituida por una cultura de consumo mucho más expansiva, quedó predispuesto al alcoholismo. Probó su primer litro y medio de cerveza a los 13 años durante un viaje escolar a Múnich y luego se sumó a juerguistas medio inconscientes por “zumo de pomelo y vodka” tras fiestas organizadas por una sociedad de bebedores empedernidos en su universidad de Cambridge.
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Knowles bebía para borrar recuerdos, ya que poseía “el tipo de sistema de archivo interno con una capacidad elefantiásica para recuerdos tóxicos”, según escribe. “Es como si hubiera una lavadora de información de la que mi cerebro selecciona sólo la ‘ropa sucia’ para torturarme”. Hay aquí una persona con una profundidad que el género de autoayuda no puede contener, pero es generoso de su parte lanzar un salvavidas en vez de regodearse.

Booth llamó al gin “el único Leteo de los miserables”, en referencia al río mítico del inframundo griego cuyas aguas permitían olvidar. Pero el alcohol también está asociado, recuerda Knowles, al olvido más dañino del deterioro cognitivo y la demencia. Y a muchas otras enfermedades, incluidas polineuropatía, cáncer, hígado graso, enfermedad coronaria, impotencia (también llamada “caída del cervecero”), psicosis y otras más.
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Muchos eligen ignorar estos hechos desagradables y siguen bebiendo y regulando su consumo. “Este enero seco se está haciendo largo” fue un meme que recibí el día 2 de este mes. Hipócrates y Platón creían que el vino en cantidades moderadas era medicinal. Y no olvidemos a los franceses.
Pero los jóvenes están bebiendo menos. Así como también leen menos libros.
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[Fotos: Freepick]
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