
La vida y la obra de Henri Matisse han inspirado incontables estudios, pero pocas veces se aborda la influencia decisiva de las mujeres que lo acompañaron en su trayectoria. La escritora y periodista británica Sophie Haydock, colaboradora habitual de medios como el Sunday Times, Financial Times y The Guardian, y curadora del Festival del Libro de Folkestone en el marco de Creative Folkestone, ofrece una nueva mirada sobre el artista en su novela Las mujeres de Matisse.
Haydock reconstruye la historia de tres figuras centrales en el universo de Matisse: Amelie, la esposa que sostuvo al pintor en los momentos más difíciles; Lydia Delectorskaya, joven refugiada rusa que encontró en la familia del artista un inesperado refugio; y Marguerite, la hija mayor, testigo y protagonista de los conflictos domésticos.
En el siguiente fragmento, Sophie Haydock explora los vínculos, sacrificios y tensiones que definieron la intimidad y el arte del célebre pintor francés.
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ULTIMÁTUM
Niza, 1939
Madame Matisse entra en la habitación de Lydia con un tenedor afilado en el bolsillo. Todo está ordenado, en su sitio, con los lomos de los libros alineados y tres peras situadas en el alféizar de la ventana separadas por una distancia satisfactoria; todo está igual que la última vez que entró a echar un vistazo a la estancia. Esa mujer lleva casi toda una década viviendo en Niza junto a madame Matisse y a su esposo, pero ¿qué sabe en realidad Amélie de la misteriosa Lydia Delectorskaya?
Desde que la joven entró a vivir con ellos en la primavera de 1932, Amélie le ha mostrado un apoyo incesante. ¿Qué era lo que diferenciaba a Lydia de las demás muchachas? Si a Amélie no le fallaba la memoria, hubo un cumplido sobre su chal bordado a mano y el entusiasmo con el que la joven se lanzó a aceptar el complicado papel cuando otra no consiguió despertar interés, además de que apareció sujetando un ramo de flores. Nadie lo había hecho jamás.
Cuando Lydia llegó, una desconocida extranjera de veintidós años con poca fortuna, había sido una más de una larga hilera de chicas, a las que contrataron para echar una mano por la casa y ayudar a Amélie conforme se deterioraba su salud. Lydia, discreta, eficiente y encantadora, resolvió todos los problemas sin armar escándalo y sin ponerse nerviosa, y qué maravilla había sido encontrar a alguien que no contestara ni se tomara libertades.
Era muy poco habitual. A medida que fue pasando el tiempo, a Amélie la habían impresionado el ingenio siberiano, la iniciativa y la disposición a acoplarse a sus vidas. Lydia había asistido a Amélie y había logrado que los períodos de confinamiento fuesen más soportables.
Henri apenas se había fijado en ella durante aquellos primeros años. No quería que nadie interfiriese en su estudio y tampoco aspiraba a atraer a la muchacha, claro está. No era su tipo.
Amélie había supuesto que Lydia no estaría interesada en un hombre que era lo bastante mayor como para poder ser su padre y que su marido no formaría ningún vínculo con una mujer una década más joven que Marguerite, su propia hija.
Los Matisse habían tratado muy bien a todas las chicas a las que habían contratado; les habían pagado un sueldo más alto de lo necesario y habían retorcido las reglas para asegurarse de que ofrecían cierta estabilidad. Habían sido amables. Pero ahora Amélie lo ve con claridad: esa mujer se había aprovechado de su naturaleza afable y de su constante estado de salud delicado para infiltrarse en el tejido de su casa y convertirse en alguien indispensable. Ahora Amélie tan solo ve a su esposo durante las comidas, cuando se terminan el plato el uno delante del otro en silencio. Henri se pasa el día con Lydia, haciendo a saber qué...
Y Amélie se ha hartado.
Merodea por la habitación, y su bastón golpea los tablones de madera del suelo de forma insistente.

El aire es húmedo, que no parece propio de un lugar como Niza, famoso por los veranos sofocantes. Aquí es donde los bañistas se chamuscan en la orilla o se mecen en el mar sensual.
Ha pasado mucho tiempo desde que la propia Amélie disfrutara por última vez de alguno de esos placeres. Su enfermedad crónica y sus dolores de espalda y de barriga, así como los accesos de apatía e impotencia —que la han embargado desde que nacieran sus hijos—, implican que debe pasar largas temporadas en cama.
Amélie se detiene y presta atención por si capta ruido de pasos.
Su oído ya no es el que era, pero su visión es muy nítida.
Cuando se convence de que no hay nadie por ahí, apoya el bastón en el armario y se arrodilla con dificultades en el suelo para sacar un maletín de debajo de la cama de Lydia y ponerlo encima del edredón. En la piel están grabadas dos iniciales: «ND».
No sabe nada del anterior propietario. ¿Un amante, quizá, un hombre del pasado de Lydia?
Amélie experimenta una breve culpabilidad por violar la intimidad de su empleada de esta manera. Todo el mundo tiene secretos, cosas que prefiere mantener ocultas; es el peor lado de uno mismo, que nunca llega a ver la luz. Sin embargo, Amélie se sacude esa sensación. Debe hacerlo, debe saber de una vez por todas con qué clase de mujer está lidiando.
Juguetea con los cierres del maletín. Con un poco de suerte, Lydia lo habrá dejado abierto. Pero no es así. Lydia conserva su intimidad con una intensidad feroz. En todo el tiempo que hace que Amélie la conoce, a la mujer casi nunca se le ha escapado una breve anécdota de su vida fuera de aquellas cuatro paredes ni de la época previa a convertirse en ayudante del hogar de los Matisse. Amélie a menudo se ha preguntado cómo debe de ser crecer en Siberia y por qué la muchacha ha terminado en Francia y sola.

La primera pregunta cuya respuesta quiere obtener, sin duda, es qué poder cree Lydia que ejerce sobre su marido. Los dos se han vuelto íntimos y son estúpidos si piensan que ella no se ha percatado. Tan solo un astuto observador se habría dado cuenta, pero aquella mujer es implacable, siempre buscando extraer lo que pueda de cualquiera, mientras que Amélie se ha visto empujada cada vez más hacia un segundo plano, hasta llegar a ser una extraña en su propia casa. En cada rincón se encuentra el rastro de Lydia y sus propias verdades eliminadas.
De cara a la galería, Lydia afirma que se trata solo de Henri, de sus necesidades y de su valioso horario. Monsieur Matisse no tiene tiempo para diversiones ni distracciones, que parecen incluir a su esposa. Pero Amélie sabe para sus adentros que es una batalla por el control. Y es una lucha que no está preparada para perder.
Todos aquellos que la rodean parecen haber olvidado un dato crucial: Amélie es tremenda. Quizá tenga sesenta y siete años, cada vez menos cabello y las caderas anchas y lentas, pero no es una mujer boba dispuesta a permitir que la releguen a una nota al pie de página de la historia de otro hombre. Es cierto que con los años tal vez haya perdido algo, pero por dentro tiene una constitución de fuego, que se alza más competente y dinámica cuando la casa estalla en llamas a su alrededor. Al final, Amélie ha sobrevivido a todo, y junto con Henri han logrado lo imposible contra todo pronóstico.
El mes pasado, Amélie intentó sacar el tema con Henri, pero él convenció a su mujer de que Lydia era esencial para su arte.
Aunque en aquel momento ella lo dejó correr, no piensa volver a hacerlo. Marguerite, su propia hija, le ha pedido a Amélie que busque pruebas, algo que dé respaldo a sus preocupaciones. A Marguerite nunca le ha caído bien Lydia y también recela bastante de la dependencia que siente su padre hacia otra persona.
“Haz lo que sea”, le dijo. Amélie no está orgullosa de ello, pero lleva semanas registrando la habitación de Lydia intentando descubrir algo que logre que Henri se las tome en serio a ella y a sus sospechas. No ha encontrado nada más allá del maldito maletín cerrado debajo de la cama. ¿Qué oculta esa mujer? ¿Cartas de Henri en las que él le promete el mundo entero? ¿Dibujos que le ha dado o que quizá ella se ha llevado sin permiso? ¿O algo muchísimo más preocupante?
Esta vez, mientras Lydia ha salido para hacerle unos recados a Henri, Amélie ha venido preparada. Saca el cubierto de la bata para forzar la cerradura del maletín. Mete las puntas del tenedor en el cierre y tensa la muñeca. Ya casi...
Alguien toma una bocanada de aire, y Amélie al principio cree que ha sido ella, hasta que se le eriza el vello de la nuca. Al girarse, ve a Lydia en el umbral de la puerta de la habitación.
—Ni se le ocurra —le advierte Lydia, con los ojos ardientes clavados en el maletín.
A pesar de que la ha sorprendido con las manos en la masa, Amélie no piensa dar marcha atrás.
—Si mi esposo te escribe y te da regalos, tengo derecho a saberlo.
—No me insulte —responde Lydia tras respirar hondo.
—No sería la primera vez que rompe mi confianza —añade Amélie—, así que perdóname si en esta ocasión me niego a cerrar los ojos ante mis sospechas.
—Sus sospechas son infundadas conmigo.
—¿Por qué no abres el maletín y dejas descansar a mis miedos?
Lydia niega con la cabeza.
—En ese caso, yo sacaré mis propias conclusiones, si no te importa.
Amélie forcejea con el tenedor en la cerradura en un intento por buscar suerte antes de que la obliguen a marcharse, y de pronto se oye un clic, como el latido de un corazón. Aprovecha el momento y, sin apartar los ojos de la joven, descorre el cierre y abre el maletín con ansia. Lydia cruza la habitación a toda prisa e intenta arrebatárselo, pero Amélie resiste con los dedos alrededor del asa, desesperada por echar aunque sea un mero vistazo a lo que contiene el maletín. Al parecer, hay un sinfín de papeles, documentos de aspecto oficial en francés y en otro idioma. No consigue ver bien el interior y tira del maletín de nuevo con fuerza; los papeles se revuelven y se deslizan por el interior.
Debajo de las hojas brilla un destello metálico.
—Santo Dios. —Amélie ahoga un grito—. ¿Es una pistola?
Si en esta casa hay una pistola, eso lo cambia todo.
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