Llega tres semanas instalada en el ‘pódium’ de lo más visto de Netflix, desde que aterrizó el pasado 6 de febrero, y resulta lógico ya que, además de contar con un buen reparto liderado por el siempre eficaz Luis Tosar, aborda un tema peliagudo, el de la violencia de los ‘ultras’ y el auge de la extrema derecha en los sectores más jóvenes de la actualidad.
Para ponernos en contexto, Luis Tosar es Salva, y tiene una hija Milena (Candela Arestegui). Era médico, pero comenzó a beber y perdió su familia y su trabajo, por lo que ahora trabaja como sanitario en una ambulancia.
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A pesar de que está rehabilitado, su hija se ha distanciado tanto de él que ya ni siquiera la conoce, hasta que la encuentre en un bar de hinchas radicales envuelta en una agresión a chico árabe.
La noche terminará en tragedia y, Milena, después de tener un accidente, será asesinada en el hospital por un grupo de encapuchados. Ahí empezará el viaje de Salvador por el submundo de las bandas de ultraderecha para averiguar quién ha matado a su hija.
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Una ficción a ritmo frenético que tiende al efectismo
Salvador tiene como creador a Aitor Gabilondo (Patria) y como director a Daniel Calparsoro que, en los últimos tiempos, no ha parado de enlazar un proyecto con otro, perdiendo por el camino la identidad que le había caracterizado.
Sin embargo, con Salvador, parece recuperar un poco el pulso, aunque su realización siempre tienda al efectismo. En ese sentido, cuesta entrar en la propuesta, precisamente por la confusión y la exageración que la caracterizan tanto a nivel visual como narrativo. Todo tiene que ser frenético, espídico, con montajes que inducen a la taquicardia, una cámara desquiciada y una sensación de mareo generalizado marca de la casa.
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En cuanto a la historia, la sutileza brilla por su ausencia. Los malos son muy malos y los buenos son muy buenos, a excepción del personaje que encarna Claudia Salas, el más interesante de todos, que se encuentra atrapada entre dos mundos, su ideología y la necesidad de recuperar a su hija.
En los primeros acordes todo es así, blanco o negro y con la sensación de que todo se tiene que ‘sobreexplicar’ de una manera cansina, tirando de tópicos y de ‘sensacionalismo’ a la hora de acercarse a una realidad que debería tener más matices, plagada de personajes estereotipados (menos el de Leonor Watling), desde los que componen desde la banda supremacista, al policía corrupto.
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Reflexiones sobre nuestro tiempo
Afortunadamente la serie se va recomponiendo para, al menos, apuntar cuestiones interesantes, como la de ese poder económico y político en la sombra que es el que mueve los hilos (magnífico todo el segmento protagonizado por Pedro Casablanc). Así, el viaje íntimo de Salvador, se convertirá, en definitiva, en un problema colectivo al que estamos asistiendo en directo. ¿Por qué se ha producido un giro hacia la ultraderecha y al rescate de la ideología fascista?
Y ahí entra la maquinaria adoctrinadora que cala tanto en jóvenes como en todas aquellas personas descontentas por la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran y que se refugian en ese discurso populista como tabla de salvación.
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En su parte final, Salvador aborda todo el fenómeno de las fake-news, y como ciertos medios de comunicación está pagados para lanzar discursos de miedo que terminan conduciendo al odio.

Como dice el personaje de Pedro Casablanc, uno de esos ‘capos’ encargados de financiar en la sombra toda esa maquinaria, “a la gente hay que explicarle lo que debe pensar y después, lo que debe hacer” o “lo que importa es el relato, entonces, el relato es cierto”. Y si se dice que los inmigrantes tienen la culpa de todo, al final nadie se lo cuestionará.
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Salvador es una ficción que combina como puede el entretenimiento con la reflexión en torno a nuestro tiempo. Debería haber sido una película, porque la trama se alarga de forma innecesaria y le cuesta equilibrarse entre el tumulto caótico, el discurso sociopolítico y la credibilidad de la historial. Aunque, pensándolo bien, quizás sea, en la actualidad, la única forma de hablar de estos temas: a ritmo de thriller exagerado y visceral para resultar accesible al público mayoritario.
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