
¿Accidente de tránsito? Algo así. Jacques-Louis David fue atropellado por un carruaje cuando salía del teatro, lo que precipitó una enfermedad cardíaca preexistente. Murió el 29 de diciembre de 1825, hace 200 años, del corazón. El bicentenario de su muerte reabre el debate sobre uno de los artistas más influyentes de la historia moderna, cuyo legado pictórico y político marcó la transición entre el Antiguo Régimen y la Revolución francesa, así como también el ascenso de Napoleón.
Considerado el principal referente del neoclasicismo, David no solo redefinió los cánones artísticos de su tiempo, sino que su vida reflejó los vaivenes de una época convulsa, y su figura continúa generando debate dos siglos después de su fallecimiento en Bruselas. El pintor vivió en el exilio, rechazado por la Francia restaurada que nunca le permitió regresar, pese a las peticiones de su familia. Entusiasta de la Revolución Francesa y también del “Emperador de los franceses”, vivió bajo sus propias leyes.
La persistencia inicial
Nacido en París el 30 de agosto de 1748, David enfrentó desde la infancia el drama familiar con el asesinato de su padre y la ausencia de su madre, quedando bajo la tutela de sus tíos, arquitectos de éxito que promovieron su formación en el Colegio de las Cuatro Naciones. Aunque sus familiares deseaban que se dedicara a la arquitectura, se impuso con una temprana vocación artística y logró ingresar en el taller de François Boucher, aunque pronto fue dirigido al aprendizaje clásico con Joseph-Marie Vien.

Su persistencia le llevó a conquistar, tras cuatro intentos, el codiciado Premio de Roma en 1774, lo que le permitió adentrarse en el estudio directo de las grandes obras maestras y ruinas de la Antigua Roma. Durante su estancia en Italia, el joven David entabló contacto con figuras clave del pensamiento y el arte, y llenó sus cuadernos de apuntes que utilizaría durante el resto de su vida. El regreso a París supuso el inicio de su enfrentamiento con la Academia Real de Pintura y Escultura, .
Aunque en varias ocasiones se mostró reticente ante su figura, finalmente la institución le reconoció su talento. En el Salón de 1781 recibió el antiguo privilegio de residir en el Louvre y consolidó su posición social mediante su matrimonio con Marguerite Charlotte, lo que le proporcionó estabilidad económica y familiar. A lo largo de los años setenta y ochenta del siglo XVIII, David desarrolló obras muy simbólicas como Juramento de los Horacios (1784) y La muerte de Sócrates (1787).
Arte y política
David creía que el arte tenía que incidir en la política. Por eso, en sus obras subrayó la austeridad y el ideal de autosacrificio republicano. Sus obras fueron convertidas en auténticos símbolos políticos de la era revolucionaria. El estallido de la revolución en 1789 marcó un giro radical en su voida: optó por permanecer en Francia y abrazar la causa republicana. Su amistad con Maximilien de Robespierre y su condición de miembro destacado del club jacobino lo pusieron en el centro de la escena.

David participó activamente en la Asamblea Nacional, votó a favor de la ejecución de Luis XVI y organizó celebraciones fúnebres y fastos públicos que transformaron el arte en vehículo de propaganda revolucionaria. Su célebre cuadro La muerte de Marat (1793), realizado tras el asesinato del revolucionario en su bañera, cristaliza la dimensión heroica y martirial atribuida por David a la República. Pero tras el asesinato de Robespierre y la caída del régimen jacobino, fue encarcelado por el Directorio.
Durante su reclusión pintó su propio autorretrato y encontró inspiración en motivos reconciliadores, como El rapto de las sabinas (finalizado en 1799), interpretado por algunos contemporáneos como una alegoría de la reconciliación nacional tras la violencia revolucionaria. Restituido posteriormente a la vida pública, se distanció de la política activa y retomó la enseñanza, consolidando su papel como formador de generaciones de artistas, incluidos Antoine-Jean Gros y Jean Auguste Dominique Ingres.
Estilo Imperio
El ascenso de Napoleón Bonaparte brindó a David una nueva proyección. Impresionado por el joven general desde su primer encuentro, el pintor se convirtió en su retratista oficial y protagonista del llamado Estilo Imperio, caracterizado por la introducción de colores cálidos y la monumentalidad compositiva. Obras como Napoleón cruzando los Alpes (1801) y La coronación de Napoleón y Josefina en Notre Dame consolidaron la imagen imperial y propagandística del régimen.
El propio Napoleón valoró de forma personal la contribución de David, llegando a expresar: “David, te rindo homenaje”, tras observar durante una hora el lienzo de la coronación. Pero el regreso de los Borbones supuso un nuevo vuelco. Por su implicación en la Revolución y su voto en la ejecución de Luis XVI, David fue incluido en la lista de proscritos, aunque recibió el indulto del rey, quien le ofreció un puesto en la corte. Pero tenía principios y lo declinó. Eligió el exilio voluntario en Bruselas.
Partido por un rayo
En Bélgica, dedicado a pequeñas obras de temática mitológica y retratos de antiguos partidarios napoleónicos, vivió sus años finales. Su última voluntad artística se expresó en Marte desarmado por Venus y las Gracias, obra con la que el propio David enfatizaba su ambición final: “Esta es la última pintura que deseo pintar, pero quiero superarme en ella. Pondré el dato de mis 75 años en ella y después nunca volveré a tomar un pincel”. Murió dos años después. De su partida, hoy, hace dos siglos.
Aquel último gran cuadro se presentó en Bruselas en 1824 y luego en París. En la capital francesa atrajo a más de diez mil visitantes y cosechó un beneficio neto de trece mil francos, cifras excepcionales para la época y testimonio de su popularidad. El cuerpo de David fue sepultado en la capital belga, mientras que su corazón fue trasladado a Père Lachaise, en París. Curiosa metáfora para los restos de un revolucionario: concluir diseccionado, como partido por un rayo, con el cuerpo en el exilio, el deseo en el origen.
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