
Cuando se piensa en internet, se suele imaginar un exorbitante número de usuarios asociada a través de satélites y tecnologías inalámbricas, sin embargo el 95% del tráfico internacional de datos circula por de cables de fibra óptica tendidos en el lecho marino: el verdadero sistema nervioso de la economía y la sociedad contemporáneas.
Esta zona oculta alumbra el nuevo libro de Samanth Subramanian en The Web Beneath the Waves (“La red bajo las olas”), editado por Columbia Global Reports. En sus 128 páginas narra cómo el despliegue de estos cables comenzó en el siglo XIX con el telégrafo, pero la magnitud y sofisticación actuales superan cualquier antecedente histórico. Hoy, miles de kilómetros de fibra óptica conectan continentes, transportando información a velocidades cercanas a la de la luz. La instalación y el mantenimiento de estos cables requieren inversiones multimillonarias y una coordinación internacional compleja, ya que atraviesan aguas territoriales y zonas de alta mar.
PUBLICIDAD
La magnitud de esta red es asombrosa: la longitud total de los cables de fibra óptica tendidos bajo los océanos permitiría conectar la Tierra con la Luna más de tres veces. Estos cables, bautizados con nombres de dioses antiguos como Júpiter o de pioneros de la informática como Grace Hopper, pueden transmitir terabytes de datos por segundo gracias a la sofisticada división de la luz en múltiples longitudes de onda. Frente a esta capacidad, los satélites resultan insuficientes para igualar el ancho de banda que la infraestructura submarina proporciona, relegando a las conexiones inalámbricas a un papel secundario en la conectividad global.

Sin embargo, la solidez de esta red es solo aparente. Mientras que en aguas cercanas a la costa los cables se protegen con blindaje y se entierran en zanjas, en las profundidades oceánicas descansan expuestos sobre el lecho marino, con un grosor comparable al de una manguera de jardín. Blindarlos en alta mar los haría demasiado pesados para su manipulación, lo que deja a estos conductos vitales en una situación de indefensión ante amenazas tanto accidentales como deliberadas.
PUBLICIDAD
“La infraestructura de internet corre el riesgo de fragmentarse en sistemas de cables paralelos que consumen recursos en duplicaciones innecesarias, se intersecan solo en ubicaciones neutrales y se niegan a depender entre sí como respaldo”, escribe Subramanian. “Aunque internet se ha vuelto más indispensable, su infraestructura amenaza con volverse menos segura”, agrega. Además, la reparación de un cable dañado puede demorar días o incluso semanas, dependiendo de la ubicación y las condiciones climáticas, lo que expone a países y empresas a interrupciones prolongadas.
En una reseña publicada en Thw Wall Street Journal bajo el título “Una crisis de cables”, Steven Poole define a Subramanian como “un escritor elegante e ingenioso” que “convierte su tema en un fascinante diario de viaje”. De pronto nos lleva de paseo por Tonga, que en 2022 un deslizamiento de tierra submarino, provocado por una erupción volcánica, cortó el único cable que conectaba al país con el resto del mundo. El resultado fue inmediato: los cajeros automáticos dejaron de funcionar porque los bancos no podían verificar saldos, los agricultores perdieron la capacidad de exportar sus productos y los estudiantes quedaron sin acceso a clases en línea durante la pandemia de Covid-19.
PUBLICIDAD
Incluso una residente vio cómo su sistema de energía solar se apagaba al no poder actualizar el software de la batería a través de internet. Según Subramanian, “con la fractura de un solo cable, Tonga se hundió en el tipo de aislamiento que no había visto en más de un siglo”.

Las consecuencias de una avería pueden ir más allá de la incomunicación. En 2023, la isla taiwanesa de Nangan quedó aislada y los médicos se vieron obligados a copiar historiales clínicos en discos compactos para evacuar pacientes de emergencia. En este caso, el corte del cable no fue accidental ni causado por la naturaleza, sino atribuido a barcos chinos, en un incidente que nadie consideró fortuito. La amenaza de sabotaje se ha intensificado: en 2024, milicianos hutíes habrían cortado tres cables bajo el Mar Rojo, y embarcaciones rusas han sido señaladas por daños a cables cerca de Suecia y Finlandia. China, por su parte, ha presentado un sumergible capaz de cortar cables blindados a 4.000 metros de profundidad. Subramanian advierte que “el futuro de internet implicará la militarización de sus sistemas de cables submarinos”.
PUBLICIDAD
La facilidad con la que los saboteadores pueden localizar estos cables se debe a que sus rutas son de dominio público. Mantenerlas en secreto no es viable, ya que el tráfico marítimo necesita conocerlas para evitar daños accidentales. No obstante, la competencia geopolítica ha transformado el trazado de los cables en un complejo entramado. Estados Unidos prohíbe que los cables lleguen directamente desde China a sus costas, lo que obliga a realizar interconexiones en terceros países como Filipinas.
Subramanian observa que “la infraestructura de internet corre el riesgo de fragmentarse en sistemas de cables paralelos que consumen recursos en duplicaciones innecesarias, se intersecan solo en ubicaciones neutrales y se niegan a depender entre sí como respaldo”. Así, mientras internet se vuelve más indispensable, su base física amenaza con volverse menos segura.
PUBLICIDAD

Las tensiones entre estados se reflejan en la competencia entre gigantes tecnológicos, que invierten miles de millones de dólares en redes submarinas propias sin garantías de compartir el ancho de banda con terceros. Google ha construido y es propietaria de cables que enlazan Estados Unidos con Europa y Sudamérica. Meta anunció recientemente el proyecto Waterworth, una inversión multimillonaria para un cable de 50.000 kilómetros que conectará Estados Unidos con Sudáfrica, India y Australia, formando una W sobre el planeta, cuya circunferencia es de 40.000 kilómetros. Subramanian sugiere que este desarrollo aleja aún más el ideal de una red mundial abierta, neutral e interconectada.
Subramanian señala que “en una de las extrañas involuciones de la era moderna, recurrimos a internet para ver qué le pasa”. Su recorrido lo lleva a una estación de aterrizaje de cable en Tonga, donde esperaba una revelación tecnológica y solo encontró una “decepción con aire acondicionado” en un armario de hormigón. Acompaña a los barcos encargados de reparar cables, describiendo la tarea de encontrar el extremo roto como “buscar a tientas en una playa ancha y oscura un fideo caído en la arena”. En Taiwán, conversa con quienes vivieron el apagón de 2023, y en Costa de Marfil presencia la llegada del gigantesco cable 2Africa, aunque la reubicación se retrasa y debe regresar. El despliegue de nuevos cables implica tanto desafíos de ingeniería como de diplomacia: un funcionario de Malasia le relata cómo negoció durante tres meses con pescadores locales para que permitieran el tendido de un cable hasta la costa.
PUBLICIDAD
La obra concluye con una reflexión sobre la materialidad de la red: la creencia de que las comunicaciones digitales ocurren en un espacio abstracto es engañosa. La información personal, la comunicación social y los recuerdos digitales dependen de una infraestructura física valorada en miles de millones de dólares y de las tensiones comerciales y geopolíticas que la rodean. “Lo personal es industrial”, resume Subramanian con contundencia.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Frida Kahlo llega al Tate Modern y ya es récord de venta de entradas
La retrospectiva sobre la artista mexicana abre el 25 de junio con más de 41.000 boletos colocados por adelantado, una cifra histórica para el museo y una señal del furor que sigue despertando
Pablo Neruda, escritor chileno: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él”
Las memorias póstumas del gran poeta latinoamericano revelan una declaración de principios oculta entre sus colecciones de juguetes. Una lección filosófica sobre la resistencia lúdica frente a la rigidez del mundo adulto y el dolor de la historia

Ortografía y redacción: en caso de que, no en caso que
La Real Academia Española se ha convertido en la institución más relevante para fomentar la unidad idiomática del mundo hispanohablante

Kane Parsons: de sensación de YouTube a director más joven de A24 con el éxito de terror “Backrooms”
El realizador, que saltó a la fama por un corto viral en YouTube, se convirtió en el cineasta más joven del emblemático sello con un largometraje basado en su serie web

Una casa que habla, una familia que desaparece y un espinal que da miedo
En “Una casa sola”, Selva Almada nos lleva por los rincones de una vivienda abandonada, en el monte entrerriano. El rancho cobra vida, habla en primera persona y esconde las marcas de un misterio imposible de resolver. O no



