
El pasado 20 de octubre, el nuevo álbum de Rosalía, Lux, se presentó como un acto ritual colectivo. En directo desde sus redes sociales, la cantante convocó al público a participar en su anuncio: la portada, el título y la fecha de lanzamiento se revelaron en la madrileña plaza del Callao.
Luego vino Berghain, una canción cuya letra y videoclip prometían un imaginario del renacer, en el que la artista se transfigura. El fervor colectivo se ha extendido entre devotos y escépticos.
Ahora, tras tres años en silencio desde Motomami, los cuatro movimientos del nuevo disco transportan a un universo de destellos, palomas y santas.
Ella misma, en recientes entrevistas, confiesa la inspiración: hagiografías de santas de alrededor del mundo y su producción mística. La necesidad de unión con lo sagrado se hace patente desde la portada de Lux. Los labios dorados, la cofia y el hábito blanco que la cubre simbolizan, además, su compromiso con la música.
La mística como espacio para la libertad
Ya en su segundo álbum de estudio, El mal querer, Rosalía ofrecía un discurso visual cargado de referencias a la tradición mariana.
En Lux, la cantante explora un camino similar al interpretar libre y desacralizadamente la mística femenina. En sus propias palabras, el proyecto nace del deseo de conectarse con algo superior: “Si tú haces espacio, quizá alguien que está por encima de ti puede llegar y pasar a través de ti”. Y encuentra en el misticismo, en la unión con lo espiritual, un lugar de libertad, que permite alejarse de la ortodoxia y generar otros discursos.
Sin embargo, la artista no inventa nada; la historia de la mística femenina está repleta de ejemplos de mujeres que subvirtieron y distorsionaron las normas eclesiásticas. Más allá de aquellas a las que alude el disco —santa Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen, santa Olga de Kiev, Rabia al Adawiyya o Simone Weil—, existen muchos más nombres, como santa Catalina de Siena o Margarita Porete, condenada a la hoguera en 1310 por la Inquisición. Son mujeres que generaron obras entre lo textual y visual al aproximarse a los preceptos de lo sagrado y subvertir parte de los mandatos.
Superada la portada, el interior ofrece nuevas imágenes. Son tomas realizadas por el polifacético Noah Dillon. Algunas de ellas están en el libreto del CD y en el póster cruciforme que incluye el vinilo. Rosalía desnuda, tendida sobre una cama blanca, emula posiciones cristológicas, se desvela y asiste a una lluvia nívea, y termina bañada de luz, en un mundo donde parece no encajar. El momento de unión con lo divino —ese “Dios desciende y yo asciendo, nos encontramos en el medio”— se completa con la escucha.

La espiritualidad en Rosalía parece cumplir la definición de mística salvaje que acuñó el filósofo francés Michel Hulin. Aquella experiencia en la que el sujeto, al margen de cualquier creencia religiosa, “experimenta la impresión de despertarse a una realidad más elevada, de atravesar el velo de las apariencias, de vivir por anticipado algo semejante a una salvación”.
La mística, de esta forma, es propiedad de cualquier persona que busque apartarse de una realidad hostil. Y la cantante ofrece su música al mundo —al igual que hicieron las místicas que la precedieron— como gesto de gratitud.
Entre la nada y la luz del mundo
En su primera aparición pública en torno al disco, Rosalía vistió símbolos próximos al poder papal: ropajes blancos, zapatos rojos y una aureola decolorada en su cabello, referencias a la santidad y el poder. En los sucesivos eventos promocionales, ha seguido apostando por esta estela visual.
La puesta en escena en el MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya) para la presentación en Barcelona se convirtió en una especie de performance de purificación y éxtasis. Ella, en el centro de un escenario cubierto de sábanas blancas, se exhibió pasiva ante el público mientras sonaba su obra. No cantó, no actuó, solo esperó que se produjese la comunión.

En su sinfonía, la artista se presenta como un ser vulnerable, de porcelana, y, por tanto, humana. Cargada de contradicciones, entre la luz y la ruina. Pero es esa condición la que le permite la experiencia mística. “No soy una santa, pero estoy blessed”, es decir, bendecida. Reivindica el amor como avalancha que alumbra e incluso llega a declararse la luz del mundo. ¿Hay algo más transgresor que colocarse en el papel de Dios?
Al final, Rosalía proyecta la imagen de un ser ambivalente, harta de los mandatos heteronormativos. A ello se suma la posición de volcel —célibe voluntaria— que ha adoptado últimamente. De nuevo, siguiendo la tendencia de muchas místicas, que se apartaban del mundo en un recogimiento interior.
En Al comienzo era el amor, la filósofa Julia Kristeva ofrece una clave importante. Las experiencias místicas permiten reparar “nuestros malestares de Narcisos heridos”. Sustituyendo al Verbo como principio, el Amor deviene experiencia central en la constitución de la subjetividad humana.
La misma artista ha insistido en las cualidades inmersivas, innovadoras, transformadoras y espirituales de Lux, que responden a una búsqueda de conocimiento trascendente. ¿Qué es si no la luz?
La identificación de Rosalía con la mística, la fusión y la transmisión mediante la palabra cantada intentan curar una herida: la suya y la nuestra. La de una sociedad cansada de desear, pero todavía esperanzada. Que lucha contra lo mundano y sostiene la esperanza de que existen otros caminos.
Fuente: The Conversation
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