
“Venimos de dos muestras hace poco tiempo, una en la galería y otra en Colección Amalita. Y nos parecía que estaba bueno mostrar esto, que es como la génesis, de dónde venimos, abrirnos también, desnudar esa parte”, dice Daniel Giannone junto a Leo Chiachio, sobre Refugio, su nueva muestra en la galería Ruth Benzacar, que abrió en simultáneo con No sé qué sentir, de Pablo Siquier.
La propuesta del dúo Chiachio & Giannone sorprende porque, justamente, se aleja de aquello que se había visto hace poco, dejando de lado los textiles por un tiempo, y centrándose en la pintura, la naturaleza muerta en este caso, donde cohabitan además otros intereses de la dupla.
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Por su parte, el geométrico Siquier también se corre de su eje, con una exposición en la que, por primera vez, deja que conviva “un gesto emocional”: “Mi obra siempre fue muy mental, muy cerebral, estaban alejadas no solo de mis emociones, sino también del cuerpo, de la sensualidad del material”.
Sin embargo, aquí, sin abadondar del todo el diseño y la arquitectura, sus formas se presentan menos absorventes, desgravitadas, sin esa compulsión por la trama, la línea, el caos de lo laberíntico. Y para lograrlo, Siquier recurre al óleo, a lo matérico, al espesor, para centrarse en formas que, comenta, nacieron de la naturaleza.
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“La vía para recuperar ese encuentro del material con mi plasticidad fueron los arbolitos. Un cuadernito azul y unos colorcitos fueron la llave que encontré para llegar a esto. De hecho, de los arbolitos llegué a los cuadro”, dice.
Hay, sobre una de las paredes del espacio de Villa Crespo, una serie de dibujos de ese cuadernillo, como ejercicios de contemplanción trascendentalista, una secuencia que podría haber sido arrancada del Walden de Thoreau, y que luego se traslada en grandes pinturas geométricas, aunque -argumenta- no se puede explicar qué sucede en el proceso de traspaso de unas a otras. Simplemente, sucede, como en “un acto de fe”.
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Estas obras de Siquier tienen, por otro lado, un espíritu volcánico. Panorámicamente perfectas, definidas, prolijas, revelan al acercarse un estado de embullición óleo, un escape de los márgenes, una tormenta de pinceladas que se avasallan unas sobre otras, un combate entre el elemento y el artista.
Sobre el título de la muestra dice: “Se llama ‘No sé qué sentir’ porque siempre supe que sentir y que no sentir frente a una obra. Era impermeable a lo que pasaba en mi vida. Y ahora, bueno, ahora no sé más”.
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Ese proceso “me permitió reencontrarme con la sensualidad del óleo, especialmente con el óleo que pintaba desde chiquito. Con la textura, los colores y un montón de situaciones que en realidad habían sido excluidos por mi trabajo por siglos”, sostuvo.
En una de las obras, llamada Julian, confiesa a modo de anécdota de esta conexión con lo sensible, aparece la tapa de un disco de The Strokes, Future Present, ya que esa fue la música que lo acompañó durante muchos viajes cotidianos junto a su hija.
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Por su parte, en Refugio, Chiachio & Giannone, presentan también un regreso a las raíces, a los orígenes de lo matérico, como un ejercicio de exploración artística y memoria cultural, donde la naturaleza y la tradición se entrelazan.
Los artistas reconocen la influencia de su entorno y de los pueblos originarios en esta seria que comenzó previo a la pandemia y que, ya en el encierro, cada pintura fueron “pequeños refugios”, explica Chiachio.
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Más allá de las referencias ineludibles al bodegón flamenco, aparece como gesto interior el legado cerámico de la cultura comechingona, con la que tienen diferentes acercamientos personales.
Y Giannone agrega: “Empezamos a hacer esta mezcla de naturalezas barrocas e imágenes de cerámicas comechingonas, que es el pueblo originario de Córdoba. Allí tenemos nuestro taller y, además yo soy cordobés y Leo, descendiente de comechingones. Para eso realizamos un trabajo de investigación y reconstrucción de la iconografía precolombina a partir de fragmentos de cerámicas que se fueron encontrando”.
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La muestra, dice Giannone, es también un retorno a la pintura y a los soportes tradicionales: “Nuestra formación académica es la pintura y nuestra idea es como traducción de la pintura en otros soportes, en otros lenguajes, otras técnicas. Pero en esta nos interesaba pintar con wash”.
En la sala siguiente, además, se pueden observar una serie de dibujos que fueron las bases de algunos de los textiles en gran tamaño que tienen a la pareja y Piolín, el perro salchicha que fue gran protagonista en la muestra de Amalita. Entre ellas, se encuentra el dibujo de la primera pieza que realizaron en conjunto, en las que se los puede ver intrepretando a San Sebastián.
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Refugio fue concebida como una muestra para una “pequeña salita de museo” y busca transmitir la esencia de la pintura y la conexión con la naturaleza, sin perder de vista la experimentación y el diálogo con la tradición.
Es, como No sé qué sentir, un regreso a las bases, a una búsqueda de lo anterior, de aquello que, por diferentes razones, quedó relegado en la carrera de los artistas. Como una emoción reprimida, un recuerdo borroso, un deseo que, más que perimido, estuvo siempre latente esperando por salir.
*Las muestras pueden obsrvarse en Galería Ruth Benzacar, Juan Ramírez de Velasco 1287, CABA. De martes a sábado de 14 a 19. Entrada gratuita.
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