
El desenlace de la Segunda Guerra Mundial estuvo marcado por una serie de rendiciones que no solo pusieron fin a la contienda, sino que también revelaron las motivaciones y temores de los altos mandos alemanes en los últimos días del conflicto. En Victoria ’45: El fin de la guerra en ocho rendiciones, James Holland y Al Murray exploran cómo, ante el avance imparable de los Aliados, varios comandantes del Tercer Reich buscaron desesperadamente capitular ante los estadounidenses, convencidos de que esa decisión podría salvarles la vida.
El libro de Holland y Murray abarca tanto las capitulaciones más emblemáticas como aquellas menos conocidas, pero igualmente significativas. Entre las primeras, destacan la rendición alemana en el cuartel general aliado de Reims, en Francia, el 7 de mayo de 1945, y la japonesa, anunciada el 15 de agosto tras la bomba atómica sobre Nagasaki, aunque formalizada recién el 2 de septiembre a bordo del USS Missouri en el puerto de Tokio. No obstante, los autores dedican especial atención a las rendiciones que tuvieron lugar en Europa, donde la dinámica de la derrota alemana se manifestó con particular intensidad.
Uno de los episodios centrales del análisis es la rendición alemana en Italia el 29 de abril de 1945. Según los autores, “fue la primera capitulación total de las fuerzas alemanas en un frente importante”. La noticia llegó al Führerbunker en Berlín a tiempo para que Adolf Hitler la escuchara antes de suicidarse al día siguiente. En este contexto, Holland y Murray describen la pugna entre Karl Wolff y Ernst Kaltenbrunner, dos altos oficiales nazis, por ser quienes entregaran la rendición a Allen Dulles, representante de los Aliados, en la neutral Suiza. Los autores explican que, aunque Wolff pudo haber sentido cierta compasión al buscar la rendición, “su principal motivación era, sin duda, salvar su propio pellejo. Había calculado correctamente que cuanto antes se rindiera Alemania en Italia, mayores serían las posibilidades de que escapara de la horca aliada como criminal de guerra”.

Este afán por evitar caer en manos de los soviéticos no fue exclusivo de los altos mandos. El relato de Helmut Altner, un joven alemán de 17 años reclutado en 1945, ilustra el sentimiento generalizado entre las tropas. Mientras el Ejército Rojo se aproximaba a Berlín, Altner optó por huir del cuartel en lugar de combatir. Tras varios días de fuga, fue capturado, pero en vez de ser ejecutado, como temían muchos alemanes, recibió un cigarrillo de su captor ruso, quien le dijo: “Se acabó la guerra. ¡Váyanse todos a casa!”. Los autores describen el impacto emocional de ese momento: “Altner se sintió abrumado. La liberación de la tensión, el alivio de que todo hubiera terminado, de que el enemigo fuera humano después de todo, lo consumió y se derrumbó y lloró”.
A través de estos episodios, Victoria ’45 ofrece una visión detallada de las rendiciones que marcaron el final de la guerra en Europa y Asia, mostrando cómo la supervivencia personal y el temor a la represalia soviética influyeron en las decisiones de los protagonistas de los últimos días del Tercer Reich.
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