
La publicación del libro Lost boys de James Bloodworth sobre la “manosfera” revela un inquietante retrato de cómo una subcultura digital, en la que miles de hombres se agrupan para culpar a las mujeres de sus frustraciones y planear supuestas venganzas, ha pasado de los márgenes de internet a influir en el discurso político y social de Estados Unidos.
El periodista británico Bloodworth se embarcó en la investigación de la manosfera a instancias de su editor, aunque su reacción inicial fue de rechazo. La pregunta que le planteó a su editor —“¿Por qué querría hacer eso?”— resume el desconcierto que muchos sienten ante la idea de sumergirse voluntariamente en un entorno virtual donde proliferan discursos misóginos, resentimiento y figuras como Jordan Peterson y Andrew Tate.
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A pesar de sus dudas, Bloodworth aceptó el reto y se adentró en un universo que, aunque tóxico, atrae a un número considerable de hombres, un fenómeno cuya magnitud y motivaciones el propio autor reconoce no comprender del todo.

El libro arranca con una narración personal que sitúa al autor en el epicentro de la cultura de la seducción de los años 2000. Con apenas 23 años, Bloodworth pagó varios miles de libras para participar en un curso de seducción, inspirado por el éxito editorial de The Game (2005) de Neil Strauss. Esta obra se convirtió en un manual para hombres tímidos que buscaban conquistar mujeres, y marcó el inicio de una tendencia que pronto derivaría en la manosfera.
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En una de las escenas más vívidas del libro, el joven Bloodworth, nervioso y expectante, repite el mantra “¡Aquí y ahora!” durante una salida nocturna en el West End de Londres. Su entrenador, en un intento de motivarlo, le dice: “Tu órgano es una lanza”. Esta anécdota, cargada de incomodidad y autocrítica, constituye el momento más íntimo del relato, ya que el resto del libro se distancia de la experiencia personal para centrarse en el análisis del fenómeno.
A lo largo de su investigación, Bloodworth entrevistó a figuras prominentes de la manosfera, como el ex “artista de la seducción” Anthony “Dream” Johnson. Asistió a conferencias donde los asistentes lucían gorras con el lema “Make Women Great Again” y trabajó como coach en un curso dedicado a optimizar perfiles en redes sociales para atraer mujeres.
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El instructor principal, Michael Sartain, se presenta en Instagram rodeado de mujeres en bikini y con una sonrisa triunfante. Sin embargo, el libro no profundiza en cómo Bloodworth consiguió ese empleo ni en sus emociones al desempeñarlo, dejando al lector con interrogantes sobre su experiencia personal y su posible temor a ser descubierto como reportero de tendencia progresista.
El relato se desplaza entonces hacia un análisis más general de la evolución de la manosfera. Según la cronología que traza Bloodworth, la cultura de la seducción de los años 2000 sentó las bases para el surgimiento de la manosfera. Muchos hombres que siguieron los consejos de Strauss y otros gurús no lograron el éxito prometido y, frustrados, canalizaron su enojo en comunidades virtuales.
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Aquellos que sí obtuvieron resultados comenzaron a grabar y compartir videos en los que abordaban a mujeres en público, descubriendo que los clips en los que insultaban a sus “objetivos” generaban más popularidad. Así, la dinámica de la humillación y la misoginia se convirtió en un atractivo central de estos espacios.

El libro describe la aparición de grupos como la brigada Red Pill, convencidos de que el mundo está secretamente controlado por mujeres y que la mayoría de los hombres no tiene posibilidades reales de éxito. Este discurso, que mezcla victimismo y resentimiento, se ha amplificado gracias a la viralidad de las redes sociales.
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Bloodworth señala que un adolescente que comienza viendo los análisis filosóficos de Peterson puede, en menos de una hora, encontrarse expuesto a los mensajes mucho más extremos de Tate, debido a la lógica de los algoritmos de recomendación.
Un aspecto llamativo del libro es la ausencia de un análisis sobre el auge de la pornografía en línea, un fenómeno que ha intensificado la hipersexualización y, según algunos expertos, ha incrementado la sensación de insuficiencia entre los consumidores. Tampoco se explora en profundidad el papel de los algoritmos de las redes sociales, que aceleran la exposición a contenidos cada vez más radicales. Estas omisiones dejan preguntas abiertas sobre los factores que alimentan la expansión de la manosfera y su impacto en la autoestima y las relaciones de los jóvenes.
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En su mejor momento, el libro Lost Boys funciona como una especie de “píldora roja”, desvelando que la manosfera está dirigida por una variedad de personajes oportunistas y poco escrupulosos. Al seguir a Sartain en Instagram para investigar el tipo de cursos en los que participó Bloodworth, el propio reseñista recibió un mensaje directo del instructor en cuestión de minutos: “¿Estás aquí por las chicas y el estilo de vida o por el último video sobre círculos sociales que acabo de hacer?”.
Al responder “chicas y estilo de vida”, el reseñista fue bombardeado con cinco mensajes adicionales que lo dirigían al programa “21 Day Social Circle”, cuyo precio ronda los $7.000. Este dato, resaltado en el libro, ilustra el carácter lucrativo y manipulador de la industria que se ha formado en torno a la manosfera.
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Hacia el final de la obra, Bloodworth advierte sobre la creciente influencia de la manosfera en la política estadounidense. La Casa Blanca, bajo la administración de Donald Trump, ha adoptado el lenguaje y la estética de estos grupos. Trump ha calificado a sus adversarios como “beta”, mientras que su vicepresidente, JD Vance, se ha autodefinido como “red-pilled”. Esta apropiación del argot manosférico por parte de figuras de alto perfil sugiere que lo que comenzó como una subcultura marginal podría estar infiltrándose en la cultura dominante de Estados Unidos.
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