
Frank Auerbach, uno de los pintores más influyentes de la posguerra, falleció en Londres este martes (12 de noviembre). Tenía 93 años. Y deja un legado que marcó profundamente el arte figurativo contemporáneo. Su vida estuvo marcada por una intensa dedicación a la pintura y una voz artística única, destacada tanto en galerías de renombre mundial como en la crítica especializada.
Según Geoffrey Parton, director de Frankie Rossi Art Projects, donde Auerbach exponía su obra, “hemos perdido a un amigo querido y a un artista notable, pero encontramos consuelo al saber que su voz resonará durante generaciones”.
Auerbach nació en Alemania y escapó de la persecución nazi en 1939, cuando apenas tenía siete años, gracias al Kindertransport, una operación de rescate que permitió a miles de niños judíos llegar a Inglaterra antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. En cambio, para sus padres, el destino resultó trágico: al no poder escapar de Alemania, terminaron siendo exterminados en un campo de concentración. Auerbach terminaría descubriendo a los diez años, cuando dejaron de llegar las cartas que ellos le enviaban. Según recordó en una entrevista con el editor Geordie Greig en 2009, nunca hubo un momento exacto en que le dieran la noticia de su muerte: “simplemente se me filtró gradualmente”.

Entre el arte y la intimidad
A lo largo de su carrera, Auerbach desarrolló un estilo de pintura caracterizado por un proceso de creación y destrucción único. Cada día, al finalizar su trabajo, retiraba toda la pintura del lienzo sólo para comenzar de nuevo al día siguiente, repitiendo este ciclo hasta lograr la versión definitiva. En su última exposición en Mayfair, Londres, realizada el año pasado, Auerbach reflexionó sobre su enfoque y la evolución de su motivación artística: “Cuando uno es joven se emociona por el drama; cuando uno es viejo, la verdad es lo que emociona”.
Frank Auerbach mantuvo una vida personal reservada, limitada a un pequeño círculo de amistades y familiares cercanos que también eran sus principales modelos. Allí estaban su esposa Julia, su amiga íntima Estella West -o mejor, su amante, EOW en sus obras- y la modelo Julia Yardley Mills (JYM), a quien conoció en 1957. Además, formó parte del vibrante círculo artístico de posguerra, estableciendo una amistad profunda con Francis Bacon y Lucian Freud (¿les suena? Sí, el nieto de Sigmund), pasando a ser los tres nombres claves de la denominada Escuela de Londres.
Con Bacon compartió frecuentes encuentros en el Soho de los años setenta, donde intercambiaban perspectivas sobre la pintura y el cuerpo humano, temas centrales en sus obras. Freud, por su parte, desarrolló con Auerbach una relación de más de cincuenta años; de hecho, llegó a tener una de las colecciones privadas más importantes de las obras de su amigo.

Desafíos y legado de Auerbach en el arte británico
A pesar de su éxito y prestigio en el mundo del arte, en sus primeros años como pintor Auerbach enfrentó grandes dificultades financieras. Su pasión por la pintura era tan intensa que destinaba casi todos sus ingresos a la compra de materiales, llegando a vivir con apenas lo necesario para subsistir. En una ocasión recordó que no tuvo cuenta bancaria hasta los 50 años y que muchas noches se desvelaba preocupado, preguntándose si tendría suficiente dinero para seguir pintando o si sus óleos y acrílicos se agotarían antes de completar su trabajo.

El legado de Frank Auerbach en el arte británico fue objeto de admiración y análisis por parte de críticos y figuras influyentes en el ámbito artístico. Mark Hudson, crítico principal de arte de The Independent, destacó la singularidad de sus primeros retratos, especialmente los de su amante (EOW), que con una capa de pintura tan espesa que parece que nunca secarán. Estas obras, según Hudson, se cuentan entre las grandes piezas figurativas del siglo XX. Además, sus densas escenas de Londres en reconstrucción después de la guerra capturan de manera poderosa el espíritu de la época. Aunque algunos críticos señalaron que Auerbach no se apartó significativamente de su estilo inicial, Hudson subrayó que su inquebrantable dedicación a su arte lo convierte en un modelo de inspiración para las futuras generaciones de artistas británicos.
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