
La frase es de Borges y es conocida. “Si en lugar de canonizar el Martín Fierro , hubiéramos canonizado el Facundo como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y sería mejor”., escribió el más grande autor argentino. Pero ¿por qué? Porque del Facundo -el libro más político que escribió Domingo Faustino Sarmiento- nunca se puede llegar al peronismo y del Martín Fierro sí, explicó alguna vez Carlos Gamerro, autor de un libro titulado justamente, Facundo o Martín Fierro.

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Quizás esa lectura, que hacía Borges, es la que hacen muchos y por eso Sarmiento es una figura frecuentemente denostada por el progresismo y levantada por los sectores más liberales. Esta caracterización se acentúa ahora, que el gobierno de Javier Milei decidió cambiarle el nombre al Centro Cultural Kirchner y llamarlo “Palacio Libertad. Centro Cultural Domingo Faustino Sarmiento”.
Sarmiento es Sarmiento, entre otras cosas, por su libro Facundo o Civilizacion y barbarie, ese ensayo en el que cuenta la vida de Facundo Quiroga, sobre todo, para describir un país que considera mayormente bárbaro y plantear sus ideas para civilizarlo. Básicamente, educación, población europea, acabar con los caudillos eran algunos aspectos. Liberalismo.

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En 1976, Jorge Luis Borges dio una serie de conferencias sobre literatura argentina en la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. Allí fue con María Kodama: aterrizaron en el aeropuerto de Detroit el 2 de enero, según cuenta Nicolás Helft en el prólogo de Curso de literatura argentina, un libro que acaba de aparecer y que recoge esas clases.
Fueron diez clases en las que Borges les habló de literatura y del país en castellano, a los alumnos estadounidenses. Les contó del Martín Fierro, de Ricardo Güiraldes, de Hilario Ascasubi, de Leopoldo Lugones, de Groussac. Pero una de las clases fue sobre el Facundo y sobre Sarmiento.
Reproducimos aquí algunos párrafos de esa clase que ayudan a entender el presente.
De “Curso de literatura argentina”
Barbarie y grandeza
Vio dos cosas, si es que queremos hacer una suerte de síntesis simbólica de su vida, desde luego muy imperfecta: vio la barbarie del país y vio la posible, futura grandeza del país. Es muy difícil que alguien vea esas dos cosas al mismo tiempo. Quienes ven la grandeza de un país no suelen ver su barbarie, y Sarmiento vio la barbarie que lo rodeaba en la Argentina, pero pensó que esa barbarie podía corregirse y que la República Argentina —él pensó que unida al Uruguay— podía ser un gran país; una potencia de primer orden, escribió. No sé si conviene que un país sea grande o chico. Yo he vivido en países pequeños, por ejemplo, en Suiza, y no creo que la gente sea más desdichada que en países grandes; no creo que el tamaño de un país sea importante. Pero Sarmiento tendía al gigantismo y le gustaba la idea de que la Argentina fuera un gran país (...)
De qué lo acusan
Sarmiento está siendo acusado, en mi patria —desde ya hace bastantes años, lamento decirlo— de dos cosas que vienen a ser fundamentalmente la misma: europeísmo y yanquismo; es decir, de mirar demasiado a Europa y de mirar demasiado a los Estados Unidos. Él sentía un gran amor por los Estados Unidos, recibió un doctorado honoris causa en Ann Arbor, aquí a la vuelta, conoció a Horace Mann, hizo varios viajes a los Estados Unidos y pensó que nuestro país podía salvarse, y creo que tenía razón: el único medio de salvarlo era educándolo.

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Como Sarmiento creía en la democracia, adoptó, o quizás acuñó, la frase “educar al soberano”. Creía que un país tenía que regirse por sí propio, pero al mismo tiempo que ese soberano múltiple, el país, tenía que ser educado. Y al mismo tiempo, creía que la tradición española nos perjudicaba, aunque todos éramos españoles, pero no nos sentíamos españoles, and that makes all the difference, porque una persona es, de algún modo, lo que cree ser.
Y si tomamos la decisión de ser un país independiente, no fue sólo la decisión política, fue también la decisión de crear o de elegir otra tradición, y es natural que la buscáramos en las ideas liberales —pensemos que la Revolución ocurre a principios de siglo— y que se buscara en Francia, el país más cercano lingüísticamente, y en Inglaterra, otro país de tradición liberal, y después en los Estados Unidos.
Maestras, italianos y gorriones
Un escritor menor argentino, de cuyo nombre no quiero acordarme, acusa a Sarmiento de tres culpas: la de haber importado al país las maestras normales, los italianos y los gorriones. Se supone que esas son tres desdichas. Ante todo, esa acusación es insensata —los gorriones son pájaros nocivos y no los importó Sarmiento, sino un cervecero alemán, Bieckert—. En cuanto a las maestras normales, creo que han hecho mucho bien. Y creo que la inmigración italiana también ha mejorado a nuestro país; por ejemplo, hay tantos pintores distinguidos, casi todos ellos son de origen italiano. Además, Buenos Aires fue siempre una ciudad cosmopolita.

Sarmiento importó otras cosas, que ahora son parte del paisaje argentino; los eucaliptos, por ejemplo, que trajo de Australia; me han dicho que se dan mejor en la República Argentina que en Australia. Sarmiento creía que la vegetación, los árboles, el paisaje, influían en el carácter de la gente. Creía que, trayendo árboles de otras partes, haciendo, como me hizo notar Henríquez Ureña, del paisaje de la provincia de Buenos Aires un paisaje europeo, estaba educando al país, y creo que tenía razón.
Remedio para la barbarie
El país era bárbaro y Sarmiento creyó que era imprescindible educarlo y vio la barbarie en la campaña, en los gauchos. Creo que tenía razón y que es injusto decirle a Sarmiento que íbamos a pasar —eso lo sufrimos durante la dictadura de Perón— de una barbarie a otra: de la barbarie del campo a la barbarie de los suburbios y de las ciudades, de la barbarie ganadera a la barbarie industrial. Eso ha ocurrido, pero es absurdo esperar que Sarmiento previera eso.
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