¿Qué serías capaz de hacer para proteger a tu familia de un peligro? ¿Cuáles son los límites de la justicia por mano propia? Estos son algunas de las premisas que plantea la nueva ficción Salvajes, dirigida por Rodrigo Guerrero, que se estrena esta semana. Este filme, que cuenta con el apoyo del INCAA, Polo Audiovisual de la Provincia de Córdoba y Mendoza Audiovisual, ofrece una poderosa reflexión sobre la violencia social y la desigualdad en Argentina.
La película cuenta la historia de Sonia y Arturo, interpretados por Beatriz Spelzini y Luis Gnecco respectivamente, quienes se enfrentan a un violento asalto nocturno en su hogar por parte de tres hombres armados. Tras ser sometidos y encerrados en un baño, Arturo logra escapar y captura al más joven de los delincuentes, interpretado por Alan “Taty” Fernández. Decidiendo mantenerlo prisionero en el subsuelo de la casa, Arturo busca disciplinarlo, lo que desencadena una serie de interacciones que revelan extraños vínculos familiares.
El elenco también cuenta con la participación de Jonatan Toledo, Juan Carlos Romero, Tania Casciani y Edgardo Moreira. La compleja narrativa, basada en un guión que fue parte de la selección oficial del Concurso de Guiones Inéditos del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana 2017, y seleccionado para participar en el Taller Internacional de Guion del X Bolivia Lab en 2018, examina la tensa intersección entre diferentes universos sociales.

Rodrigo Guerrero, nacido en Córdoba en 1982, es licenciado en Cine y TV por la Universidad Nacional de Córdoba y posee una maestría en Creación de Guiones Audiovisuales por la Universidad Internacional de La Rioja en España. Entre sus trabajos previos se encuentran El invierno de los raros (2011), El tercero (2014), Venezia”(2019) y Siete perros (2022). Salvajes, según Guerrero, se inspira en una experiencia personal: “Vivo en Córdoba, Argentina, un país en donde las cifras relativas a la violencia social crecen a diario y asustan”.
En la noche que inspiró la historia, Guerrero y su familia fueron asaltados por cuatro jóvenes armados que, a pesar de la situación violenta, dejaron una marca particular en su memoria. Guerrero relata que uno de los asaltantes mostró una especial consideración hacia su madre, asegurándose de que no tuviera frío y llamándola “doñita” con respeto: “La proximidad de ese joven en ese contexto de violencia y usurpación me permitió, sin justificar sus actos, no llegar a guardarle resentimiento”, afirma el director.
La película explora la paradoja de una sociedad fragmentada y las difusas líneas entre víctimas y victimarios. Guerrero señala: “Creo que la base de todos los problemas está en la evidente desigualdad que existe no solo en Argentina y en Latinoamérica, sino en todos los países del mundo”. Este retrato violento sobre el encuentro de dos mundos sociales antagónicos destaca cómo los sectores más pudientes tienden a autodefinirse como las principales víctimas de la “inseguridad”, ignorando las extremas circunstancias que llevan a la marginalización de ciertos individuos.
“Sonia y Arturo viven en una casa de apariencia segura, pero demasiado grande y silenciosa”, así comienza la historia de Salvajes, donde los eventos desencadenan la exploración de las raíces de la violencia y la desigualdad. Guerrero, al reflexionar sobre la juventud que opta por la delincuencia, dice: “¿Qué decisiones de vida pueden tomar las personas que han nacido casi sin nada y que tienen pocas posibilidades reales de progresar?”

Guerrero destaca que, a pesar de las experiencias traumáticas, siempre buscó entender el contexto de sus agresores, intentando no caer en el resentimiento sino en el análisis profundo y empático de las causas que llevan a la violencia. En diálogo con Infobae Cultura, Guerrero reafirma su compromiso con un cine que no solo entretiene sino que también cuestiona y desafía al espectador a reflexionar sobre su entorno y su sociedad.
—Esta historia se inspiró en una experiencia personal que viviste hace unos años. ¿Cómo surgió la idea de crear algo audiovisual a partir de ello?
—En aquella época vivía con mis padres y una noche cuatro jóvenes armados nos asaltaron. Nos ataron con cables de electrodomésticos y yo tuve que quedarme en la misma habitación que mi madre. Lo extraño fue que uno de los asaltantes, el que estaba encargado de vigilarnos, era sorprendentemente amable con mi madre, le preguntaba si necesitaba algo y la tranquilizaba, a pesar del contexto hostil. Esa amabilidad en una situación tan temerosa me impactó y, aunque la película final no reproduce exactamente esa experiencia, sí sirvió de inspiración para desarrollar la historia.
—¿Cómo retrataste las realidades de las personas de clase alta y las de clases más humildes que viven en el mismo barrio en tu película?
—En grandes ciudades es común ver la coexistencia de estos dos mundos. La película explora estas realidades contrapuestas, enfocándose principalmente en la pareja de clase acomodada, que es el grupo con el que me sentía más cómodo para hablar. A través de esta historia, se cruzan las barreras entre estos dos sectores y se aborda cómo la violencia afecta a ambos. Aunque el robo es injusto, la violencia que sufren los sectores más desfavorecidos es parte de su vida cotidiana. Es importante reflexionar sobre las circunstancias que llevan a alguien a la delincuencia o al narcotráfico y las pocas alternativas que tienen. Al mostrar la violencia que enfrentan desde una edad temprana, la película también pone en evidencia cómo, consciente o inconscientemente, los sectores más acomodados también son parte de este ciclo de violencia, creando un entramado social donde todos somos, de alguna manera, víctimas y victimarios.

—¿Por qué decidiste que las víctimas terminen convirtiéndose en victimarios?
—Quería explorar cómo el sector de clase acomodada puede transformarse monstruosamente. Este cambio simboliza la idea de no reconocer al otro como una amenaza, pero cuando el otro se convierte en uno de nosotros, se integra en nuestro entorno y en nuestra percepción. Este enfoque tiene un trasfondo psicológico y de terror, ya que lo que hacen los personajes es realmente extremo y revelador. La transformación subraya cómo, al enfrentar el peligro, las víctimas pueden adoptar características de los victimarios, reflejando un ciclo de violencia y cambio en su percepción del otro.
—Has cambiado de registro con respecto a tus anteriores películas, Siete perros y Salvajes. ¿Qué te llevó a hacer esta transición?
—Siete perros y Salvajes se hicieron casi al mismo tiempo, con una ganando un concurso del INCAA en 2007 y la otra en 2008, por lo que están muy cercanas en el tiempo. Sin embargo, esta nueva película tomó unos seis años en completarse, mucho más que las anteriores. El desafío de trabajar con elementos de género y violencia fue enorme para mí, ya que mis películas previas eran más situacionales e intimistas, centradas en la soledad de los personajes. Esta vez, exploré efectos y técnicas diferentes, buscando avanzar y experimentar con algo nuevo.

—La película se estrenó antes en Chile? ¿Cómo fue esa experiencia, especialmente considerando las marcadas diferencias sociales en el país? ¿Cómo fue recibida la película allí?
—Se estrenó primero en Chile y al principio me costó asimilarlo, ya que hubiera preferido estrenarla primero en Argentina. Sin embargo, por cuestiones de tiempos y necesidades de producción, así se dio. En Chile, la película resonó bastante debido a las marcadas diferencias sociales y el reciente aumento de casos de secuestros y justicia por mano propia, que ha sido una novedad en el país. Aunque en Argentina estos fenómenos ya eran más comunes, en Chile la película abordó temas que resultaron muy pertinentes y actuales, y la recepción fue positiva.
—¿Cómo ves la actualidad del cine en Argentina, especialmente en Córdoba? ¿Siguen existiendo apoyos a las producciones locales como antes?
—La situación del cine argentino es bastante preocupante. Córdoba, que se convirtió en un importante polo de producción tras años de apoyo gubernamental a la industria audiovisual, está viendo una drástica disminución en la actividad. Desde hace un tiempo, las decisiones políticas y cambios en el INCAA han afectado negativamente al sector, y este año se está produciendo prácticamente nada en Córdoba. La mayoría de las actividades actuales se centran en la postproducción de proyectos anteriores, sin perspectivas claras de nuevos rodajes en el corto plazo.
En Córdoba, la situación es crítica; las pequeñas productoras provinciales enfrentan grandes dificultades debido a los cambios en el Plan de Fomento. Las nuevas exigencias económicas, que requieren justificar el 100% del presupuesto, han dejado a muchas productoras sin recursos para sostenerse. En mi caso, dos proyectos que tenía planeados para este año se cayeron porque no obtuvimos la prórroga del INCAA. A pesar de estos desafíos, estamos tratando de disfrutar el estreno de nuestra película y de celebrar el hecho de contar historias en medio de esta incertidumbre. La recepción del público y el impacto que la película pueda tener en la gente es lo que más valoramos en este momento, aunque la situación del cine es desalentadora y plantea muchas incógnitas sobre el futuro de la industria.
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