
“El 7 de agosto de 2015, a las diez de la mañana y en ayunas, entregué los estudios prequirúrgicos. Era el peor día de mi vida, pero esto lo sabría después”, dice Gabriela Trenchi, una de las víctimas del cirujano Aníbal Lotocki. Habla sobre el infierno que supo encontrar ―y que aún vive― tras una operación de glúteos. Nada sería igual.
“Todo era alegría”, recuerda Trenchi en su libro Cuerpos envenenados. La víctima que logró vencer al cirujano Aníbal Lotocki. Viajes, trabajo, un curso de diseño de indumentaria en el horizonte y una vida feliz se transformaron en una pesadilla impensada. Las puertas del infierno estaban abiertas y Gabriela empezó a sentir el horror.
Con un testimonio tan crudo como desgarrador, el libro repasa el duro calvario que atravesó (y atraviesa) tras la aplicación no consentida de metacrilato y otras sustancias. ¿Cómo lo hace? Cuerpos envenenados tiene un estilo sin rodeos y con un minucioso relato de cada situación que vivió.

Cómo quedó en silla de ruedas, la larga lista de enfermedades y dolencias que se desencadenaron (la enfermedad de Guillain-Barré, granulomas, insuficiencia renal, calambres y dolores, depresión, ataques de pánico, distintas terapias, a razón de 14 pastillas por día), el intento de suicidio, la trama judicial, las voces de otras víctimas y profesionales y la atención mediática son parte del relato en primera persona de Cuerpos envenenados.
“Salí del quirófano inconsciente y me desperté detonada por el dolor y con la sorpresa de estar vendada desde la cintura hasta los pies. Las vendas lucían completamente ensangrentadas. Toda la cama estaba húmeda y teñida de rojo. Me encontré fajada por completo, muy dolorida, no entendía nada”, rememora Gabriela en el libro. Pero pronto, Trenchi diría que Lotocki es, más bien, “como un diablo sin cola ni tridente”.
En cada página, Trenchi, a través de frases conmovedoras, agregas capas al relato que lejos de ser una ficción es una cruda realidad. Así, asume: “Fuimos sus conejillos de Indias. Era el doctor Frankenstein y quería esculpir nuestros cuerpos a su propio antojo, acudiendo a compuestos tan mágicos como ilegales”.

Hoy, Trenchi da batalla en el ámbito judicial y lucha por los cambios en el sistema de salud, lo que llevó a Lotocki a la cárcel de Ezeiza, donde actualmente cumple una condena de ocho años. La empresaria textil también participa como miembro activo junto a la directora Gabriela Covelli en la ONG “Por la vida y la salud, por vos, por mí y por todos” que nuclea a familiares y víctimas de mala praxis médica de todo el país.
Pero todo empezó una noche.
La cena maldita
Corría el año 2015 y Gabriela era una mujer exitosa. Empresaria textil, se había convertido en consultora de varios famosos argentinos y sus dos showrooms le daban prestigio. También tenía una tríada que define como “perfecta”: dinero, amor y salud. El futuro era una promesa llena de proyectos claros, hasta que una noche coincidió en una cena con Lotocki.
A Gabriela le presentaron a una actriz, que había acudido con su pareja. “La actriz de cuerpo rotundo era la carta de presentación del cirujano en los círculos del show business”, reflexiona ahora Trenchi en el libro. Ella lucía un cuerpo escultural y él era el responsable de esos resultados. Ambos eran la encarnación del éxito a través de la belleza, combinado con altas dosis de exposición mediática.
Las muestras estaban a la vista. Nada podía salir mal. Rieron, conversaron y, como un encantador de serpientes, logró que Gabriela le contara que quería levantar un poco la cola.
“Necesitaba mimarme y levantar el ánimo porque venía de una separación en la que había sufrido mucho. Pero en lugar de hallar algo placentero, una mejora física, me encontré con otro infierno”, confiesa Trenchi en el libro. Ella quería un retoque mínimo..
Pero ahí, en la cena, frente a su escultural novia, Lotocki convenció a Gabriela de utilizar hilos tensores. Su explicación también incluía “promos y descuentos”, que detallaría luego en una consulta privada. Lo que no incluía la explicación era que Lotocki iba a hacer, una vez sedada la paciente, lo que quisiera. “Un cirujano reinventa la vida, pero este tipo hizo todo lo contrario: nos inoculó el sufrimiento crónico a personas que estábamos sanas”, sentencia.
¿Qué hacía en el quirófano Lotocki? Según Trenchi describe en Cuerpos envenenados, “En cada acto quirúrgico, él se obsesionaba con la apariencia exterior que quería dar a cada cuerpo y pretendía desentenderse, ignorar o silenciar, que nos estaba envenenando con sus productos, con su macabra magia escultórica”.
¿Qué hizo? Según lo que consta en la causa judicial, Lotocki colocó un producto de relleno que contenía microesferas de polimetil metacrilato (PMMA). “Eso me provocó una normoanatomía del tejido celular y de los glúteos mayores. Tuve que soportar granulomas e inflamaciones muy dolorosas”.
Una hora en el quirófano bastó para que Gabriela ya no fuera más Gabriela.
Testimonios desgarradores

”Pasaron diez años desde entonces y cada día me siento peor,” confiesa Trenchi, que vivió casi una década de dolor y complicaciones médicas tras las intervenciones de Lotocki. Lo que vino después de esa cena incluye hospitalizaciones repetidas y constantes visitas a médicos para tratar los efectos de los materiales inyectados en su cuerpo.
La tríada “perfecta” se había ido en un abrir y cerrar de ojos. O, más bien, se había esfumado en un entrar y salir del quirófano sin habilitación de Lotocki. “A pesar de que siempre tuve una alta tolerancia al dolor, lo que me ocurría se había vuelto insoportable, inhumano, una tortura que superaba cualquier umbral”, escribe Trenchi.
Gabriela estaba en el infierno más oscuro, tanto que coqueteó en numerosas oportunidades con el suicidio. “Muchas veces había intentado suicidarme antes. En las clínicas, querían atarme porque me arrancaba las sondas de la comida y quería extirparme la traqueotomía. No aguantaba más el sufrimiento”, detalla en el libro.

En el libro la autora señala que ”los médicos que me auxiliaron aseguraron que me habían puesto algo extraño”. Este descubrimiento fue el inicio de su lucha.
“Gracias a punciones y estudios practicados en años posteriores, descubrimos que Lotocki sin mi consentimiento me había colocado ciertos productos en las piernas. Lotocki me había envenenado a mí y otros pacientes. Estaba experimentando en nosotras con un compuesto que había llegad al país hacía varios años desde Paraguay”, cuenta en Cuerpos envenenados.
En el libro da cuenta de otras víctimas del cirujano, como los fallecidos Silvina Luna y Mariano Caprarola, y relata de manera exhaustiva cómo es la trama judicial, los obstáculos y cuáles son las trabas que aún encuentra en el camino, incluso con Lotocki en prisión.
”El paciente, a la larga o a la corta, lamentablemente termina con su vida, no hay opción... No lo salvas al paciente, en 5, 10, 15 años el paciente termina con su vida, es un veneno”, escribe Trenchi y desgarra.
Para que otros tengan opciones, Gabriela hoy se pone de pie. Y lucha.
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