
Hace 130 años surgía la primera competición que colocaba a las máquinas por sobre el cuerpo humano: el automovilismo.
El concepto del automóvil nació mucho antes de que la revolución industrial los hiciera posible. Alrededor de 1478, Leonardo da Vinci realizó el primer prototipo con motor de resorte, que se hizo conocido a través del Codex Atlanticus y que fue llevado a la práctica de manera funcional recién en 2004 y que tiene varias versiones en diferentes museos del mundo.
Hay registros históricos a través del arte rupestre, en una cueva de Irán por ejemplo, que el hombre comenzó a domar al caballo 8000 a.c., por lo que esta determinación por controlar aquello que parece indomable, es parte de su conducta desde tiempos inmemoriales.

Después de domesticado, el caballo se utilizó en batallas y de manera recreativa, posteriormente en competencias deportivos hasta que, a finales del del siglo XIX, comenzó una nueva era. En 1886, Carl Benz patentó su “vehículo motorizado con motor de gasolina” de tres ruedas, y ese mismo año Gottlieb Daimler creó el primer modelo de cuatro ruedas. El mundo había cambiado para siempre.
Así, llegamos al 22 de julio de 1894, cuando se realizó en Francia un evento que ponía a competir a los “carruajes sin caballos”, que si bien tuvo 102 inscriptos, sólo 26 compitieron y 21 formaron parte del último tramo de esa extraña carrera que unió a París con Ruan.
La competición fue idea de Pierre Giffard, periodista de Le Petit Journal, un diario parisino publicado de 1863 a 1944. Precursor del periodismo moderno y pionero de la prensa deportiva, Giffard, que fue también dramaturgo, director y guionista, había organizado ya mediante el periódico la carrera ciclista “París-Brest-París” en 1891 y, al año siguiente, la carrera a pie París-Belfort.

Además, en 1892 co-creó el primer periódico enteramente deportivo, Lo Vélo, junto al marqués Jules-Albert de Dion, político francés y pionero de la industria del automóvil en su país -cofundador de De Dion-Bouton, que fue en su momento el mayor fabricante de automóviles del mundo. En 1896, Giffard estuvo al frente de la primera edición de la Maratón de París.
Tras una pelea con de Dion por sus diferentes posturas por el famoso caso Dreyfus, Giffard abandonó la publicación para crear la competencia L’Auto-vélo, que terminó siendo más exitoso y, desde donde en 1903 se creó el mítico Tour de Francia.

Volvamos a la competición. Tras una exposición que reunió a más de 4.000 personas, el evento comenzó el 18 de julio en Neuilly-sur-Seine, con los 26 vehículos que durante los tres días siguientes realizaron una prueba eliminatoria a través de cinco recorridos de 50 km. La velocidad máxima alcanzada entonces fue 12,5 km/h.
En la jornada final, la salida fue desde Porte Maillot por orden de inscripción y con una distancia de 30 segundos entre cada auto. Tras un recorrido pre pautado y paradas obligatorias, cuatro vehículos quedaron en el camino antes de la meta en Champ-de-Mars.

Lo competencia internacional en sí no tenía el espíritu de las actuales, no se trataba de una “carrera loca a toda velocidad” ni buscaba premiar al mejor conductor -que viajaba junto a un miembro del jurado- o al auto más rápido, sino que era más bien en evento promocional de esta tecnología en desarrollo que deslumbraba por su “seguridad, comodidad y relativa economía”.
Se permitió la utilización de todo tipo de propulsores -vapor, electricidad, gas o petróleo- y estuvo reservado exclusivamente a inventores y fabricantes, sean de un diseño original de una empresa o que hayan sufrido las suficientes modificaciones como para ser considerados de esa manera.

Tras una reunión de los jurados de Le Petit Journal se decide que el primer premio, de 5 mil francos, lo compartirían los autos Panhard et Levassor y Les fils de Peugeot Frères, mientras que en el segundo y tercer lugar quedaron Bouton et Cie De Dion y Maurice Le Blant.
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