
Lo que no queremos saber, pero intuimos. Lo irremediable. Lo que se esconde. Lo que desborda. Lo que sorprende. Son ocho los cuentos de Marcelo Arias en La inercia de los cuerpos, y ocho son los temas que aborda en cada uno de ellos.
Editado por Enero Editorial, sus ciento veintidós páginas juegan con el tedio, con las creencias populares, con las heridas abiertas de la historia, con los domingos en familia, con lo vivo y con lo que ya fue. Son una mezcla entre lo colectivo y lo íntimo. Y en cada relato el apocalipsis, la chispa que enciende la verdad dormida entre las tripas de los personajes.
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Todo sucede en espacios mínimos: en un monoambiente, en la cabina de un velero, en el ladrido de un perro, en un comercio del barrio o en el filo de un cuchillo. Y esa verdad que esperaba su minuto de fama, brota por obra y gracia de la pluma del autor. Él es el que manda. Y logra llevarnos del terror a la ternura en un solo punto y aparte.Son historias crepitantes, que abren espacios que antes permanecían cerrados. Cuentos breves y no tanto que con una notable diversidad temática y temporal provocan una lectura placentera.

Vida de perro es el primero. “Hay que callar al perro de la terraza. Mejor si se encargan sus dueños”, fue la advertencia que el protagoniza de la historia deslizó debajo de la puerta de los dueños del animal en cuestión. “Cada noche el ladrido ronco, disfónico, se prolongaba hasta el amanecer. Era un ladrar displicente, que no parecía expresar ninguna necesidad y en el que intuyó el propósito explícito de arruinarle la vida, de condenarlo, casi todos los días al espanto irremontable de ir a trabajar sin dormir.”
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La nota no funcionó y el perro siguió haciendo lo suyo hasta que un día en que “el cielo estaba nublado, la noche fresca y el barrio dormía”, el insomne tomó una decisión.
Le sigue La finitud, 1877 o de qué manera se resolvían algunas cuestiones en el siglo pasado.” Soy un hombre al que desvela una pena extraordinaria. (…) presiento que mi espera se dispone a concluir”, relata el personaje en primera persona que no es Borges, aunque parezca. “El facón ofrece alguna resistencia cuando tiro para recuperarlo, como si al penetrarla, se hubiera aquerenciado con la tripa de su víctima”. Y bue, el que mal anda mal acaba decía mi abuela y Marcelo Arias también nos habla de eso y de muchas otras cosas más. Nos interpela. Nos da miedo de nosotros mismos cuando la venganza activa lo inesperado y el destino es inevitable, sin excepción.
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La inercia de los cuerpos es el tercer cuento de la antología y lleva el mismo título de la obra. Cuenta un hecho puntual que sucede durante una travesía en velero. Pasan cosas y eso que pasa se parece mucho a una analogíade la aventura de vivir. El narrador desconoce por completo lo que puede suceder (¿igual que en la vida?). Y entonces: ¿qué pasa cuando es la incertidumbre la que timonea? Su amigo Gabriel, el dueño del velero, tiene experiencia a bordo, y el resto de la tripulación, también.
Sin embargo,él no puede evitar el terror que poco a poco (como escribió Cortázar): “Ni el cielo horrible, ni las olas, ni las sacudidas violentas del velero me hicieron sospechar que estábamos en problemas, hasta que miré la cara de mi amigo. Recién entonces dimensioné la gravedad. (…) Cuando me incorporé, apoyado sobre los brazos, tenía las manos y las rodillas mojadas, porque en el piso del barco había bastante agua”. Y en navegación en río abierto, el protagonista aprende (y nosotros también) -que en una tempestad “dos capitanes, hunden un barco”, algo que lo deja pensando y que en definitiva no es más que otra de las lecciones que deja este cuento hermoso de Arias. “Durante varios minutos no haré otra cosa que pensar en esa frase: en el vínculo conflictivo que entablan la urgencia y la deliberación. (…) Cuando pasó lo que nos pasó, uno de nosotros se autoproclamó capitán, sin consultarlo con nadie. Me sacude un poco las convicciones reconocer que fue un gesto autoritario al que no le encuentro argumentos para oponerme y que celebro calurosamente que se haya producido”.
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En La entrega, el cuarto de los relatos, el autor nos traslada a 1816 y a la “canallesca defección consumada por uno de los 29 diputados que, en la víspera, suscribimos el acta de Independencia declarada por el Congreso Constituyente de las Provincias Unidas de la América del Sud”. Cualquier parecido con la realidad es idea tuya. En fin. Dejalo ahí.
El siguiente es El espacio que ella ocupa, que indaga con hidalguía en la finitud de la vida. Es la síntesis de la tragedia humana, encarnada en una viejita, “sola, frágil, menuda, no mucho menos de noventa años de edad, no mucho más de un metro y medio de estatura, sonriente y muy cordial, la voz más finita que escuche en mi vida” y encierra una moraleja: aunque insistamos en aspirar a la eternidad, estamos destinados a morir. Y esa es y será la única certeza que tengamos en nuestra corta, mediana o larga existencia. ¡Por eso ojo! con lo que hacemos mientras dure.
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Como sea y para ir cerrando -y prometo que no spoileo más detalles del precioso florilegio editado por Enero Editorial-, quiero decir que la historia que más me gustó, la que te dice que hay esperanza, que hay luz en la oscuridad y todo eso, es Descuidos, el anteúltimo relato del libro de Marcelo Arias. “Abra la caja y deme ocho mil pesos- me dijo y me mostró la pistola escondida debajo de la campera”. El que narra es el dueño de una heladería de barrio. Y ustedes se preguntarán y ¿qué hay de esperanza o luz en un robo a mano armada? Bueno, hay eso y mucho más. Leelo, y después me contás.
Quién es Marcelo Arias
♦ Marcelo Arias es escritor y profesor universitario, Licenciado en Letras (UBA) y Magister en Ciencias Sociales y Humanidades (UNQ).
♦ Es autor de: “La barrera del sonido” (Modesto Rimba, 2016) y “Un mundo estrecho: novela de viaje” (Modesto Rimba, 2018).
♦ Como investigador y analista del discurso, es autor del ensayo “La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante” (Biblos, 2014).
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