
En la galería Roldan Moderno, ubicada en el Palacio Estrugamou de Retiro, se inaugura este miércoles De la tinta al barro. 1964 - 2024, una exhibición que propone un recorrido poco convencional por sesenta años de arte argentino. Con una visión personal trazada a partir del armado de una colección delimitada por la sensibilidad y el compromiso estético, se presentarán obras de Ernesto Ballesteros, Diego Bianchi, Feliciano Centurión, Gabriel Chaile, Flavia Da Rin, Jorge De La Vega, Tomás Espina, León Ferrari, Claudia Fontes, Ana Gallardo, Santiago García Sáenz, Mónica Giron, Victor Grippo, Vicente Grondona, Daniel Joglar, Fernanda Laguna, Luciana Lamothe, Marcos Lopez, Eduardo Navarro, Amalia Pica, Marcelo Pombo, Dalila Puzzovio, Mariela Scafati, Cristina Schiavi, Pablo Siquier, Mariana Telleria, Juan Tessi y Román Vitali.
Los 60 en el Di Tella son el puntapié de este camino que inicia con Sin título de De La Vega y El arca de Noé - El árbol embarazador de León Ferrari, ambas de 1964. Perteneciente a la serie Manuscritos, esta obra exhibida en los museos más destacados del mundo fue realizada con una caligrafía cursiva, gestual y continua como si se tratara de una escritura dibujada en la que el aspecto material que el trazo otorga a cada letra sugiriera una sonoridad concreta. De esta forma, la tinta reconfigura el dispositivo visual e invoca la dimensión discursiva coqueteando con el arte conceptual.
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No es casual que esté acompañada por Vida, muerte y resurrección (1980) en la que Víctor Grippo demuestra cómo las fuerzas de la naturaleza quiebran la estabilidad del objeto a través de su ciclo de transformación ininterrumpido. Esta obra se ha convertido en una de las más emblemáticas del arte conceptual y es por eso que actualmente integra parte de la Colección permanente del MoMA. De esta forma, haciendo uso de los conocimientos en química adquiridos en su juventud, Grippo metaforiza el cambio como esencia y síntesis de la vida, pero también de la práctica artística.

La tradición conceptual se manifiesta en Rara, como encendida (1995) de Claudia Fontes, pese a que los 90 estuvieron regidos por nuevos preceptos estéticos e ideológicos. En su texto “Avatares del arte” (1989), Jorge Gumier Maier anunció un novedoso espíritu artístico que se definió en oposición a las tendencias dominantes y al rescate de zonas de la escena artística porteña que habían quedado al margen de las instituciones. Bajo su dirección, el Centro Cultural Rojas se convirtió en el epicentro de una estética basada en la vida cotidiana, la cultura del consumo, el diseño y la decoración. En Bosque de Tandil (1998) de Marcelo Pombo priman los materiales textiles y la bijouterie como elementos característicos de esta década en la que prevalece lo sensible y lo artesanal como forma identitaria. El uso de elementos asociados al universo de lo doméstico y lo femenino permitió apelar a la belleza en un contexto de fragilidad determinado por la crisis del SIDA y en el que, al mismo tiempo, comenzó a encontrar su lugar de expresión la cultura queer representada en Flavio (1992) de Marcos López.
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La década del 2000 estuvo signada por el sistema de clínicas como modalidad de formación —representado en la Beca Kuitca y el Taller de Barracas—, la multiplicación de premios y salones ligados a la aparición de fundaciones, nuevas formas de coleccionismo y la creación de espacios de exhibición. La convivencia en esta colección de Ampárame y guíame (1998-2006) de Mónica Giron con 817,2 km de líneas aplicadas a un paisaje (2005-2006) de Ernesto Ballesteros, Autorretrato (2005) de Cristina Schiavi, 0305 (2003) de Pablo Siquier y Pipa VI (2007) de Fernanda Laguna es el reflejo de esta reconfiguración del campo del arte. Al mismo tiempo, las búsquedas a través de la experimentación de la materialidad se potenciaron a partir de la recopilación y yuxtaposición de las tradiciones previas con nuevas exploraciones, como puede verse en Sin título – formas candados (2008) de Luciana Lamothe y Sin título (2010) de Mariana Telleria. Simultáneamente, la internacionalización del arte argentino y su valoración a nivel mundial volvió a reflejarse en las instancias de exhibición y premiación, como en el caso de las artistas mencionadas y su participación en el Envío Argentino a la Bienal de Venecia.

Este enriquecimiento e intercambio entre artistas se manifiesta con fervor en la actualidad, al mismo tiempo que los discursos estéticos canalizan las problemáticas sociales contemporáneas sin dejar de lado la historia del arte como sucede en Haití (2016) de Tomás Espina y Pablo García, en la que 25 cabezas de terracota con reminiscencia precolombina remiten a las exposiciones de los museos etnográficos. Las problemáticas en relación a los cuerpos y las violencias ejercidas sobre ellos se reflejan en Tierra (2017) de Mariela Scafati. Mientras que en Irene (2016), Gabriel Chaile evoca su historia personal para combinarla con la antropología de lo sagrado y los rituales de las comunidades precolombinas de Sudamérica, en un encuentro crítico y poético que le ha otorgado el reconocimiento de las instituciones internacionales más destacadas del mundo del arte.
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De esta forma, a partir de esta colección puede trazarse un mapa. Un recorrido heterogéneo sin encasillamientos, pero con direcciones delimitadas por la asesoría de Marcelo Pacheco que ha reunido con su visión perfeccionista a los artistas de cada generación. Pero ante todo, las obras que enaltecen seis décadas de arte argentino, porque coleccionar también es confiar; leer cada momento histórico y ser parte de la historia.
*De la tinta al barro. 1964 - 2024, en Roldan Moderno (Juncal 743, CABA). Lunes a viernes de 10.00 a 19.00 hs. Hasta el 21 de junio de 2024.
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