
Sin lugar a dudas, hace ya algunos años, la escritora Mariana Enríquez es la gran rockstar de la literatura argentina. Desde antes de publicar Nuestra parte de noche, su novela más popular, ha cosechado fanáticos de todas las edades, que no solamente compran todos sus libros, sino que también la siguen en cada una de sus presentaciones.
Esa pasión por la autora se trasladó este fin de semana a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires donde realizó por horas una firma de ejemplares el sábado y una conversación con el escritor Juan Mattio en la Sala José Hernández. El tema principal fue su último libro de cuentos, Un lugar soleado para gente sombría, una compilación de relatos que se sumergen en el género del horror y exploran desde fantasmas en Buenos Aires hasta leyendas urbanas en Los Ángeles. La colección propone una serie de narrativas perturbadoras, cada una con su propio escenario y peculiaridades, prometiendo mantener al lector en vilo a través de distintas geografías y temáticas.
La escritora explicó que “todos sus libros de cuentos tienen 12 cuentos porque son los que eran apropiados para cada libro”, una decisión que no obedece a un plan preconcebido, sino al desarrollo orgánico de la obra. Aun así, Enríquez percibe sus tres libros de cuentos como una trilogía y resalta cómo el número de relatos fue una coincidencia más que una elección deliberada. Además, reveló que “Mis muertos tristes” y “Julie”, dos cuentos centrados en fantasmas, fueron los precursores de esta última colección, destacando cómo algunos relatos “adelantados” marcan el tono y dirección del libro. “Los escribí un poco antes, pero el grueso salió todo junto en el verano del 2023, que hacía un calor horrible”, mencionó Enríquez, subrayando cómo los relatos iniciales pueden influir significativamente en el proceso creativo.

A su vez, relató cómo la construcción de un libro va más allá de la simple agrupación de historias. “Creo que eso le termina acomodando una cosa conceptual y un poco inevitable”, dijo, aludiendo a cómo los cuentos seleccionados se comunican entre sí, a pesar de las diferencias temporales en su escritura. Este diálogo interno entre las piezas refuerza la unidad conceptual de la obra, algo que Enríquez y su editora cuidadosamente afinan.
“El fantasma se parece a un trauma”, remarcó Enríquez y profundizó en la idea de que los fantasmas, más allá de su representación espectral, simbolizan las heridas no cerradas de la sociedad. Sean un trauma infantil o los muertos sin nombre de conflictos y dictaduras, estos espíritus vuelven una y otra vez, recordándonos penas pasadas y actuales, algunas sepultadas en tumbas anónimas o fosas comunes, tanto en América Latina como en Europa. La escritora amplió esta noción mencionando cómo los fantasmas se entrelazan con la culpa y el duelo, explorando las sombras de crímenes y violencias que, aunque se intenten olvidar, permanecen latentes en la conciencia colectiva.
Enríquez, conocida por su habilidad para entrelazar lo sobrenatural con las cicatrices políticas y sociales de Latinoamérica, especialmente en lo que respecta a las dictaduras, compartió su visión sobre cómo los “fantasmas sociales” y los “fantasmas personales” se manifiestan en nuestras vidas y en su propia obra literaria.
La autora explicó la complejidad de estos entes intangibles, destacando la omnipresencia de los “fantasmas sociales” en la vida cotidiana. Según Enríquez, estos se materializan en elementos como las baldosas por la memoria en Buenos Aires, que evocan historias del pasado dictatorial del continente. Estos espíritus no solo son vestigios de un pasado político tumultuoso, sino que también se entrelazan con las experiencias personales, creando una “cosmovisión” única donde lo personal y lo colectivo convergen. “Ese cuento es un cuento político, pero también es personal,” afirmó, refiriéndose a una de sus obras que trata sobre jóvenes confrontando el legado de los desaparecidos durante la dictadura.

Además, la escritora ahondó en el concepto de “fantasmas personales”, esos recuerdos o emociones que se evocan a través de la música o experiencias compartidas, dando vida a historias que son profundamente íntimas. Este entrelazamiento de los espectros personales con aquellos de índole social y política se refleja en su libro Cuando hablábamos con los muertos, inspirado en verdaderas amistades y experiencias de hijas de desaparecidos que, mediante sesiones de ouija, buscaban comunicarse con sus seres queridos perdidos. “Esos fantasmas son los fantasmas de mi generación,” señaló, subrayando la conexión generacional y emocional que estos relatos cobran en el contexto latinoamericano.
Mariana Enríquez logra, a través de su discurso, no solo un análisis de su proceso creativo sino también una reflexión sobre cómo las historias de terror pueden servir como medio para procesar y confrontar los traumas históricos y personales. Esto se evidencia especialmente cuando menciona cómo el acto de caminar por la calle y toparse con una señalización como pueden ser las baldosas que recuerda a los desaparecidos puede convertirse en un encuentro con “otro tipo de fantasma muy grande”, pero a la vez íntimamente familiar.

Como era de esperarse, la actualidad argentina se metió en esta conversación donde Mariana Enríquez señaló: “Negacionistas de los grandes crímenes de la historia hay por todas partes. No hay ningún motivo por el que pensar que no nos iba a suceder a nosotros”. Respecto a los votantes de Javier Milei, Enríquez afirma: “No creo que la enorme mayoría de la gente que lo votó sea mala persona, o quiera un futuro peor, es un problema de los dos lados pero me preocupa que haya un abismo tan importante entre los que pensamos distinto”.
Enríquez reflexiona sobre la dificultad de romper con los discursos establecidos y la falta de diálogo que ello conlleva. Con respecto a la dictadura, argumentó que “se fosilizó tanto un discurso, que se dejó de hablar de muchísimas cosas. Hubo como un discurso muy fuerte de mantener viva la memoria, cuando en realidad se estaba manteniendo viva artificialmente la memoria, o sea, como una cosa dada”. Finalmente, la autora expresa su preocupación por la falta de diálogo y la polarización en el discurso público, especialmente en las redes sociales: “En este momento el discurso público es muy complicado porque vos decís algo, sobre todo en redes, donde está toda la artillería y tenés que tener mucha espalda para bancarte lo que te digan”.
[Fotos: Prensa Feria del Libro]
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