No hay osos, la última obra maestra del cineasta disidente iraní Jafar Panahi, comienza en una animada calle comercial de Turquía, donde los gritos de los vendedores se entremezclan con la música callejera mientras los jóvenes van y vienen de un café cercano. Allí, una bella mujer llamada Zara (Mina Kavani) espera a su pareja, Bakhtiar (Bakhtiar Panjei), con quien espera emigrar a Francia. Cuando aparece, se produce una discusión, y la cámara, que no ha cortado desde que comenzó la película, captura discretamente cada matiz de su alianza y conflicto.
Entonces, sucede algo extraordinario: la cámara retrocede para informarnos que no todo es lo que parece. Éste es sólo el primero de una miríada de momentos reveladores que Panahi orquesta con su habilidad característica en una historia que se duplica y se divide, convirtiéndose en un momento en algo parecido a un cuento popular persa, en otro en un comentario sobre la realización cinematográfica a la par de La noche americana.
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Panahi interpreta una versión de sí mismo como un director obligado a permanecer en Irán por las autoridades y, por lo tanto, colocado en la extraña posición de trabajar con su elenco y equipo de forma remota, a través de una Internet entrecortada. Mientras tanto, ha decidido mudarse de Teherán a una aldea remota cerca de la frontera turca, donde su celebridad y notoriedad política lo convierten en una figura que genera tanto fascinación como una discreta condescendencia.

Panahi interpreta la división urbano-rural para el absurdo kafkiano, mientras se ve envuelto en un malentendido extravagante que tiene que ver con una fotografía que puede haber tomado o no. La cuestión es que Panahi nunca deja de filmar, incluso si tiene que contratar a un vecino para grabar una ceremonia de compromiso en un río cercano. “Mantén siempre la cámara delante” advierte al nuevo autor, un consejo tan bueno como cualquier otro para una forma de arte que exige un compromiso que roza la obsesión.
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No hay osos sería muy atractiva simplemente como una historia irónicamente divertida de un pez fuera del agua, con algún metatexto divertido de una película dentro de otra película. Pero a medida que las historias de Panahi se reflejan y se funden, sus observaciones más profundas se vuelven aleccionadoras y, en última instancia, profundamente conmovedoras.
El título No hay osos es el remate de una secuencia que tiene que ver con las historias que nos contamos a nosotros mismos para tranquilizarnos, sólo para encerrarnos en el miedo, la desconfianza y los límites arbitrarios interiorizados. Aunque el trato que recibió Panahi a manos de las autoridades iraníes se menciona casi siempre de forma oblicua, influye en cada centímetro de espacio físico y psíquico del reducido y primitivo mundo del director.
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El hecho de que No hay osos se estrenó en Venecia justo antes de que Panahi fuera enviado a la prisión de Evin en julio de 2023, añade otra capa de conmoción a una obra de arte que personifica cómo, en las manos más hábiles y juiciosas, la alegoría y la alusión pueden hacer las declaraciones políticas más devastadoramente punzantes.
Y No hay osos es una obra de arte. A pesar de la sencillez y claridad de su narración, se trata de una película de una sofisticación sobrecogedora, desde su elegante trabajo de cámara (Panahi prefiere las tomas largas y sutilmente bravuconas) hasta su montaje prácticamente invisible, que entrelaza historias geográficamente separadas de forma que sus significados resultan acumulativamente claros: todos intentan entrar o salir, con mayor o menor éxito, ya sea pidiendo permiso para entrar en la casa de alguien, en el caso de los aldeanos que acosan a Panahi por su supuesta transgresión, o negándose a hacerlo, en el caso de los jóvenes emigrantes enamorados.
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En cuanto al propio cineasta –tanto él mismo como la versión de sí mismo que interpreta–, parece encarnar la ambivalencia, al tiempo que se aleja de la censura y la opresión autoritarias y se adentra en el mundo del cine global, y es empujado de vuelta al país donde se siente obligado a dar testimonio.

Ese tira y afloje moral anima una película que rebosa vitalidad, humor y el característico humanismo irónico e infaliblemente compasivo de Panahi. En un momento, critica una escena que acaba de rodar y señala que un determinado movimiento de cámara ha dado lugar a un fotograma ocioso. No hay tales lapsus en esta película, donde cada momento tiene no sólo un propósito, sino una belleza cautivadora. No es menos gratificante que Jafar Panahi haya hecho, una vez más, una película digna de su propio nivel de exigencia.
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Fuente: The Washington Post.
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