Si uno se imagina un documental de la postdictadura pensaría en cabezas parlantes dando sus testimonios, imágenes de archivo o recortes de diario de época. Sin embargo, Hacia Afuera Blanco, la segunda obra cinematográfica de Sofía Ungar plantea esa temática desde un costado más personal y familiar, a través de conversaciones que mantendrá con su padre en donde realiza una conmovedora exploración sobre la relación que mantienen y el abismo de silencios que los separa.
La trama se desenvuelve en una casa junto al río, donde el padre de Sofía transcurre sus días en un aparente mutismo, mientras ella lucha por abrir canales de comunicación. Las estaciones transcurren como un testimonio mudo, una historia no contada que oculta en su seno la violencia y el legado de la dictadura.
La película se erige como un espejo del proceso mismo de su creación, donde cada plano y cada toma están impregnados de la paciente búsqueda de comprensión y sanación. Es un intento de dar voz a lo que se mantiene en las sombras, de mostrar lo innombrable. En este sentido, la estructura de la película no solo refleja su proceso, sino también los obstáculos personales que debe superar.

Hacia Afuera Blanco se distancia de los relatos espectaculares y las descripciones meticulosas del horror. En su lugar, asume las lagunas y construye un dispositivo que conecta a Sofía con su padre. Es una forma de supervivencia en el mismo acto de fracasar en testimoniar la historia. Los silencios, lejos de ser defectos, se revelan como gestos fundamentales, como las rémoras de una dictadura que se arraigan en su cuerpo.
Sofía, nacida en democracia, carga consigo esta pesada herencia. La cámara y la película se convierten en su única vía para estar con su padre, para intentar comprenderlo y sanar juntos. No solo se adentra en el pasado, sino que también explora el presente, cuestionando y observando con compasión el presente de su padre y su masculinidad.
Las relaciones entre las hijas y sus padres nunca son fáciles, no importa en qué época uno se encuentra, siempre existirán ciertas barreras generacionales y de género que impiden una comunicación fluída, sin embargo, no significa que sea algo imposible. En este viaje generacional, donde se reconoce la masculinidad de su padre, Sofía se cuida y cuida de él con una profunda conciencia histórica. Hay un momento de vulnerabilidad en el que su padre se coloca, permitiendo que ella lo guíe en la difícil tarea de transmitir un relato que aún no sabe cómo contar.

Sofía Ungar, con una trayectoria marcada por su sensibilidad y maestría en la fotografía, entrega esta obra profundamente personal, donde las actividades cotidianas y los juegos, como el ajedrez, sirven para relajar, para abrir nuevos caminos de comunicación y el silencio cobra un protagonismo, pero no cómo consecuencia de algo que se quiere callar u ocultar, sino dando espacio para la reflexión, para pensar lo que se dice. Aquí, las verdades no serán vomitadas sino que se revelarán a través de insinuaciones
El contacto con la naturaleza, los árboles, el fuego, los distintos climas y principalmente el río que se ven en planos generales dan una atmósfera que permite concentrarse en los sonidos y en las palabras que enlazan los dos protagonistas de esta historia. Es cómo si estuvieran sumergidos en otra realidad donde el tiempo no pasa, dónde no hay obligaciones o celulares con notificaciones que interrumpan esos momentos de conexión e introspección familiar.
En esas conversaciones se deslizan nombres, hechos, y algunos cuestionamientos o preguntas acerca de la última dictadura porque es una herida que sigue doliendo y toca de cerca a su familia. Elena María Ungar Gabussi (Choli), militante de Montoneros y tía de la directora, tenía tan solo 21 años la mañana del 21 de octubre de 1977, cuando entraron militares en su domicilio, en el barrio porteño de Villa Lugano y la asesinaron. Esa misma noche secuestraron a su madre y a su hermana, que fueron llevadas al centro clandestino “Club Atlético” y liberadas después de 10 días. Ezequiel, el padre de Sofía, estaba en el mismo inmueble cuando se llevaron a su familia, pero por una razón que desconoce a él no lo secuestraron.

Para realizar este segundo largometraje, la directora participó de numerosas becas, residencias y encuentros internacionales. Hacia Afuera Blanco es una experiencia cinematográfica que trasciende e invita a reflexionar sobre los lazos familiares, la memoria y la búsqueda de sanación a través del arte.
No es la primera vez que Sofía Ungar pone el cuerpo y se expone para hacer una película. En su ópera prima Shalom Bombon, ella es invitada a pasar diez días en Israel con un grupo de treinta jóvenes durante el conflicto en Gaza. Retrata el encuentro entre dos mundos: exponentes de una clase media judía porteña, universitarios y bellos, e Israel, tierra de sus antepasados. Se trata de un diario de viaje que se debate entre un retrato ligero de vacaciones y el intento de entender el conflicto israelí-palestino.
“Hacia afuera blanco” de Sofía Ungar en el Cine Gaumont (Avenida Rivadavia 1635, CABA).
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