Fui, vi y escribí: Judith y el arte del dolor

Un accidente puede dar vuelta tu vida, convertir tu presente en pasado y hacer que todo se termine antes, pero a veces es la oportunidad para empezar de cero. Este artículo reproduce el newsletter de Cultura: lecturas, cine, teatro, arte, música e historias que despiertan entusiasmo y, por qué no, fascinación o perplejidad

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Judith, con el corsé rígido
Judith, con el corsé rígido y el brazo derecho cuando todavía estaba enyesado. En esos 45 días entrenó su mano izquierda para seguir trabajando en su obra.

Hola, ahí.

Todos, alguna vez, empezamos de nuevo. La vida no es evolución en continuo; no partimos de un punto y vamos directo a otro —mirá qué sutil lo mío para no hablar de la vida y la muerte—, sino que a lo largo del camino frenamos o nos frenan, nos demoramos o perdemos la ruta emprendida y hay que redireccionar y arrancar de cero. O resignarse a la pura pérdida.

Pienso en una separación, un duelo, un despido laboral o un exilio, por ejemplo, esos momentos en los que nos bajan la bandera a cuadros inesperadamente, y en cómo respondemos a ese sacudón con las herramientas emocionales que llevamos a cuestas. Muchas veces la interrupción termina siendo un final anticipado. Pero no siempre.

Un accidente, hablemos de eso, puede dejarte con limitaciones insalvables o afectarte muchísimo, tanto como para convertir tu presente en pasado. Sin embargo, ese mismo accidente que te aleja de tu vida habitual por un tiempo, también puede dar lugar a que, más allá de la perturbación y el dolor, la voluntad y el deseo de seguir en camino sean más fuertes que todo.

A veces pasa.

Los muñecos bordados y con
Los muñecos bordados y con cianotipo de la serie Vigilia, de Judith Giani.

La caída

“Eso no es mi mano”. Tirada en el piso, de espaldas, dolorida y en shock, Judith mira de reojo su mano derecha y no la reconoce en lo que ve: una masa de carne aplastada y monstruosa. Acaba de caerse hacia atrás de la escalera de hierro que lleva al entrepiso de su casa; estaba bajando, de frente a la pared. Supo que no estaba bien aferrada, lo advirtió tarde, en el mismo e inútil segundo en el que voló hacia atrás e impactó con su cuerpo ligero en el piso de calcáreo. No puede moverse y le da miedo, además; su mirada se dirige temerosa hacia su mano derecha y es ahí cuando la ve, deforme. Esa palabra usa cuando lo recuerda: deforme. Para alguien que trabaja desde siempre con las formas y las figuras, la palabra deforme es, tal vez, el opuesto absoluto a la belleza que persigue cada vez que pone manos a la obra.

Está linda, Judith, más flaquita, eso sí, y con corsé rígido, lo que le restringe los movimientos (probó manejar y no hubo caso, naturalmente) y la tiene como encapsulada. La abrazo suavecito, no quiero lastimarla. Como nos conocemos hace mucho, sé que aún en los momentos más duros no pierde su luz y creo que esa es una de las cosas que más me gustan de mi amiga, su luminosidad. Es tarde de jueves, cae el sol y estamos tomando un café con leche con tostadas a la vuelta de su casa, en un bolichito encantador que está en la esquina de Hipólito Yrigoyen y 33 Orientales, en Almagro. Me está contando cómo fue el accidente que la tiene alejada por ahora de su vida de siempre. Ocurrió también un jueves, de noche. Y en junio.

Cincuenta horas de clase tiene adjudicadas Judith Giani, que además de artista es docente, vive de eso. Cincuenta horas semanales (cada una de 40 minutos) es un montonazo, pero así viven los docentes y también muchos artistas: no todos pueden vivir de la venta de sus obras, no todos muestran su trabajo en arteBA, aunque años atrás expuso su obra en una de las ediciones de la feria que este año batió todos los récords. (Fui a visitar la feria: descomunal. Me quedé muy enganchada con una megaobra de Tomás Espina, de la galería W, que está integrada por retratos que homenajean al arte argentino de los 50 y a los estilos de los artistas de la época, pero con una singularidad: las caras de esos retratos parecen haber sido baleadas, de modo que se ven afectadas por efectos de la pólvora y eso las convierte en máscaras fantasmales. Es un flash).

La Serie Retratos, impactante obra
La Serie Retratos, impactante obra de Tomás Espina que se vio en la última edición de arteBA.

Mi amiga expone en cada espacio que se abre para recibir su obra y se esmera en fundar o crear otros, enseña en escuelas para chicos y para grandes y dicta talleres en su casa, desde hace años. Si su cabeza no para de pensar nuevas creaciones, sus manos son sus herramientas; su mano derecha, su guía.

Nació en Luján, pero creció en Mercedes, Provincia de Buenos Aires, y ya de chica se aburría con facilidad. “Mi abuelo materno tenía una tornería en la que pasaba tardes inventando instrumentos musicales, objetos... En la familia no conocí a nadie que pintara, aunque había músicos”.

Hubo en su casa total respaldo para que estudiara Bellas Artes y a los 17 años llegó a Buenos Aires con ese objetivo. Primero, en la Prilidiano Pueyrredón y, luego de un viaje y una estancia en Brasil, estudios superiores en la Ernesto De la Cárcova. Desde que la conozco, hace algo más de veinte años, Judith vive intentando capitalizar las nuevas tecnologías en su obra. Todos los instrumentos son valiosos para ella, que se apasiona con cada descubrimiento y entra en trance cuando consigue crear.

Acrílicos, collages con fotos, lápices ópticos y lápices impresores 3D le marcaron una ruta en su momento y allá fue. Pinta sobre el material que sea, sobre la tela, sobre el vidrio, sobre madera. En los últimos meses viene trabajando con una técnica antigua, la cianotipia, un proceso de copiado de negativos que da como resultado imágenes fotográficas en color azul. Quien inventó esta técnica fue el astrónomo W. Herschel, en 1842. Lo hizo mientras experimentaba la técnica del revelado de fotos con sales de hierro fotosensibles.

La cianotipia fue inventada por
La cianotipia fue inventada por el astrónomo W. Herschel, en 1842, cuando experimentaba la técnica del revelado de fotos con sales de hierro fotosensibles.

Como sé que le gusta hablar de eso, le pregunto exactamente cómo lo hace. Me responde:

”Para hacer el cianotipo dibujo con carbonilla, después le saco fotos, lo doy vuelta y hago archivos. Y también dibujo sobre el vidrio con blanco y hago el cianotipo directamente con el vidrio porque es una técnica de fotografía con sol, ¿viste? Después, otra cosa que también se hace es usar las flores directamente, o sea, es poner flores y poner el líquido y ponerlo al sol”, dice, hace gestos con ambas manos y me enseña.

Una forma del artivismo

Fiel a ella misma, Judith venía trabajando con frenesí cianotipos sobre telas de pañuelos antiguos o fundas de almohadas y, también, en unos lindísimos muñecos bordados. Cuando digo que entra en trance, es literal. En esas semanas de fervor, me había mandado un texto en el que explicaba su proyecto. Me lo mandó a mí y también a cada espacio que pensó que podía interesarse en su obra para exponerla, algo que hace regularmente.

“La serie se llama Vigilia y aborda problemáticas referidas a la soberanía alimentaria, el uso de agrotóxicos y las consecuencias ambientales del actual modelo productivo”, explica en ese escrito su nueva forma de artivismo, de intervención artística en el marco de la discusión ambiental.

Algunas de las obras de
Algunas de las obras de la serie "Vigilia", de Judith Giani.

Como te contaba, esta vez, en lugar de subirse a la novedad tecnológica del momento, Judith había elegido pintar, coser y bordar. Hasta la noche en que voló de la escalera, aterrizó de espaldas y se fracturó el cúbito, el radio y el escafoides derechos. Su espalda se portó bastante bien: apenas se fracturó dos vértebras, una dorsal y una lumbar, lo que la obliga a estar con corsé permanente desde el comienzo y, al menos, por un mes más.

Frida Kahlo es una figura que no falta en su vida y, como lo sé, bromeo con eso, me burlo un poco. “La primera idea de la neurocirujana era que yo usara un corsé ballenado y permanecer en la cama. Por suerte luego recomendó uno rígido y pude movilizarme. Por supuesto que pensé en Frida Kahlo, que además pintaba sus vivencias. Vos me conocés, sabés que, aunque en parte busco otros temas, hago lo mismo que ella: cuento mi infancia, mi adolescencia y todo lo que pinto siempre tiene que ver con algo que me ‘quita el sueño’. Es como una necesidad de decir lo que siento y aquello por lo que estoy pasando, siempre escondido en otro tema, el de la serie que esté haciendo en ese momento”, me dice.

Vuelvo a pedirle que me cuente en detalle lo que pasó y cómo se sucedieron las cosas, pero no es fácil, aunque hay entusiasmo, también hay trauma: las escenas se le amontonan y va y viene con lo de antes, lo de ahora, lo de mañana. “Una cosa loca que no te conté fue que en un momento, cuando ya estaba en la guardia del sanatorio, poco antes de que me enyesaran, me ví haciendo un gesto con la mano izquierda, como intentando imaginar si me iba a ser posible seguir bordando”, me cuenta. Imagino la escena y me dan ganas de abrazarla fuerte.

El día que consiguió hacer
El día que consiguió hacer una línea recta con la mano izquierda, Giani se animó también a bordar con esa mano.

Agarrar el pincel

El después del yeso demoró 45 días. “Ahí volví a ver mi mano derecha. Me operaron para sacarme clavijas que unían algunas partes, creo que los ligamentos. Por primera vez lloré mucho: fue cuando advertí que los dedos tenían algo de sensibilidad. El traumatólogo y los miembros de su equipo me dijeron todos lo mismo: ‘Pinte’. ¿Podés creer que pude pintar con la izquierda desde el primer día que agarré el pincel?”.

Sí, puedo, claro. Porque la conozco, y porque sé que cuando en pandemia se cayó de la bici y se fracturó la pelvis, montó un atril en la cama para poder dibujar y seguir enseñando dibujo.

Dio bastantes vueltas hasta el día que agarró nuevamente el pincel (o los diferentes pinceles, también aprendió a maquillarse con la otra mano). “Pero entonces me di cuenta de que podía hacer una línea recta con la izquierda y, desde ahí, no paré hasta bordar”. Lo dice con un entusiasmo que parece nuevo. No, no parece: es nuevo. Es el entusiasmo de saber que su deseo vive pese a los golpes, a las cirugías y al dolor.

"Familia", una de las obras
"Familia", una de las obras de Giani que es un trabajo sobre una funda de almohada. Cianotipo, dibujo, costura y bordado para una serie que busca intervenir en la discusión ambiental.

La licencia laboral se hace larga, la mano se cansa y la espalda está rígida todavía. Mientras entrena la mano izquierda y aprende a usarla en acciones para las que nunca antes estuvo preparada, tiene sesiones regulares de kinesiología, usa una pelota para ejercitar el giro de la derecha, un guante con agujeros para estirar los dedos y hace baños de contraste (agua fría y caliente). Escribir y dibujar también forman parte del menú de ejercicios para recuperar el movimiento de la mano que es la guía de su vida.

Entonces vuelve a la noche del accidente. “En esos días me sentía inspirada. Este es mi último año como docente y estoy llena de horas de clase pero, como sabía que es el último, cuando arrancó el año me dije: ‘Judita, disfrutá mucho estar en donde elegiste, falta poco para dejar de estar ahí’. Y, como te decía, por esos días llegaba a casa y me ponía a bordar o esperaba a tener la única mañana libre de la semana que tengo y que hubiera sol, como para poder hacer cianotipo. Justo, además, le había hablado a la señora de la florería que está a la vuelta de la escuela de cerámica —en la que tengo casi todas las horas— para que los miércoles me guardara las flores que no le servían para usarlas en esto”, me dice y, mientras lo hace, ella misma se da cuenta de hasta qué punto podríamos hacer juntas psicoanálisis de café ahí mismo.

Y entonces nos reímos a carcajadas porque nos conocemos y nos entendemos tanto que ni siquiera es necesario decirlo en voz alta.

"Feedlot", de la serie Vigilia,
"Feedlot", de la serie Vigilia, de Judith Giani

”Cuando me accidenté, lo primero que pensé fue si volvería a caminar”, recuerda. “Luego me dije: aprendés todo con la izquierda, todo. Sentí que la creatividad me era innata y que iba a poder hacerlo. También empecé a pensar en hacer obra con inteligencia artificial. Durante la internación, en el sanatorio seguía pensando en la obra. Me levanto y me acuesto así, todos los días”.

Un accidente como el de Judith quita cosas y enseña otras. “Aprendí a estar sola por mucho rato. Aprendí a comer con una sola mano (fueron 45 días de yeso y no podía mover la espalda) y cada tanto se me aparecía el recuerdo de la mano derecha y de los dedos, de la noche en la que caí. Me impresionaba mucho”.

El costado emocional de esta clase de accidentes, de recuperación larga y por momentos desalentadora, es fuerte. Ahí ves quiénes son los tuyos, quiénes te quieren, te acompañan y esperan tu recuperación tanto como vos. “Agradecí mucho tener a los chicos (es mamá de dos hijos ya grandes), a mi hermana y a amigos y alumnos que me hicieron compañía virtual y presencial”, me responde cuando le pregunto quiénes estuvieron a su lado en estas semanas. “Me han mandado audiolibros, música, filmaciones de clases”, se sonríe.

Con el pincel en la
Con el pincel en la mano izquierda. Judith, en plena obra.

El refugio de la pintura

“Ahora tengo muchas horas de dibujo en la Escuela de Cerámica número 1, que es un taller. Son cuatro horas, es más que dar clase en la primaria. Estoy con adultos que, generalmente, tienen poco contacto con el dibujo. Como tengo los primeros años, para mí es re importante enseñarles a perder el miedo y a sentir que ahí hay un refugio, quiero decir, que teniendo esa herramienta se puede pensar que la pintura es un refugio”. Al ser un taller, me explica, la relación con la gente es más intensa y se habla más, de manera que muchas veces los mismos inconvenientes que esas personas tienen en su vida, se vuelcan en el dibujo.

”Más allá de que sé lo que tengo que dar y llevo un programa, busco técnicas distintas para enseñar y disfruto mucho de pensar distintas cosas para hacer. En el arte, en general, uno puede tener distintas respuestas para responder un interrogante, entonces esas respuestas que dan los demás también te ayudan a desarrollar la creatividad y a pensar en todas las opciones que puede tener una persona para resolver sus conflictos. Lo pienso como un bucle: trabajo en mis proyectos, voy a la escuela y vuelvo más motivada… pensando en qué probar para la próxima, como si el conocimiento, al ser compartido, creciera”, reflexiona.

¿Qué extrañás?, le pregunto, porque ella no deja nunca de ser artista pero yo no dejo de ser periodista ni siquiera cuando tengo enfrente a mi amiga convaleciente.

“Extraño ir al colegio, mucho. Ir a ver el río en bicicleta, bailar tango (pienso en cuándo podré volver, viste que se usa la derecha para el abrazo y se disocia la cadera). Y, ¿sabés qué extraño? Los abrazos, pero no solo los ‘milongueros’”, se ríe con los ojos achinados.”Extraño los otros abrazos, también. Mucho”, me dice y me explica: el corsé le impide sentir el calor del abrazo, no llega. Y le hace falta.

Aprender a hablar de nuevo

Mientras escribo sobre Judith, me acuerdo de mi papá, que cuando tenía la edad que yo tengo ahora tuvo un ACV que le afectó el habla, a él, que era el mejor contador de chistes del condado y un peleador político feroz. Era nuestro orador de la República y, como Castelli, su seducción por la palabra quedó trunca.

Era tan narcisista el viejo que, de movida, en la familia pensamos que no iba a resistir verse disminuido en algo tan clave para él. Pero finalmente los que nos quedamos sin palabras fuimos nosotros, cuando vimos la garra que le puso para volver a hablar y a hacerse entender.

Se pasaba horas frente al espejo haciendo los ejercicios que le mandaba la fonoaudióloga, se reía de sí mismo cuando se escuchaba decir “feliz cumpleaños” en lugar de “buenas noches” y se tomó tan en serio lo de aprender a hablar de nuevo que hasta se buscó un asistente o, más bien, lo encontró. Es que mientras mi hijo menor aprendía a hablar por primera vez, su abuelo buscaba las palabras y la pronunciación que la afasia le había sustraído. Nunca se mostró disminuido ante los demás, hoy me pregunto si en algún punto lo negaba o, en realidad, se negaba a mostrarse débil.

Las flores de Judith, en
Las flores de Judith, en su obra.

Mi papá volvió a trabajar en cuanto pudo, también pudo volver a manejar, a ser autónomo y vivió 24 años más después del ACV. Para la mayoría de la gente, su acento raro era extranjero, no la secuela de una enfermedad. Cuando se refería al tema, hablaba de su “accidente”. Ese episodio severo que a algunas personas les acorta o desmorona la vida útil, para otros puede convertirse en el mayor desafío de su existencia: ni más ni menos que volver a moverse, a pararse, a caminar, a recuperar el habla. A dibujar.

Como habrás notado, hasta ahora no utilicé la palabra resiliencia y es porque no me gusta. No me gusta como suena —puede ser un capricho, ok— y, sobre todo, me parece reduccionista de sentidos. ¿Por qué usar una sola palabra, que ni siquiera suena bien, en lugar de hablar de coraje, entereza, resistencia, valor y deseo de estar vivo? ¿No son hermosos esos términos, esas ideas y esos conceptos?

Por último, me gustaría aclarar que de ninguna manera cuestiono a quienes luego de un accidente no consiguen remontar la oscuridad. No podría hacerlo, con qué derecho, además, si no tengo la menor idea de qué me pasaría a mí si tuviera que enfrentarme a dificultades tan radicales.

Obra basada en la foto
Obra basada en la foto que tomó el fotógrafo Pablo Piovano de Fabián Tomasi, un hombre que fue símbolo de la lucha contra los agrotóxicos.

Lo que sí sé, es que admiro a aquellos que a su manera consiguen enfrentar las banderas a cuadros que les señalan “hasta acá” antes de tiempo y le pelean fuerte a la mala fortuna sin rendirse. Pocas cosas me conmueven como esa forma tan humana del heroísmo.

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El envío de la semana pasada fue muy leído y eso dio como resultado muchos correos y mensajes en redes, que agradezco muchísimo. Recibí sugerencias de lecturas que naturalmente agendé, comentarios emocionados por quienes ya habían visto The Quiet Girl o habían leído Tres luces, de Claire Keegan o Las cenizas de Ángela, de McCourt y también otros, de lectores que fueron a buscar la novela de Keegan a partir del Fui, vi y escribí.

La infancia, evidentemente, nos moviliza a todos. Y el final de la novela de Keegan nos deja con una pregunta que vamos respondiendo según nuestro deseo o la angustia del momento. (No quiero spoilear nada, como ves).

Uno de los mensajes era de Viviana Keegan (nada que ver con Claire, parece), una excompañera de facultad, de los tiempos en que estudiábamos con Nicolás Rosa, cuando dictaba un seminario inolvidable sobre El entenado, la novela de Juan José Saer.

Giovanni Sartori (1924-2017) fue un
Giovanni Sartori (1924-2017) fue un notable politólogo italiano, una de las figuras más relevantes en su campo. Nació y murió en la ciudad de Florencia.

No había sabido nada más de ella hasta su correo, en el que me contó que es codirectora de la diplomatura de estudios irlandeses en la Universidad de El Salvador y que se dedica justamente a investigar la infancia de la temprana comunidad irlandesa en Argentina (desde alrededor de 1844 en adelante). Me pareció fascinante.

Te recuerdo mi correo, por si querés comunicarte conmigo o hacerme algún comentario: hpomeraniec@infobae.com. Y me despido hasta la próxima, contándote que esto que acabás de leer fue el envío número 50 de este newsletter. Otra cosa que conmueve, o por lo menos a mí me conmueve, son los números redondos y simbólicos.

Te deseo que tengas buenos momentos en estos días. Yo, por mi parte, además de leer lo de siempre, acabo de sumar a mi mesita de luz un libro que se llama La democracia en 30 lecciones, que es una suerte de transcripción de un ciclo que el gran politólogo italiano Giovanni Sartori dictó años atrás en la TV italiana.

No quiero que lo que venga, sea lo que sea, me tome desprevenida y con las convicciones debilitadas.

Que tengas una buena semana.

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