
El mundo de la ópera se divide en dos: las producciones europeas con visiones de los directores que reinventan las obras de formas que los compositores nunca imaginaron, mientras que las puestas en escena tradicionales favorecidas en Estados Unidos y partes de Italia son condenadas por algunos entendidos como “pasadas de moda”.
La visión de Martin Kušej de Le Nozze di Figaro, de Mozart en el Festival de Salzburgo incluye peleas imbuidas de cocaína, un sacerdote abusador, una prostituta casi desnuda y un fiesta de música electrónica en un sótano.
Damiano Michieletto transforma Aida, de Verdi en la Ópera Estatal de Baviera de Múnich en una denuncia contra la guerra en la que Radamès se derrumba a causa del trastorno por estrés postraumático, durante una marcha triunfal de amputados, y el sumo sacerdote Ramfis intenta casarse con la hija del rey, Amneris.
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La puesta en escena de Tobias Kratzer de Tannhäuser, de Wagner, revivida en el Festival de Bayreuth de este año, imagina un personaje principal vestido de payaso como parte de una pandilla de contracultura y una drag queen, enana y diosa del amor en un vestido de cóctel con lentejuelas, que atropella a un policía con una camioneta Citroën en el estacionamiento de un Burger King.

“Soy muy conocido por mi trabajo irritante, y creo que me contrataron especialmente para eso”, cuenta Kušej. “¿Quién quiere tener la versión número 150 de un Figaro bien hecho en Salzburgo? Quiero que sea relevante para la audiencia de hoy. Vi muchos, muchos, muchos espectáculos y siempre estaba un poco decepcionado. Hay buenos espectáculos. Hay espectáculos interesantes. Pero mi objetivo es realmente hacer que la ópera viva en nuestro tiempo, planteando los cuestionamientos que tenemos hoy”.
Algunos directores se involucran en una carrera de reinterpretación llena de alusiones culturales tangenciales. Varias arias fueron recibidas con aplausos sordos mientras los espectadores perplejos digerían la acción del escenario.
La versión absurdista de Krzysztof Warlikowski de Macbeth, de Verdi en Salzburgo hace que Lady Macbeth visite a un obstetra y descubra que es infértil mientras las brujas adornadas con anteojos para sol predicen el futuro luciendo brazaletes amarillos y negros que advierten sobre la radiactividad. Malgorzata Szczęśniak, la esposa del director, es la escenógrafa y diseñadora de vestuario y cambia la locación de Escocia a un Jeu de paume, una cancha de tenis que hace referencia a la Revolución Francesa.
En el fondo se muestran fragmentos de Il vangelo secondo Matteo (“El Evangelio según San Mateo”)” y Edipo rey (“Edipo, el hijo de la fortuna”), de Pier Paolo Pasolini. El banquete termina cuando se sirve un muñeco en una bandeja de plata con perejil y manzanas. Macbeth está en silla de ruedas para el acto final después de que una bruja hace que se lesione la pierna al clavar agujas de tejer en un muñeco vudú. Lady Macduff envenena a casi 40 niños con bebidas en un cine y sus cuerpos sin vida están dispuestos frente al escenario.
“Compartes esta visión con tu audiencia y desde ese momento comienza la aventura”, declara Warlikowski y agrega: “Si vienes con ojos para ver lo que sucede, no obtendrás nada. Pero si vienes con ojos que quieren ver y al mismo tiempo estás pensando, tal vez tu pensamiento te conecte con esta visión”.
Warlikowski está complacido por la falta de ira de la audiencia. “En el caso de Verdi, es difícil no ser abucheado”, agregó.

Kušej imagina a los Almaviva armados y a sus sirvientes como una familia mafiosa en un hotel tipo W diseñado por Raimund Orfeo Voigt, con elegantes trajes contemporáneos de Alan Hranitelj. El conde y Fígaro resoplan durante la obertura, la condesa toma pastillas mientras bebe de una botella de vino, Susanna sorbe un cóctel junto con una cápsula y Basilio se dispara. Basilio es sacerdote en lugar de profesor de música y el jardinero Antonio es una persona sin hogar.
Un Fígaro tambaleándose y una Susanna asintiendo comienzan la velada borrachos en un bar, su “Cinque... dieci... venti” (cinco, diez, veinte) se refiere a tragos en lugar de medidas de piso. En el aria de La vendetta, de Bartolo, “tutta Siviglia” (toda Sevilla) se convierte en “tutta la terra” (toda la tierra) para hacerlo más universal. El Conde. Fígaro y Basilio maltratan a Cherubino durante “Non più andrai” — el sacerdote azota la cara de Cherubino contra un cristal.
“Porgi, amor” abre el segundo acto con la condesa mirando la pintura de Gustave Courbet de 1866 “L’Origine du monde” (El origen del mundo) mientras una mujer desnuda se sienta en una bañera adyacente. El conde canta “Vedrò, mentr’io sospiro” mientras una prostituta en tanga lo viste, ganando un fajo de billetes. La familia se reúne, muchos con audífonos, para bailar en un estacionamiento, siete niveles bajo tierra, antes de la boda en la azotea de Susanna y Figaro.
Kusej dijo que el gerente general del Met, Peter Gelb, había pensado en coproducir una Forza del Destino que se presentó en Munich en 2013, pero Gelb decidió no seguir adelante después de ver que contendría referencias a los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York.

Después de asistir a Nozze de Kušej la semana pasada, Gelb dijo: “Estamos interesados en directores de escena a los que les gustaría emocionar a nuestro público, no llevarlos a una revuelta”.
Abuchear a los directores se ha vuelto estándar en Bayreuth, pero los disidentes fueron sólo un pequeño segmento para Parsifal, de Jay Scheib este año, dominado por lentes de realidad aumentada y una temática de colapso energético global. Kratzer, quien dijo en su programa de Tannhäuser que “el vestuario histórico per se ahora se percibe en gran medida como retro o reaccionario”, fue recibido con abucheos en la noche de estreno hace cuatro años, pero su puesta en escena, con decorados y vestuario de Rainer Sellmaier, ahora se considera un clásico de Bayreuth. La Bohème, de Claus Guth para la Ópera de París, ambientada en una nave espacial, fue abucheada en 2017 y aplaudida cuando se reestrenó este año.

Cecilia Bartoli, la mezzosoprano italiana que dirige el Festival de Pentecostés de Salzburgo, eligió a Christof Loy para una puesta en escena minimalista de Orfeo ed Eurydice, de Gluck que protagonizará este mes. “Si decidimos hacer una ópera de Bellini, de Rossini, de Mozart, de Haydn, de Gluck, de Verdi, sí tenemos una música que fue compuesta por el más grande compositor y tenemos un libreto, que en algunos casos es muy bueno”, cuenta ella. “Un buen director es aquel que respeta, que entiende esto y es capaz de traer una nueva dimensión a la obra. Pero una cosa es traer una nueva dimensión, la otra es destruir la pieza”.
Fuente: AP
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