
Hay una figura que atraviesa toda la historia del rock argentino aunque con un velo de divergencia. Amado como ninguneado. Respetado pero no del todo reconocido. Su caudaloso repertorio y su ímpetu de trabajo rebasan los límites de una nota periodística o un perfil académico. Alguna vez señaló un rasgo suyo muy particular: “frenesí de vivir”. La desmesura, para algunos. Lo prolífico, para otros. Lo inacabado, para otros. Litto Nebbia, en cierta medida, escapa a las clasificaciones rápidas y estandarizadas. Euforia constante de hacer, siempre.
Pero, además, Nebbia es algo así como la incomodidad. El tipo que lo tuvo todo al inicio de su trayectoria –en términos de éxito y notoriedad– y quien con el paso del tiempo más que proseguir con la inercia de lo efectivo o lo celebrado, fue al encuentro de alternativas. Ser alternativo, asimismo, antes de que lo alternativo sea una identidad rockera. ¿La incomodidad? Casi similar al caso de Luis Alberto Spinetta –a quien el rock como marco sonoro le queda corto o restringido y experimenta desde muy temprano en su carrera con el jazz y la fusión–, a Nebbia el corsé del rock le espanta.
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Su postura no claudica, su música se alimenta de muchas otras. Basta detenerse en las colaboraciones y los distintos músicos con los que tocó y grabó –Domingo Cura, Dino Saluzzi, Manolo Juárez, Néstor Astarita, Jorge “Negro” González, Roberto “Fats” Fernández, Gustavo Bergalli, Bernardo Baraj y Rodolfo Alchourrón, entre otros– en los primeros tiempos luego de la separación de Los Gatos en 1970 para ahondar en una paleta amplia de registros y exploraciones. Y agreguemos la parceria con la poeta Mirtha Defilpo.

Como si la canción pop, las dos estrofas y el estribillo imbatible, no lo contuviesen, Nebbia se embarca en esos años en un frondoso rastreo de huellas musicales y poéticas. De vuelta, el marco sonoro del rock no sólo no lo contiene, sino que lo cuarta, lo lastima. Ante la cerrazón, una ventana sin cancel. Por ejemplo, su sociedad con Domingo Cura –hermosas las imágenes de la presentación de ambos en el tercer BARock que aparecen en el filme Hasta que se ponga el sol (1973) de Aníbal Uset– genera suspicacias: Litto es visto como traidor por los rockeros pero a su vez los folcloristas ponen el grito en el cielo (“aires de zamba”, dice él) aduciendo que eso no es folclore.
Nebbia habita y transita la incomodidad. Sus entusiasmos, sus visiones del mundo, su audacia, tienden a una dinámica perpetua. El movimiento, el cambio son moneda corriente. Optar, nunca. Elegir, sí. Autonomía, siempre. Hasta que deba exiliarse en México en 1978, Litto graba más de una decena de discos luego de la disolución de Los Gatos, siendo Canciones Para Cada Uno Vol. 1 y 2 (Diorama, 1977) el de la despedida de Argentina. Y Muerte en la catedral (RCA Vik, 1973) y Melopea (RCA Victor, 1974), los puntos altos en su discografía.
Al respecto, Litto escribe: “Son discos realmente muy maduros, en los que planteo compositivamente una ruptura con lo que en ese momento se denomina rock. Yo no tengo ningún problema con los géneros y nunca le puse mote a la música que escribo. Pero en ese momento tenía la preocupación de que quería hacer otra cosa, y me enfrentaba contra la identificación masiva que la gente tenía por lo anterior”.
Ese rechazo no es resentimiento. Esa ruptura no es venganza. Es un deslizamiento de un mundo hacia otros. Los hombres que no transigen ni se entregan son pocos. La necesidad es acción eficaz. Nebbia comprende en esos años cuál va a ser su lugar en esta historia. Sabemos que el deseo de ser reconocido por los otros es inherente al ser humano, siempre estamos dispuestos a poner en juego nuestro orgullo, hasta la propia vida, si es ineludible, para obtener ese reconocimiento. No obstante, Litto va por un sendero paralelo.

Décadas más tarde, en febrero de 2017, Nebbia choca contra la feroz artimaña de la ley. Todo es el resultado de un anuncio: la reedición remasterizada del catálogo completo de Los Gatos vía su compañía independiente Melopea (fundada en 1989): Los Gatos vol. 1 (1967), Los Gatos vol. 2, Seremos amigos (1968), Beat N° 1 (1969), Rock de la mujer perdida y En vivo y en estudio (1970). “Si a cualquier persona se le ocurriera hoy adquirir un disco con la versión original de la canción más importante del Rock Argentino, ‘La balsa’, no la encontraría, pues hace 25 AÑOS que los discos no están a la venta en ningún lado. He decidido no esperar más tiempo sin que los discos de Los Gatos estén disponibles para el público, por lo que, a través de Discos Melopea, he publicado el material de forma completa, pues estoy cansado que perjudiquen mis derechos autorales y artísticos”, advierte Litto en un comunicado de prensa.

Sin embargo, a las semanas se encuentra con una durísima respuesta de Sony Music Entertainment Argentina S.A. en la que se le informa que el sello “es el único y exclusivo titular de derechos de propiedad y de propiedad intelectual sobre los fonogramas interpretados por el conjunto Los Gatos”. Según la carta documento, Melopea está imposibilitado de comercializar “fonogramas de propiedad intelectual de Sony Music Entertainment Argentina SA”. ¿Cómo termina el affaire? Los vinilos se encuentran disponibles con el logo de Melopea. Pero la disputa continúa.
Poner en juego es arriesgar: “Es tan hermoso decir que no a alguien que viene a ofrecerte algo que te resulta indigno. El otro queda confundido, primero porque piensa que estás loco, y luego comienza a tenerte envidia, porque cree que estás desperdiciando una real oportunidad que si él tuviera la aprovecharía”, escribe Litto. Decir que no es libertad. Por eso la desmesura, lo prolífico, lo inacabado. Nebbia, inevitablemente, escapa a las clasificaciones rápidas y estandarizadas. Y se agradece. Pese a la desmesura. Pese a lo prolífico. Pese a lo inacabado.
* Periodista y escritor, autor del newsletter semanal “Bailando sobre una Telaraña”. Este texto forma parte del libro Éramos tan modernos. Costumbres argentinas de decir no - De Moris A Babasónicos (La Carretilla Roja, 2020).
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