
Dóciles reúne a Maximiliano Venturini y Sergio Lamanna en una muestra organizada en dos niveles donde el cuerpo aparece como tema, dispositivo y provocación, y donde la participación del público redefine el vínculo entre intimidad, historia e imaginario social a través de piezas que van de la autorrepresentación textil a obras móviles, que se construyen desde Big Hits del arte argentino, que pueden tocarse y reorganizarse.
En planta baja, el diálogo entre ambos artistas se organiza alrededor de lo cotidiano. En su recorrido anterior a la muestra, Venturini ya indagaba en la propia experiencia como espacio de identidad cuir, desde sus obras con tul en las que reconstruía capturas de Tinder con quienes había tenido alguna cita, a los que sumaba alguna otra iconografía que hacía referencia a esa persona, o las esculturas blandas -en tul y lana- centradas en objetos cotidianos blancos “anclados en la memoria, que aparecen y desaparecen”, que ya tienen mayor relación con lo que presenta en Dóciles.
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Venturini (Santa Fe, 1982) es un artista de una enorme delicadeza, sus obras son una expansión de una sensibilidad que se presenta, aún en los temas más ríspidos, desde la sutileza. En sus esculturas, examina la identidad más allá de lo propio y puede vincular con las marcas de una época, una forma de entender la vida, donde lo privado se expone y, a la vez, se resguarda en gestos de borramiento.
En sus piezas, realizadas en gran parte con lienzo crudo, el textil deja de ser un soporte y pasa a funcionar como símbolo. Esa materialidad expone un cuerpo vulnerable y en transformación, propone cercanía con el espectador y tensiona la frontera entre objeto y sujeto.
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En Abuela, madre e hijo, por ejemplo, una vieja máquina de coser nos habla de las horas mirando al otro, la intimidad, y la herencia o el paso de un oficio como encuentro y en Una herencia noventera una plancha de aquella década se apoya sobre cota de metálica, desde donde se construye una mano que sostiene al mismo electrodoméstico, siendo el cuerpo tanto el que recibe como el que genera, convirtiendo lo laboral en parte de la identidad.
Venturini construye a través de escenas vinculadas con su vida un relato que se expande, el de las mujeres relegadas a ciertos oficios, al de lo doméstico, y em piezas como Giro emocional o Iteración en cada despertar nos remite a su propia corporalidad como material de esa historia, de la construcción surcida de un yo que se expresa como registro de una memoria inacabada.
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Sergio Lamanna (Buenos Aires, 1975), por su parte, presenta dos series sobre papel vegetal cosido en marco de madera con backlight.
En la planta baja también aparece lo diario, atravesado por una oscuridad que ilumina los cuerpos y, al mismo tiempo, vuelve personal el espacio de lo desconocido. En las obras de la serie Atenpasados, la memoria se presenta como algo fantasmagórico, pero real, los resquicios de una herencia que se hace presenta, en los físico y lo psíquico, desde la soledad en una habitación a una mesa, espacio por antonomasia de lo compartido en familia, en la que las sombras se entrelazan.
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En el subsuelo, Lamanna reconstruye algunos de los “Big Hits” del arte argentino, a clásicos que todos alguna vez visitamos, pero lo suyo es homenaje y a la vez invitación a reconsiderar si estas obras son elementos estoicos o continúan siendo maleables, tienen aún algo para decirnos. En su propuesta, el artista apuesta por lo segundo.

Allí están, entre otras, La vuelta del malón, Sin pan y sin trabajo, Un alto en el campo, La cautiva o Niños peronistas combatiendo el capital.
Estas piezas incorporan hilos y movilidad para que el público intervenga sobre las imágenes y construya un puente entre pasado y presente, representación y acción, trasladando la obra al espectador quien reordena imágenes de la pintura argentina
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Así, el cuerpo deja de ser una figura representada de manera pasiva y se activa a partir de la intervención del visitante: las obras requieren movimiento y participación para desplegarse por completo, con lo que la posición del visitante deja de ser fija y pasa a ser una parte constitutiva de la obra.

Distribuida con claridad en el espacio, Dóciles articula dos lenguajes sin superponerlos: con un cruce virtuoso entre la autobiografía textil de Venturini y las escenas iluminadas de Lamanna, mientras que en el subsuelo, la intervención directa sobre imágenes del canon argentino. El resultado es una muestra que convierte al cuerpo en superficie de memoria, materia sensible y herramienta de participación.
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En la historia como territorio de lo íntimo y lo social, como proceso que siempre puede remoldearse.
*Dóciles, en galería Cecilia Caballero, Suipacha 1151. De lunes a viernes, de 14.30 a 19 hs. Entrada gratuita.
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