
Exactamente dos meses antes de que se desatara la Guerra Civil Española –acontecimiento que marcaría a fuego a la Argentina de entonces, gobernada por la fraudulenta Concordancia conservadora- Victoria Ocampo se presentaba en el Teatro Colón. Lo hacía como recitante en Perséphone, un melodrama con texto de André Gide y música de su amigo, el compositor ruso Igor Stravisnky, quien además dirigiría la pieza.
Aquella noche del 17 de mayo de 1936 expresaría el cenit de la estrecha relación entre la emprendedora cultural y el músico, al punto que al día siguiente Stravinsky, como muestra de agradecimiento a Ocampo, le entregó de regalo el manuscrito de la pieza con la siguiente dedicatoria: “Le doy este manuscrito, mi querida y Gran Victoria, en recuerdo de las alegrías que le debo a usted (Perséphone) y a su espléndido talento (que me fue revelado por su inolvidable recitado-canto de la diosa de la primavera) y guarde también este manuscrito en recuerdo del profundo agradecimiento de Su Stravisnky. Buenos Aires-Río de Janeiro, mayo-junio de 1936″.
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Pocos días antes, Ocampo –que hospedó al músico en su villa de San Isidro- ensayó allí la obra que, a diferencia de una anterior del compositor Arnold Honegger en la que Victoria también recitó, le presentó exigencias que superaban las de una impecable dicción y una atractiva narración, para adentrarse en las propiamente musicales. La satisfacción mutua por el desempeño de Victoria en aquella velada no hizo sino consolidar aún más el aprecio que se tenían, así como la solidez de esa alianza en pos de difundir e instalar las nuevas expresiones artísticas. Tan fue así que Stravinsky le solicitó a Victoria que lo acompañara a Río de Janeiro para replicar la obra en el Teatro Municipal carioca. Así ocurrió y ocurriría luego en Florencia pero, lamentablemente, iniciativas similares con el fin de presentar la obra en Estados Unidos se vieron frustradas al negarle el gobierno peronista -en el poder- el certificado de buena conducta. La directora de Sur, confesa antiperonista, había protagonizado un enfrentamiento que terminó con su detención.

Devenir moderna
Hacía tiempo que Victoria Ocampo venía sintiéndose particularmente atraída por el músico y sus composiciones a las que identificó plenamente con el modernismo, que en sus diferentes expresiones había pasado a convertirse en uno de los emblemas bajo el cual pretendió embanderar todo el proyecto cultural que tuvo a Sur como gran mascarón de proa. Baste recordar lo innovador que desde lo arquitectónico tuvo, en ese entonces, la construcción de su casa de la calle Rufino de Elizalde, o el apoyo a varios escritores que terminarían renovando, bajo distintas formas y de modo radical, las tradiciones literarias argentinas.
Ocampo había conocido a Stravinsky en Paris en 1932, a instancias de otro amigo suyo –la sociabilidad fue consustancial al proyecto de Victoria y su grupo-, el director de orquesta Ernst Ansermet. El músico suizo venía presentándose con éxito en Buenos Aires desde hacía tiempo y luego continuó haciéndolo a instancias de las acciones culturales promovidas por la propia Ocampo y con las que quedaría justicieramente identificada en uno de los capítulos fundamentales de la historia cultural argentina. Además de varias temporadas de conciertos y con su audaz combinatoria de generosidad y decisión, Ocampo le hizo espacio al director –como a tantos otros intelectuales- para publicar en su revista.
Si bien en Sur no abundaron los artículos de y sobre música, sí se destaca el lugar asignado a las reseñas –siempre elogiosas- de las obras que el músico ruso iría estrenando por esos años. Tal como afirma Pablo Gianera y más allá del esnobismo con el que tantas veces se pretendió asociar su modernismo -especialmente entre los círculos conservadores aferrados a los espacios e instituciones de aquel tiempo, incluido el propio Teatro Colón-, Ocampo “… inteligente y valiente aun en el error, libraba un combate contra la resistencia que las sensibilidades desacostumbradas le oponían a la novedad” (Pablo Gianera. La música en el grupo Sur).

Lo cierto es que la obstinación que evidenció Victoria a lo largo de las décadas y hasta su muerte ocurrida en 1979 en pos de promover y difundir figuras y creaciones artísticas emblemáticas de una modernidad que se enseñoreaba en Europa desde antes de la Guerra, se expresó en sus iniciativas como promotora cultural. Tal como afirma Conrado: “La aristocracia porteña había descubierto en la modernidad musical una nueva marca de distinción”. Más allá de una inteligencia y sensibilidad especiales, siempre se ha postulado a Ocampo en esa doble tensión entre su condición de rara avis –potenciada por su condición de mujer en un tiempo que no lo contemplaba- y la supuesta representatividad respecto de la clase social de la que era oriunda.
Lo cierto es que en ese conglomerado de características individuales, de clase y sin duda epocales que la harían única -al hablar de y al promover la nueva música, “lo único que me gusta con pasión es la música” llegó a decir-, queda a la vista una predisposición especial siempre presente.

Sería también en mayo. Pero de 1913. Faltaban todavía dos décadas para que Sur viera la luz y en el Théatre des Champs Elysées de Paris se producía uno de los escándalos más resonados de la historia de la música. Fueron cuatro noches en las que fanáticos y detractores se enfrentaban en un duelo verbal sin precedentes. Acababa de representarse, en carácter de estreno y de la mano de los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, La consagración de la Primavera. En el podio, su compositor: Igor Stravinsky. En la platea de las cuatro funciones, del lado de los ya fanáticos, una Victoria Ocampo de escasos 23 años. Más tarde escribiría sobre aquel suceso: “No sabía bien qué me atraía tanto en ese galimatías de notas y en ese ritmo brutal de cataclismo” (Autobiografía III).
Tal vez fue en aquellas noches tibias de la Belle époque parisina, cuando Victoria se fraguó moderna.
* Sociólogo (UBA) especializado en temas culturales. Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM).
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