
Era obvio que, si ganábamos el Mundial, algo profundo se iba a tener que reacomodar. Yo había pensado únicamente en la eliminación de la diferencia estamental entre Maradona y Messi: si ganábamos, el primero le iba a tener que hacer lugar en el olimpo al segundo. Pero, para mi sorpresa, la gesta de Doha tuvo como consecuencia, además de una equiparación celestial que será lenta pero ya empezó, un fenómeno impensado: cierta mayor amabilidad hacia Inglaterra (se viraliza el recibimiento a Mac Allister en Brighton, se viralizan goles argentinos con relatos ingleses, se viraliza la ovación “¡argentino! ¡argentino!” a Lisandro Martínez en el Manchester United) fundamentada en dos hechos. El primero: enterarnos de que ellos, al parecer, celebran nuestro triunfo con espíritu deportivo. El segundo: enterarnos de que ellos, al parecer, sienten el fútbol parecido a como lo sentimos nosotros.
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Habría, primero, una disposición ética. El partido, el libro de Andrés Burgo, cuenta el Mundial de México en general y el partido de cuartos de final contra Inglaterra en particular; en la página 235 se lee: “Alguien toca la puerta del vestuario argentino y es la visita menos esperada: unos pocos jugadores ingleses vienen en son de paz, quieren intercambiar sus camisetas”. Oscar Garré dice: “nos daban la mano y nos felicitaban porque les habíamos ganado. Lo que es la cultura”. Fernando Signorini dice: “lo que más recuerdo de ese día es la actitud inglesa posterior a la derrota”.
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La buena onda duró décadas. Por eso cuando murió Maradona y los homenajes se sucedieron vi algo que me sorprendió. Fue, si no recuerdo mal, el tributo que le rindió el Manchester City: en la pantalla gigante del Etihad Stadium pasaron el segundo gol ¡contra Inglaterra!
En aquel momento pensé, obvio, en Borges.
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En la Nota sobre la paz, que no está en las Obras completas pero sí en Borges en Sur, se lee: “de Inglaterra, de la compleja y casi infinita Inglaterra, de esa isla desgarrada y lateral que rige continentes y mares, no arriesgaré una definición; básteme recordar que es quizá el único país que no está embelesado consigo mismo”.

Borges nunca dejará de resaltar esta disposición de los ingleses para apreciar lo ajeno. En el Borges de Bioy Casares se lee esta entrada del 3 de octubre de 1963: “Come en casa Borges; leemos poemas. Dice: “Supe hoy una cosa de Oxford que justifica cierta anglofilia. En no sé qué College hay un War Memorial, un mármol con los nombres de sus estudiantes muertos en la guerra. Bueno, como entre ellos había alemanes, que murieron peleando contra Inglaterra, están ahí, frente a los otros: son estudiantes del College que murieron en la guerra, peleando por su patria. No creo que los alemanes hubieran hecho eso. ¿Te acordás? Hitler borró los nombres de los judíos que cayeron en la Primera Guerra, peleando por Alemania. Los franceses tampoco harían eso. Nosotros tampoco”. ¿Qué es eso? Una natural pasión de los ingleses por la imparcialidad. Son fairminded, lo contrario de fanáticos”.
Y en otra entrada, la del 2 de diciembre de 1966, se lee: “No creo que en toda la literatura española ocurra una sola vez la generosidad -como la de Chesterton, que cantó la batalla de Lepanto- de celebrar un triunfo de extranjeros”.
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La última imagen de Héroes, ese canto a la victoria argentina, es la cara de Diego y una dirección en Londres: “188 Middle Row, London, England”. (Tan sorprendente como el hecho de que en la última Noche de las Librerías, hace unas semanas nomás, y entre un sinfín de mesas redondas cuyo tema era la democracia, había un “DJ set con Rodri Videla”).
188 Middle Row, London, England: se podría poner una placa ahí: “esta dirección aparece al final de Héroes...”. Lo mismo vale para el paredón neoyorquino que aparece en la tapa de Clics modernos.

El director de Héroes, Tony Maylam, es inglés. El productor, Drummond Challis, también. La música es de Rick Wakeman. Y también es inglesa Stephanie Lawrence, que canta ese himno profético que cierra la película y que para mí no ha merecido el reconocimiento que se merece. Se llama Special Kind of Hero.
Todavía no había pasado nada: el de 1986 (Héroes se estrenó en diciembre de ese mismo año) era un Maradona sin hijos extramatrimoniales, sin dóping, sin Franklin y Rojas, sin un sándwich de miga como última cena, sin la última tarde con el cuerpo surcando las autopistas repletas de gente. ¿Qué sabía Wakeman cuando escribió, en Special Kind of Hero, frases como Tearful sounds and a joyful song? (Es curioso: el Mundial ´86 tiene una película excelente, un libro excelente -el de Burgo- y una canción excelente).
¿Y qué sabían los guionistas de Héroes cuando le pasaron al locutor un papel que decía “En este día, 29 de junio de 1986, Diego Armando Maradona alcanzó la cumbre y consiguió la inmortalidad”? ¿Alguien dijo eso de Ronaldo en 2002 o de Matthäus en 1990 o de Mbappé en 2018? (El caso de Messi es distinto: hacía quince años que era el mejor del mundo y se sabía que, apenas ganara el Mundial, iba a entrar ya sin dudas en la eternidad).
El punto es que Maradona se envolvió en el tejido legendario muy rápidamente, en semanas o en días o en un día, y los ingleses lo dijeron sin problemas, aún cuando ellos estuvieran entre los perjudicados.
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Pero la dimensión ética, que en el fútbol se llama fair play, no es lo único que recorre estos hechos. Hay algo más. Hay una cercanía sentimental. Hay una mirada que nos ve.
Escribe Burgo en un artículo en El Gráfico, refiriéndose a Héroes: “lo hicieron con tal sensibilidad (en laboratorios de Londres) que muchos argentinos todavía hoy, en 2014, se creen que Héroes es un documental tan autóctono como Villa Fiorito”.
En Sobre “The Purple Land”, que está incluido en Otras inquisiciones, Borges anota: “Percibir o no los matices criollos es quizá baladí, pero el hecho es que de todos los extranjeros (sin excluir por cierto a los españoles) nadie los percibe sino el inglés. Miller, Robertson, Burton, Cunninghame Graham, Hudson”. Sobre “The Purple Land” fue escrito en 1941. The Purple Land, de W.H. Hudson, es de 1885.
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