
Durante los últimos días abundaron debates en mesas de cafés, en cenas familiares, en los afterhours y hasta en los picnics en las plazas, bajo los árboles, que versaban acerca de la incógnita: “¿Sería el ‘asesino serial de Ramallo’ un verdadero asesino serial?” Quienes se oponían a esa definición para el hombre que habría asesinado a su hermano, a su hija y finalmente a su madre se basaban en que tres era un número insuficiente de víctimas, menos cuando pertenecían todas a un mismo grupo familiar. Los defensores de esa categorización planteaban que tres eran multitud y que no importaban los lazos de sangre. Para la ciencia forense, existe el consenso de definir al asesino en serie como aquel que comete tres o más asesinatos con un período de “enfriamiento” (el tiempo posterior al de la exaltación psíquica que obtiene el homicida con su acto, hasta que “siente” la necesidad de volver a matar) sin ningún otro requerimiento.
Por lo tanto, de ser comprobados los homicidios en el norte de la provincia de Buenos Aires, estaríamos frente a un asesino serial. La discusión no habría tenido lugar si hubiera correspondido a la interrogación sobre John Wayne Gacy, conocido popularmente como “El payaso asesino”, que violó y asesinó entre 1972 y 1976 a 33 adolescentes y hombres jóvenes y que fue condenado a la pena capital por sus crímenes: 33 asesinados es más que 3 asesinados. En ese caso no habría habido dudas sobre su categorización. Gacy, el asesino cuya voz se puede escuchar en una muy reveladora miniserie de tres capítulos estrenada en Netflix, fue ejecutado en 1994 (casi dos décadas después de su condena), a los 52 años de edad.

Cuando John Wayne Gacy –cuyo apodo “El payaso asesino” tenía origen en que el criminal solía animar fiestas infantiles y eventos de caridad disfrazado de clown– fue ejecutado, corrió el rumor, convertido en leyenda urbana, de que en su última cena (en la que se estila cumplir el deseo final del condenado) había pedido un menú opíparo, pero acompañado por una Coca Cola light. El Estado nunca confirmó el trascendido acerca de la bebida dietética tomada antes de morir (Gacy siempre se había caracterizado por el sobrepeso, desde niño).
Otra leyenda urbana señala que sus últimas palabras, durante la aplicación de la inyección letal, fueron: “¡Nunca sabrán dónde estarán los otros! Bésenme el culo”. Habría sido teatral. En la miniserie Las cintas de John Wayne Gacy uno de los testigos de la ejecución dice que no escuchó nada. “Yo lo vi, se recostó, cerró los ojos, y eso fue todo. La gente de la cárcel nos dijo que las últimas palabras habían sido: ‘Kiss my ass!’. Yo no lo escuché. Para mí, hicieron correr el rumor para la prensa”. Sin embargo, lo estremecedor se encuentra en las cintas que dan título a la producción. Allí se escucha su voz, la voz del asesino serial, que dice: “Yo maté a 33. Si el Estado me ejecuta, será uno. Les gané”. Y se escucha una risa ante el chiste macabro. Su propia risa.
Sesenta horas de grabaciones inéditas con el asesino. Ese es el centro del documental en tres partes que se puede ver en Netflix. Fueron realizadas por el equipo de abogados de su defensa (porque, como señala su abogado defensor, todo ciudadano tiene derecho a una defensa, aun el más monstruoso –aunque el asesor de Gacy había tomado su caso en primera instancia porque lo conocía ya que ambos hacían carrera dentro del Partido Demócrata) y cuatro décadas después conocen la luz. Se trata de un acontecimiento para aquellos que estudian la psicología criminal de esta clase de homicidas, psicópatas racionales que obtienen un rédito simbólico (placer, poder, autosatisfacción narcisista, etcétera) al matar. Y para quienes se interesen en este tipo de criminales, quizás los más sofisticados y misteriosos que han existido jamás.

No son homicidas comunes. Y en general no se los encuentra por fuera de los Estados Unidos en la versión más intensa de este tipo de criminales. Es decir, si el de Ramallo llegara a ser un asesino serial, pues lo sería, tal como Robledo Puch o el Petiso Orejudo. O el ruso Chikatilo, un militar soviético que violaba y asesinaba niños por centenas a la sombra del poder de la burocracia estalinista, o Luis Garavito, el colombiano que mataba infantes por centenares en una sociedad de la pobreza, de la que formaba parte.
En cambio, Gacy forma parte de ese grupo de homicidas sofisticados como Ted Bundy, quien una vez apresado por 30 homicidios de mujeres con características físicas similares decidió llevar adelante su propia defensa en el juicio oral; Jeffrey Dahmer, que mataba a adolescentes de ascendencia oriental o afroamericana para después comer sus vísceras, que almacenaba en el freezer; Zodíaco, que enviaba cartas a la prensa con firmas cifradas señalando cómo no habría de ser detenido (y treinta víctimas después, continúa libre o quizás muerto, no se sabe); Richard Ramírez, con quince muertes en un año que atribuía a su religión satanista y que había tenido contactos con Le Vay, el líder de la Iglesia de Satán, y así. Muy pocas mujeres asesinas seriales (en Monster, Charlize Theron interpreta a Aileen Wuornos, una prostituta que mataba hombres y fue ejecutada en 2002). Parecieran ser frutos del capitalismo tardío en la sociedad que es el centro de las contradicciones que este sistema engendra. Algo hay.

La miniserie de Netflix tiene dos hilos: el proceso de detención de John Wayne Gacy a partir de que un chico de 15 años se fuera del trabajo en una farmacia señalando a una compañera que se iría con el señor Gacy, un contratista, para ver si conseguía conchabo. Nunca más se lo volvería a ver vivo. Pero había entonces una pista fuerte sobre quién podría haberlo secuestrado. La otra y tan impactante como el repaso de la persecución policial de película del asesino, es la voz de Gacy que va contando a los abogados su infancia, los motivos de sus crímenes, todo. Todo, todo, todo. ¿Y qué da escalofríos? ¿Es la voz de un loco, de un demente homicida, de un monstruo? No. Es la voz de cualquier persona. Un vecino, un tío, el primo de cualquiera.
En 2005, el cantautor Sufjan Stevens lanzó el simple “John Wayne Gacy”, que formaría parte de su disco Illinios. Es una canción desgarradora. Sus versos dicen: “Sus vecinos lo adoraban, por su humor y conversación”. O “su padre era un borracho, y su madre lloraba en la cama”. O “ponía ropa en sus labios, manos silenciosas, beso silencioso en las bocas”. Pero es su final, estos versos del final: “En mi mejor comportamiento / realmente soy como él / busquen debajo del piso / por los secretos que escondí”. Busquen la canción, además de ver la miniserie.
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