
“La muerte rápida es castigo muy leve para los impíos. Morirás exilado, errante, lejos del suelo natal. Tal el salario que un impío merece”, Eurípides
Los 24 de marzo ponen sobre el tapete los horrores de la ominosa dictadura cívico-militar del Proceso. También el infortunio de los destierros forzados que alcanzaron a decenas de miles de argentinas y argentinos, muchos de los cuales aún padecen el drama de la melancolía y el desajuste lejos de su Patria porque no pudieron afrontar el inmenso esfuerzo del desexilio y el regreso a una Argentina que casi siempre violó la bíblica parábola del “hijo pródigo”.
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Estas reflexiones seguramente servirán también a las muchas y muchos que hoy viven o planean la experiencia del destierro por motivos socio económicos.
El exilio, del latín “exul” (persona errante), es siempre una experiencia traumática en la que el individuo es forzado a dar un paso no deseado que cambiará radicalmente su existencia. Cualquiera sea el país de destino o el bagaje profesional o laboral anterior con que lo enfrente es un quiebre en su proyecto de vida. Es la pérdida del espacio familiar, social y cultural en el que ésta se desarrollaba; es la adaptación improbable a un medio desconocido y no elegido; el aprendizaje de un nuevo idioma, aunque se trate del castellano hablado en España, lo que implica la dramática pérdida de la sutileza en la expresión oral cuando comunicarse bien es tan necesario; el esforzarse por comprender y adaptarse a las minucias del nuevo entorno.
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Una de las leyes más penosas de la condición del exiliado es que su tiempo, aguijoneado por la ansiedad de hacerse un lugar bajo ese sol extraño, no es el mismo que el de los locales. Es común que aquellas personas en las que se confía para dar los primeros pasos, quizás por recomendación de algún pariente o amigo, quizás alguien a quien se conoció circunstancialmente tiempo atrás, suelen evaporarse arrasadas por la ansiedad del demandante que desembarca no sólo con necesidad de ubicación sino también anhelante de un afecto que su patria le ha negado.

Lo más dramático fue la pérdida o, al menos, la licuación de la identidad. Porque esta se constituye especularmente en función de lo Otro. Así como el bebe reconoce su otredad, el sí mismo, en la mirada de la madre, en el exilio somos desestructurados en nuestra identidad por la falta de los ruidos, los olores, los hábitos, los sobreentendidos, todo aquello que nos constituye como personas correspondientes a un lugar y a un tiempo. El intento de cicatrización de esos cortes y rupturas me transformó, como a la gran mayoría de quienes compartían mi condición, en un obsesivo escuchador de tangos, bebedor de mate, lector de autores nacionales, o me llevó a construir con otros desterrados un mundo cerrado en el que, por ejemplo, se sigue con indesmayable pasión el campeonato de fútbol argentino.
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Una dificultad es la de tener siempre pendiente el regreso, la convicción de que el futuro transcurrirá en su lugar de origen, que el destierro es sólo provisorio. Pero es éste un tiempo fuera de control para el exiliado. ¿Cuándo se podrá volver? Mientras, estar siempre listo para el regreso (he conocido quienes nunca deshicieron sus valijas durante los años de destierro) descifrando los sonidos llegados desde el otro lado del mar. Interpretándolos muchas veces de acuerdo al deseo, como cuando Rafael Alberti, en 1959, dieciséis años antes de la muerte de Franco se mentía en su “La arboleda perdida” que “vientos de libertad” soplaban en su España y que “pronto llegaría la hora del regreso”.
Son frecuentes los casos en que ante la cierta posibilidad de un logro en el lugar del exilio, lo que implicaría una promisoria posibilidad de arraigo, se ponen en marcha mecanismos inconscientes de saboteo (olvido de citas, comentarios inconvenientes) que hacen fracasar dicha oportunidad. Sobre eso escribió Ortega y Gasset, a raíz de su refugio en Buenos Aires de los horrores de la España franquista: “El desterrado siente su vida como suspendida, “exul umbra”, el desterrado es una sombra, decían los romanos. No puede intervenir ni en la política, ni en el dinamismo nacional, ni en las esperanzas, ni en los entusiasmos del país ajeno”.
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Nunca olvidaré la mano solidaria que me tendieron algunos españoles, pero esencialmente la mayor fuerza que me nutrió surgía del grupo de exiliados argentinos en Madrid con los que nos hablábamos y nos juntábamos para darnos el calor que nos faltaba. También sosteníamos un ansioso y activo intercambio de noticias sobre lo que sucedía en nuestra sombría Argentina, en aquellos tiempos sin internet y de comunicaciones internacionales onerosas. Casi todos dedicábamos parte de nuestro tiempo a concientizar a los europeos acerca de la tragedia que se vivía en Argentina, lo mismo hacían los que habían ido a dar a México, Venezuela o Francia, y esa labor fue fundamental para que la opinión pública internacional se enervara en contra del ominoso Proceso de Reorganización Nacional.
Algunos pudieron sostener una intensa actividad formativa y ejecutiva que tenía por finalidad responder altivamente al designio castratorio que implica el destierro. Fue esa una forma de resistencia que hizo que años después, ya en la Argentina, algunos habían crecido en las respectivas actividades, aprovechando el contacto con otras culturas y visiones que, en circunstancias normales, no hubieran desarrollado.
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Pero no fue esa la suerte de la mayoría de los exiliados. La cuenta todavía no hecha es cuántos, además de los treinta mil reales desaparecidos del Proceso, son los “desaparecidos” del camino que el destino les habría fijado. Cuántos y cuántas no llegaron a ser lo que deberían de haber sido. Cuántos talentos desperdiciados, cuántas vocaciones mutiladas, cuántos corajes malgastados. Quizás sea cierto que desde el 24 de marzo de 1976 argentinas y argentinos, de una u otra manera, envilecidos, jibarizados o fortalecidos, seamos sobrevivientes y que en eso se nos fue la mayor parte de nuestro capital humano.
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