
1
Al final del camino de piedras, justo antes del precipicio, el jardín desborda como una ola inesperada. Detrás de su diseño caprichos o se impone un cielo azul brotado de nubes blancas. Asusta lo inquietante del barranco bajo el que parece estar el mundo entero. Los rosales se encadenan sin pausa. Hacia los bordes crecen los pensamientos. Camino en el laberinto como si se tratara de una pradera. Los amancay y las espuelas de caballeros se mecen con el viento leve junto a las margaritas. Los lirios acosan a los narcisos amarillos. Las dalias bordó y carmín estallan en pleno ardor. A pesar de las nubes, la luz se cuela en todos los rincones, horizontal y penetrante, dando en estigmas, pétalos y filamentos; pegando en mi cara, en mis brazos, en mi cuello, en mis orejas, en mis manos. A medida que me toca, siento cómo la piel se hincha y adquiere el rojo de una insolación.
Busco la sombra de los cipreses alineados en el borde de las tumbas; altísimos y tupidos, custodian las cruces y las flores. Bajo ellos han dispuesto bancos hechos con viejos durmientes para los deudos transidos de dolor. Me reconozco entre ellos, me recuerdo en esas romerías de centenares trepando el sinuoso camino que conduce hasta aquí. Cuando murió mi abuela Alba, llevaba crisantemos en las manos. Cuando murió mi abuelo Elías, arrojé un ramo de junquillos violetas al foso oscuro recién cavado en el que aparecía el ataúd de ella sepultada veinte años antes. A los entierros de mis abuelos paternos, Bautista y Helga, no llegué a tiempo.
Desde el promontorio, el pueblo de mis ancestros. Mirar la belleza cordillerana de Daglipulli es difícil: se lo divisa haciendo el esfuerzo de inclinar el cuerpo a unos noventa grados justo en la franja de ligustrinas dispuestas como cerco para suicidas. El que quiera saltar al vacío debe volar sobre ellas con el arrojo de un clavadista.
Después del mirador un leve llano con sembrados, una barraca, un camión, las casas de madera a dos aguas cada vez más cercanas unas a las otras, la elegancia de las tejas vencidas, el brillo de los techos de chapa. El humo de las chimeneas elevándose aquí y allá en pequeños cúmulus.
Aquí nací. En el borde de la pila de esa plaza aprendía caminar. En aquella pampa admiré a los trapecistas del circo Águilas Humanas. En la aldea campesina que se ve donde el dibujo urbano termina su pelo que era cultivar, regar, podar y cosechar flores para armar ramos que adornen el centro de una mesa. Aquí estoy para comprender un misterio que ignoro. Aquí admiro este jardín. Aquí extraño mi propio paraíso.
2
Para escribir me encierro en un container al sur de la ciudad de Buenos Aires. Esta caja de metal ha viajado en barco por el mundo hasta encallar un día y convertirse en una cabaña rara que ahora me refugia del frío invernal sobre la pampa bonaerense. La casa y yo finalmente quietos. Son dos mil metros cuadrados de verde entre árboles y pastizales. En pandemia todo el mundo debe estar encerrado.
Mi madre junto a mi padre viven en el Alto Valle, unos 1300 kilómetros al sur, al comienzo de la Patagonia. Habitan un pequeño departamento dentro de un barrio dañado por el desgaste, con edificios de tres pisos rodeados de una escuela modelo, un gimnasio, un playón de juegos, una guardería. El Alto Valle es un vergel artificial creado a la orilla del Río Negro por italianos y españoles. La ciudad donde yo también viví hasta que fui a estudiar a una universidad en Buenos Aires es una cuadrícula árida rodeada de manzanos, perales, durazneros y parrales. Mis padres ya están jubilados. Tuvieron tres hijos. Soy el mayor. El único nieto que mis padres tienen es mi hijo. Hasta que adopté al niño, entre los hermanos solíamos hacer un chiste sobre su falta de herencia. Los llamábamos «Los abuelos de la nada».
Mientras escribo mi hijo permanece en nuestro departamento del centro de Buenos Aires. Tenía un año y medio cuando corrió hacia mí por un largo pasillo y se lanzó a mis brazos agitando sus rulos ensortijados. Cuando lo mimaba respondía con golpecitos de puño. Entonces yo me dedicaba a investigar tramas ilegales. Mientras jugábamos o mirábamos dibujitos, los otros habitantes del búnker hacían lo suyo. Cada vez que iba a hacer mi trabajo, llevaba un huevo de chocolate y pasábamos las tardes armando esos juguetes diminutos que vienen como sorpresas en el interior de la golosina. A los cuatro se convirtió en mi ahijado. Es un joven luminoso. Quiere a sus abuelos. Los visita.
El día que fuimos juntos por primera vez al Alto Valle mi madre esperaba ansiosa al niño del que le había hablado. Llegamos en auto. Él bajó con su mochila del hombre araña al hombro. Caminó serio y erguido hacia mis padres mirándolos con sus ojos de uva, el mentón altivo, los pómulos encendidos. Le dio un abrazo ceremonioso a cada uno. Mi madre le dijo que teniendo en cuenta que yo era su padrino y él mi ahijado, ella quería saber cómo le diría. El niño la observó; a ella, a mi padre, a mí. Y dijo: ¿abu?
Desde mucho antes de que yo asumiera que era su padre, mis padres fueron sus abuelos.
A mis padres les dice abuelos. A mí me dice chancho.
3
Protegida por sus botas de goma, un vestido estampado y un delantal azul, Alba domina la huerta con un azadón en las manos. Apenas puede, abandona la casa, la cocina, la limpieza y se entrega a lo sembrado. Sus preferidas son las orejas de oso, como le dicen en el sur de Chile a las prímulas. Alba también adora las dalias por sus colores infinitos. Las prímulas son pequeñas, ideales para los bordes. A las otras las usa para armar cercos. Alba se oculta así del mundo que le ha tocado en suerte; allí se dedica con absoluta concentración a lo importante. En su edén es invencible.
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