
“¿Cómo pueden comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? No somos dueños de la frescura del aire ni el brillo del agua”… decía Tatanka Iyotake, jefe de los Hunkpapa Teton Sioux, más conocido como Toro Sentado, el vencedor del general Custer (que, en realidad, fue general en comisión durante la guerra civil, pero al momento de su muerte era teniente coronel del célebre 7.mo de caballería) en la batalla de Little Big Horn, un enfrentamiento que el cine y la TV convirtieron en épico.
Aunque Toro Sentado ganó la batalla, terminó derrotado en una guerra que estaba irremediablemente perdida. Él y su tribu fueron recluidos en una reservación en las Dakotas, cerca de donde había nacido.
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Allí languidecía Tatanka cuando el célebre Buffalo Bill –el coronel William Frederick Cody– lo invitó a participar de su espectáculo del Wild West.
Cody había demostrado tener buena puntería para matar búfalos, pero tenía una mejor para hacer negocios. Por cuatro meses, todas las noches, exhibió a Toro Sentado ante un público hostil que no olvidaba la afrenta de Little Big Horn. Cansado de ser abucheado día tras días, Tatanka pidió volver con los suyos a la reserva de Hanging Rock. Algunos comentan que, durante las presentaciones, Tatanka insultaba en su idioma a los blancos que lo contemplaban como un raro ejemplar.
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En la reservación, el jefe sioux vivió con sus dos esposas, preservando su prestigio entre su pueblo y manteniendo una actitud escéptica ante cualquier promesa gubernamental.
En 1890 se difundió entre sus seguidores la ceremonia de la “Danza de los Espíritus” que profetizaba el retorno a las antiguas tradiciones y la derrota del hombre blanco. La ceremonia se hizo tan popular entre los jóvenes sioux que las autoridades temieron un rebrote de violencia. Los agentes federales con jurisdicción sobre los aborígenes pensaron que Toro Sentado fogoneaba la revuelta, aunque éste, si bien sabía de la “Danza de los Espíritus”, solo había permitido su difusión.
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Los funcionarios del gobierno decidieron aprehenderlo, y la mañana del 15 de diciembre 43 agentes fueron muy temprano a la reservación para evitar que hubiese testigos. “Hagan de mí lo que quieran”, les dijo el viejo jefe indio (aunque tenía 59 años). Para él era un buen día para morir. Pronto se reunieron 150 siuox alrededor de los agentes, alarmados porque se llevaban a su jefe.
Nadie está seguro quién fue el primero en disparar, pero pocos minutos más tarde Toro Sentado y 12 de los suyos yacían muertos. Un agente salió en busca de refuerzos y poco después llegaba el ejército para imponer orden.
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El cuerpo de Tatanka fue llevado por los soldados de Fort Yates, donde fue enterrado sin ceremonia. Solo 15 días más tarde, 250 sioux eran masacrados en Wounded Knee. Por años los familiares de Tatanka reclamaron su cadáver sin suerte. Su sobrino, Águila Gris, estaba empecinado en enterrarlo en Great River (Dakota Sur) donde el gran jefe había nacido.
Al enterarse de que el lugar donde yacía sería inundado por la construcción de un dique, Águila Gris optó por dejar de lado los protocolos y pasar a la acción, intuyendo que el perdón le sería concedido más fácilmente que el permiso burocrático. Fue así como una noche de abril del 53 Águila Gris procedió a extraer el cadáver de su tío y sepultarlo en un lugar que había preparado. Allí fue enterrado bajo toneladas de cemento para que pueda descansar en paz.
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Sobre su tumba se erigió un monumento realizado por Korczak Zoilkowski –escultor polaco fascinado por la cultura aborigen–. En el pedestal del monumento a Toro Sentado se lee una analogía entre Homero, el poeta griego, y el jefe indio cuyo cuerpo también había sido reclamado por siete ciudades, “en las que alguna vez mendigara un mendrugo de pan”.
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