
Si algo tiene Palo Pandolfo —que ya no está entre nosotros—, su música, sus canciones, ese algo es poesía. Basta con cantar cualquier tema, tararearlo incluso, que uno va encontrando, más allá de la entonación de la voz, su melodía, y la música de fondo, una serie de palabras acomodadas con una precisión perfecta. A los doce, en un cuadernito, empezó a escribir. Para él, en ambas formas de composición había un núcleo común.
“Hay mucho precalentamiento en el acto de escribir, uno empieza como un ejercicio, delira, pero en un momento atrapa algo que es muy fuerte y muy conciso, que realmente sale de adentro. En la música también, nosotros antes de un show, para probar sonido, zapamos, zapamos y hay cosas que después se pierden. Infinitas notas que quedan en la nada hasta llegar a una canción. Cuando escribo una canción es lo mismo, hay mucho que se descarta. En el arte poético, evidentemente, acabo de descubrir que también”, contó en una entrevista de 2014 con el suplemento Ni a palos, año que publicó su único libro de poesía, La estrella primera, buscando, editando, corrigiendo y reescribiendo poemas que había escrito en ocho cuadernos.
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Pero el arte del verso viene de antes, mucho antes. Su primera banda, Sempiterno, se unió a otra, Post Emerum, y formaron Don Cornelio en 1984; tres años después sería Don Cornelio y La Zona. Andrés Calamaro les produjo el primer disco y alcanzaron un notable éxito con “Ella vendrá”, escrita por Palo, hoy ya un clásico del rock argentino y una muestra de su capacidad poética.

Con el segundo disco, Patria o muerte (1988), hicieron muchos recitales en lugares como Cemento, Babilonia, El Parakultural o Prix D’ami. Esos conciertos que terminaban bien tarde incluían muñecos que ellos mismos armaban, máscaras, coreografía de baile y todo tipo de performance poéticas. Luego llegaron Los Visitantes, una nueva banda, formada en 1889, con todo listo para recibir la nueva década. Los noventa serían difíciles en materia política y social pero la respuesta cultural siempre estuvo a la altura. En eso, Palo Pandolfo fue emblema.
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En la primera mitad de esa década, en reuniones de amigos, noches de bares y boliches, giras y cafés, se forma una banda, no de música, sino de poesía. Un micrófono, si había, público enfrente, y leer versos como si uno estuviera poseído por el mismísimo Lucifer. De eso se trataba Los Verbonautas. Además de Palo estaban Karina Cohen, Horacio Nocera, Hernán, Osvaldo Vigna, ocasionalmente Pipo Lernoud, y un cordobés díscolo que se suicidaría mucho después, en 1012, dejando una estela fascinante a su paso: Vicente Luy. Fue todo muy veloz, intensamente veloz.
Uno de los artífices del grupo, Gabriel “Gavilán” Coullery, murió en un accidente de tránsito en febrero de 1998. En su homeanje escribieron un libro colectivo, “un bebé post-mortem”, como dijo Hernán. Acción Poética se publicó por Eudeba y en diciembre de 1999 se hizo la presentación. “Hubo música en vivo y videos; palosanto, un DJ y un móvil de botellas”, cuenta Martín E. Graziano en su Historia oral de los Verbonautas. “El libro nos liquidó. Esa es mi teoría”, dijo Hernán. Hubo una presentación más y todo terminó. “El que toca este libro no toca a un hombre: toca un espíritu”, escribió Graziano.
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“Cuando escribo son descargas, no sé cómo llamarlo. Son ejercicios —dijo en la entrevista a Ni a palos—, es terapéutico, es matar el tiempo, hacer algo lindo con el tiempo. Tengo un baúl, posta, lleno de cosas, todo lo escrito. Soy muy conservador en ese sentido. Tengo todo, guardo todo. Siempre pienso que mis hijos, mis nietos van a encontrar un diario poético, una autobiografía encolumnada. Lo pienso más que nada para ellos, como yo no conocí ningún abuelo, sólo una abuela. Imagino que de alguna manera por ahí está mi interés: dejar a mis nietos un abuelo que ha hecho esas cosas”.
Dejó una gran obra, no sólo a sus nietos, a todo el que quiera meterse en ella y naufragar. En una conversación antológica que mantuvo con Infobae en enero de este año —estaba inquieto, verborrágico, expansivo como si estuviera en el escenario, más interesado en preguntar que en responder—, dijo, entre otras cosas, que “la música busca trascendencia. Con una simple melodía te conmuevo; no necesito nada más. La música es la demostración de que existe la belleza”. La música, la poesía, el arte. Todo eso era Palo Pandolfo. Y más también.
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