
I
A las puertas de París, sobre el río Sena, a 7 kilómetros en línea recta de Notre Dame y tres de la Place de l’Étoile, hay un pequeño paraíso. Es la Isla de la Grande Jatte. Hoy tiene 4 mil habitantes y mide unos 2 kilómetros de largo y casi 200 metros de ancho. Sus costas verdes son famosas y fueron codiciadas desde que el mundo es mundo. Los parisinos lo saben, los turistas también: es un pequeño paraíso al que vale la pena tirarse a descansar.
En 1818, el duque de Orleans, Luis Felipe, la compró para vivir junto a su esposa y sus diez hijos. Construyó allí el Templo del Amor. Entre 1850 y 1870 Napoléon III y Barón Haussmann modificaron la isla acorde a la renovación que estaba viviendo París. Las familias, los grupos de amigos, los amantes, todos iban a pasar la tarde. Era un pequeño secreto a vivas voces. La porción brillosa de tierra que los artistas amaban retratabar en el lienzo.
Claude Monet, Vincent van Gogh, Alfred Sisley, Charles Angrand y Albert Gleizes fueron algunos de los pintores que hicieron obras allí, pero tal vez quien mejor haya retratado este paraíso sea Georges Seurat en su ya emblemático cuadro de Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, pintado entre 1884 y 1886. Mide 207 centímetros de alto y 308 de ancho. Está en el Instituto de Arte de Chicago, Estados Unidos. Es, para muchos, una de las pinturas más relevantes del siglo XIX.
II
Seurat nació en París el 2 de diciembre de 1859. Su padre fue policía y consiguió ahorrar lo suficiente como para dejar su trabajo y vivir de rentas. Lo introdujo a la pintura su tío materno, el comerciante textil Paul Haumonté-Faivre. En 1875 ingresó en la escuela municipal nocturna de dibujo y desde entonces nunca se alejó del arte. Cuando en 1880 alquiló un local para usarlo como taller, su familia dijo: la cosa va en serio.
Tenía 23 años cuando llegó al Salón de París. Era algo muy extraño, tan joven, sin embargo le hicieron pagar el precio: su mirada pictórica no era aceptada en la época. El puntillismo, técnica que consiste en hacer una obra mediante el uso de diminutos puntos, era toda una revolución y a diferencia de lo que marcaba la tradición no se realizaban pinceladas sobre la tela, ni se mezclaban colores sobre una paleta. Era para muchos una herejía. Pero Seurat estaba convencido del camino elegido.
Cuando presentó su obra más famosa, hoy considerada esencial en la historia del arte, Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, recibió grandes elogios. Pero cuando la llevó a la exposición de los radicales independientes se convirtió en el hazmerreír del mundillo de arte. Los críticos decían que sus obras tenían “demasiada ciencia y muy poco arte”, los realistas lo denostaban por “antinatural” y los impresionistas se sentían ofendidos porque consideraban que los parodiaba.
III
Hay en los buenos artistas, muchas veces, algo irreductible, una convicción, una seguridad que no se vence fácil, una idea fija, una certeza. Eso sentía Seurat. Sabía que la polémica de hoy sería la celebración de mañana. Y no se equivocaba. Por eso le dedicó tanto tiempo a la obra: durante dos años se concentró escrupulosamente en el paisaje del parque, rehízo varias veces el original y completó numerosos bocetos y esquemas preliminares.
Es fácil imaginarlo en la isla, sentado en el césped, girando su cabeza para observarlo todo. Las texturas, los colores, las formas, la atmósfera que quería captar estaba ahí, sólo era cuestión de percibirla y expresar en el lienzo algo de todo eso. Para este cuadro empleó el nuevo pigmento “amarillo de zinc”. La composición es asimétrica y presenta el punto de fuga en el horizonte, entre los árboles, donde convergen todas las líneas. Murió en 1891. Lo lloró todo el mundo del arte.
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