“Homo Búnker”: una exhaustiva arqueología del encierro en la cultura y el arte

En la cárcel, postrados en la cama o ocultándose para sobrevivir. Autores como Franz Kafka, Virginia Woolf, Anna Frank, Antonio Gramsci y César Vallejo, entre otros, vivieron confinamientos que afectaron su obra

"Homo Búnker. Breve historia del confinamiento" (Indie Libros), de Juan Mendoza
"Homo Búnker. Breve historia del confinamiento" (Indie Libros), de Juan Mendoza

1.

Homo Búnker nació el 28 de marzo del 2020 a las 3 de la mañana.

Siempre suelo levantarme a eso de las 2 a escribir.

En las escuelas del miedo, mis ojos dan clases de asustado.

Tener una historia de la literatura en la cabeza es como tener un piercing en la lengua.

Por lo general son frases así las que me despiertan. Cuando no me despierto, comienzo a soñar que escribo. En aquella ocasión fue una expresión muy breve la que me obligó a empezar: Homo Búnker.

Me levanté y comencé a escribir.

El hecho de que mi computadora estuviera abierta, y de que hubiera algunos libros abandonados sobre la mesa, me ayudaron:

84, Charing Cross Road de Helene Hanff,

–el Aguafuerte de Arlt sobre las Ventanas Iluminadas,

–las imágenes de Esferas III de Peter Sloterdijk.

Había estado ojeando esos libros en la noche anterior. Para pensar o escribir algo sobre, respectivamente:

–formas del intercambio de libros en momentos dramáticos de la historia,

–o para la escritura de un ensayo sobre nuestro profundo carácter placentario: Toda nuestra relación de apego con la madre es quizá una sublimación de la relación in útero que se pierde con el nacimiento. En la vida in útero está la prehistoria de nuestra biografía.

Mi hipótesis, de esa madrugada, era que Freud había inventado el inconsciente por el terror que podría producir una verdadera teoría de la placenta: “Pero es posible que el inconsciente sea sólo una metáfora, un modo de nombrar aquello que la placenta nos ha impreso para siempre…” –escribí esa noche, impresionado por el hecho de que, como una huella digital, nuestro rostro queda grabado en nuestras placentas tras 8 o 9 meses de tener nuestras caras pegadas a ella. Así es.

Y bueno: Ventanas Iluminadas: siempre todos tenemos algún libro de Arlt cerca.


Pero levantar la vista y ver al Homo Búnker sobrevolando con las luces de la ciudad de fondo, ese fue el hecho capital en la escritura de este libro.

Cuando me levanté, a las 2 de la mañana, Homo Búnker había empezado siendo poco más que una palabra, un modo de nombrar algo incierto –la literatura es un acontecimiento que crece con la incertidumbre–. Cuando me asomé a la ventana para descansar la vista de los libros y las pantallas, el Homo Búnker ya tenía su propia vida.

Y volaba.

Agitaba sus alas enfrente de mí.

Movía sus alas a la altura de un Piso 11.

Debajo estaba el vano del edificio.

Y no miraba el precipicio, el Homo Búnker me miraba a mí.


Hola. Soy el ADN del Covid-19. Hace 10 minutos que viajo a bordo de dos huéspedes novatos. He ido primero hasta el piso 32. Y bajado luego hasta el 18. He ido hasta el 17, hasta el 23, subido hasta el 32, bajado hasta el 15, el 3, el 2, el 1, el Tercer Subsuelo, la Planta Baja.

El Homo Búnker me miraba y me decía cosas.

Unos días después oí que uno de los primeros efectos del Covid era que alteraba nuestros sueños.

Me tranquilicé.

Aunque haya sido convocado por la figura del encierro, el Homo Búnker primigenio tuvo alas: algo del Ángel de la Historia de Walter Benjamin había en él.

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y las alas desplegadas… –escribe Benjamin–.


Pues bien: ese mismo aspecto se ve que también tuvo el Homo Búnker para mí. Soplando desde el Pasado, una tempestad se enredó en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Con una fuerza de escritura, esa tempestad también lo empuja hasta mis páginas.

Me lleva a mí hasta la computadora. Y lo lleva al ángel hasta mí.


Y después vinieron otros libros y más voces. Y el Mármol Negro del satélite Suomi, que fotografía cada centímetro de luz desde el espacio y es entonces posible sospechar que adentro de alguna de todas esas luces también estamos nosotros.


Y la imagen de James Stewart en La ventana indiscreta.

Esa imagen me tranquilizó bastante.

Porque me devolvía al terreno de la cordura y de la convalecencia al que ya no creía que podría volver a pertenecer.

(Hace poco acaba de estrenarse La mujer en la ventana de Joe Wright, señal de que estamos todos inmersos en un momento viral: lo que le pasa a los otros, también me pasa a mí).


2.

Thomas De Quincey concibió casi la totalidad de sus libros primero como artículos en periódicos y revistas. En suplementos como The Westmorland Gazette, The London Magazine, Blackwood’s, Tait’ s Edinburgh.

Algo semejante hizo Poe. Aunque lo pensemos como el portentoso autor de los clásicos que hay hoy en nuestras bibliotecas, Poe fue antes el autor de relatos y ensayos dispersos en revistas como The Gift, Burton ‘s Magazine, American Review, Graham ‘s Magazine.

Son muchos los casos de libros que hoy concebimos como tales pero que, antes, aparecieron en revistas.

El caso de Bartleby es elocuente. Melville lo publicó primero en Putnam ‘s Magazine. Y lo publicó sin su firma, por temor a los juicios literarios que pudiera recibir.

Salvando las distancias, el caso de Homo Búnker es similar. Una ocasional conversación telefónica con M. arrancó algunos párrafos del Homo Búnker de la modesta pantalla de computadora en la que escribo. Y los colocó en las páginas de la revista que dirige. ¿En qué andás? –me preguntó M. por teléfono al atardecer del mismo día en el que Homo Búnker había nacido–. Detrás de su voz se oía el ruido de sus hornallas mientras cocinaba. No hay nada como mantener una conversación con tu editora en medio de los quehaceres domésticos –pensé–. Sensación de estar uno en el lugar correcto de su propia biografía. En el momento de la escritura, toda conversación que no sea literaria, es una pérdida de tiempo. Excepto: las conversaciones cotidianas importantes: como las de un condimento para una comida, por ejemplo.

“El arte de asesinar involuntariamente a alguien” fue uno de los primeros textos críticos sobre el confinamiento. Apareció a los pocos días de que se declaró el encierro. Con algo de Ernst Jünger y Thomas Pynchon. Y otro poco de Churchill y de Stalin, para contextualizar. Con una gran conciencia de clase, –la expresión es antigua–, el texto tiene el tono de aquel momento. Nadie sabía lo que vendría después.

Juan Mendoza
Juan Mendoza

3.

El capítulo final de Homo Búnker, impublicable en cualquier revista, creo que es el capítulo más literario de la novela. Señal de que el Homo Búnker es el personaje de una ficción que ya todos llevamos dentro. Las ciencias ficciones de ayer son el realismo de hoy. Lady Búnker y Srita. Scape, son los nombres de dos personajes que vendrían después. La Revista REA, curiosamente, publicó en Rosario “La Multiplicación de los informes”, partes de ese capítulo extraviado en una Bitácora del porvenir. Tal el nombre de todo lo que apareció en aquella edición sobre el confinamiento.


4.

Algún tiempo antes de que Homo Búnker naciera, estuve trabajando con algunos textos de Borges. Descubrir que Borges publicó Pierre Menard y Tlön en formato de “artículos” en la revista Sur, es algo que todavía nos conmueve. No como parte de los libros que hoy sabemos que son, sino como las modestas páginas de la revista que los cobijó. He tratado de adquirir algunos ejemplares de la Revista Sur, años 40. Como el precio me pareció dudoso, me consuelo comprando otros ejemplares de la revista Sur sin la firma de Borges.

Algunas veces, antes de publicarlos como tal, mis libros también aparecen en partes, primero como artículos dispersos en revistas que nadie lee. O que, cuando son leídos, son leídos como los artículos firmados por nadie. Bajo el sugestivo nombre del escritor anónimo que en efecto soy.

Me gusta que mis libros sean leídos por sus temas o sus títulos, antes que por el nombre de su autor.

Los Archivos_ papeles para la nación

Diario de un bebedor de petróleo

Sin título_ técnica mixta

Homo Búnker

Escrituras past_


5.

No conceder demasiadas entrevistas.

No postear muy seguido en redes.

Hacer todo lo posible por desaparecer.

Edificar una situación lo más parecida posible a la de nuestra muerte. Para así saber qué será de nuestros libros cuando ya no estemos para defenderlos.


6.

Hace algunos años, una poeta amiga vino a visitarme a mi estudio estilo oficina de detective inglés a la que también voy para encerrarme a escribir y tomar café.

Al mirar una ringlera de libretas la poeta amiga me preguntó: eso qué es.

El cementerio de mis novelas muertas.

Todo lo que no publico, va a parar allí.


7.

Cuando eso no sucede, pego las partes en un único archivo que envío a uno o dos editores por vez.

Todo libro tiene un destino. No está muy bien entrometerse demasiado en ello.

“X dice que soy un farsante. M dice que soy un profesor de la Sorbona” –escribe Barthes sobre el asunto–.

No es la pluralidad de ideas, sino la perfecta simetría de sus oposiciones lo que más le sorprende a Barthes.

Patricia Kolesnicov tuvo la amabilidad de editarlos.

Jorge Carrión escribió unas líneas para la contratapa, cosas que los ebooks no tienen.

La soledad es más antigua que el lenguaje.

Sé que pronto deberé levantarme temprano otra vez.

Nada nos garantiza que lo próximo que escribamos vaya a una revista primero, o al cementerio de mis novelas muertas, rumbo a la desconocida vida que vendrá después.

*Disponible en Bajalibros.com

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