Magia, sensibilidad y filosofía: por qué Gilles Deleuze es el héroe de las “pequeñas máquinas infantes”

El escritor e investigador Matías Moscardi acaba de publicar “¡El Gran Deleuze!” (ilustrado por Aruki, editado por Beatriz Viterbo) donde propone un recorrido lúdico sobre la vida cotidiana a partir de conceptos del filósofo francés. “Quise escribir un libro que fuera divertido, gracioso, y a la vez minucioso, riguroso”, sostiene en diálogo con Infobae Cultura

(Ilustración por Aruki)
(Ilustración por Aruki)

“Es imposible aprender a nadar fuera del agua ¿no?”, dice Matías Moscardi desde Mar del Plata. Tipea frente a la computadora mientras el mar, a pocas cuadras de su casa, tapa y destapa la costa como si fuera una sábana inquieta. El motivo de esta conversación vía mail con Infobae Cultura es su último libro, un extraño e intrépido artefacto filosófico pensado como una aventura lúdica para niños. Se titula ¡El Gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes y lo publicó la editorial Beatriz Viterbo. Ahí, en esa ciudad dorada de la costa argentina, Moscardi nació hace 38 años, creció, leyó, se doctoró en Letras y escribió siete libros de poesía, tres de narrativa y la tesis La máquina de hacer libritos: poesía argentina y editoriales interdependientes en la década de los noventa. Además, es docente universitario, organizador del Festival Independiente de Poesía de Acá e investigador del Conicet. Vive con su pareja y su hijo que pronto cumplirá dos años.

Del otro lado del Océano Atlántico, a unos 600 kilómetros de la costa francesa que mira con cierta altura nuestro continente, hay otra ciudad dorada: París. Ahí nació, creció y murió Gilles Deleuze, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. Cuando Moscardi llegó al mundo, el Deleuze ya había escrito sus mejores libros: La lógica del sentido, por ejemplo, o El Anti-Edipo y Rizoma: introducción junto a su partenaire intelectual Félix Guattari. Son planteos filosóficos extravagantes, profundamente lúdicos y sobre todo rupturistas con los que Moscardi se encontró en la Universidad de Mar del Plata, cuando estudiaba Letras, en la década del 2000. El primer efecto de esas aquellas lecturas iniciáticas, dice, fue la perplejidad. Confusión, desconcierto y una fuerte inquietud por saber qué había detrás. Encontró ahí una oscuridad singular, distinta, que debía desentramar o, mejor, iluminar.

“La oscuridad de Deleuze no es la oscuridad de Hegel, ni siquiera la oscuridad de Adorno. No son hermetismos equivalentes, ni presentan las mismas dificultades. Digamos que la escritura filosófica, los estilos de la filosofía, presentan distintos matices de oscuridad. Muchas veces escuchamos decir que tal autor ‘es difícil’, o ‘es críptico’, pero esas impresiones no nos dicen nada sobre la forma concisa de esa dificultad o de ese hermetismo. Dicen que los esquimales tienen como cuarenta palabras para nombrar el color blanco. No sé si es cierto, poco importa la veracidad del dato. Lo que quiero decir es que sería útil tener un acervo de palabras igualmente amplio para describir la oscuridad de una escritura. Por ejemplo, la dificultad de Hegel es sin dudas gramatical, sintáctica, y a la vez está asociada al pensamiento abstracto”, comenta.

Matías Moscardi y “¡El Gran Deleuze!”
Matías Moscardi y “¡El Gran Deleuze!”

Y continúa: “La dificultad de Deleuze, en cambio, es más parecida a la de Nietzsche o incluso –algunos deleuzianos me matarían por lo que voy a decir– a la dificultad de Castaneda: un lenguaje que demanda cruzar una especie de velo que, a su vez, tiene que ver –me parece– con la experiencia. No se trata solo de una operatoria de lectura y de inteligibilidad, sino de una operatoria de vivencia, de afectividad. No tiene caso simplemente leer Deleuze. Deleuze mismo, en Lógica del sentido, se quejaba de la crítica que habla del alcoholismo de Fitzgerald o de la locura Artaud, sin comprometerse vitalmente con esos procesos. Con esto quiero decir que esa perplejidad que muchas veces genera la lectura de Deleuze no se disipa por medio de una operatoria intelectual de inteligibilidad, de saber, sin su correspondiente y complementaria operatoria existencial de vida, de afectividad”.

Adultizados adultos ¡quieren adultizar a las máquinas infantes! ¡Pero le daremos batalla a toda costa!”, escribe Moscardi en ¡El Gran Deleuze! El tono es oral, directo y revelador, lo que lo vuelve muy pedagógico, y al estar acompañado de las ilustraciones de Aruki hacen del libro una experiencia más parecida al libro de aventuras, incluso al libro de magias, que a un manual que apila conocimientos educativos. De eso se trata la leer filosofía: no tanto de aprender saberes conceptuales, sino de descubrirlos y ponerlos en tensión con la realidad. Con esta premisa, Moscardi teje un mundo de conceptos ligados a universos mágicos: pecideas, perrosóficos, meditaciones lluviosóficas, relatos rizomáticos, nomadismos, ritornelos, parpagundos. “El libro empezó como un juego, bajo una premisa lúdica. No se trataba tanto de ‘explicar’ Deleuze a lxs niñxs, sino de llevarlo a otro plano de expresión, de decir Deleuze con otro lenguaje”.

Gilles Deleuze (Wikipedia)
Gilles Deleuze (Wikipedia)

Además de “reponer la peripecia del concepto, transformar las ideas en aventuras, imaginar una posible anécdota cotidiana para el pensamiento filosófico, la escenografía mundana de los conceptos”, la “fórmula” del libro fue “reescribir conceptos como ‘las multiplicidades’, ‘los rizomas’, ‘el devenir animal’, ‘el nomadismo’ con el lenguaje de Graciela Montes, Juan Villafañe, María Elena Walsh, David Wapner, Laura Davetach, Roald Dahl, Michael Ende”, dice y agrega que “la cuestión no pasa por la inteligibilidad, sino por una musicalidad, un tono, un estilo, una intensidad y, sobre todo, una sensibilidad, porque el libro construye su lenguaje desde ahí, desde la literatura infantil”. Por eso el libro está pensado para “máquinas infantes”, buscando correrse de la segmentación etaria: “Las máquinas infantes no conocen ninguna cronología: se trata de una sensibilidad y de un lenguaje asociado a esa sensibilidad”.

Moscardi, que además de escritor y lector es docente, piensa el proceso de aprendizaje, y también su libro, como “una cruzada contra los prejuicios, como la idea de dificultad”. “Vivimos en una época deconstructiva en la cual estamos atravesando procesos intensos que repiensan una serie de binarismos. Creo que, como docente, uno de los que me toca pensar es la dicotomía de lo simple y lo complejo. Recuerdo que, en el marco de una charla a ingresantes de un instituto donde trabajé, un profesor les decía a lxs alumnxs que primero deberían aprender cosas sencillas y luego, progresivamente, irían aprendiendo cosas complejas. Estoy en profundo desacuerdo con esta idea. Me parece, además, muy irreal. De hecho, bien miradas, las cosas simples no existen. Alan Watts, en un libro llamado El camino del Zen, dice que harían falta varios volúmenes de libros para describir una partícula de polvo”.

El Gran Deleuze parte de esa disolución: no hay cosas simples y cosas complejas. En un proceso de aprendizaje nos enfrentamos constantemente con la complejidad y con una serie de resistencias. Es una cuestión de lenguaje y de sensibilidad. Pensemos, sin ir más lejos, en el lenguaje de lxs niñxs: es sumamente creativo, impredecible, lleno de invenciones constantes, de ideas, de conceptos, un lenguaje infinitamente más rico y menos controlado que el de un adulto. Crecer es, fundamentalmente, aprender a dominar la lengua, a domesticarla, volverla comunicativa, servil, predecible, torpe y aburrida. De alguna manera –muchas veces, no siempre– perdemos la relación lúdica con el lenguaje, la capacidad de decir ‘hacido’ en lugar de ‘hecho’ porque ‘hacido’ ‘está mal dicho’. Lxs niñxs, en cambio, suelen tener una relación con la lengua más desopilante, llena de gracia, que mueve a la risa por el grado de desinhibición, de espontaneidad que implica”, sostiene.

(Ilustración por Aruki)
(Ilustración por Aruki)

Moscardi recuerda un chiste de Deleuze y Guattari: “Freud tenía la genialidad de rozar la verdad”. Ese pliegue permite salirse del “gesto grave, solemne, grandilocuente” de la mayoría de los pensadores, dado que “raramente el humor o la risa se encarnan en la escritura filosófica”. Por eso su interés en las teorizaciones del francés que en 1995, tras agravarse su enfermedad respiratoria, decidió suicidarse tirándose por la ventana de su departamento en París. Nunca hay humor en la muerte, pero sí en sus textos donde Matías Moscardi percibe, además, “un sustrato infantil que tampoco es común encontrar en la filosofía. Siempre aparecen niñas y niños, ya sea en forma de personajes célebres –como es el caso de la Alicia de Lewis Carroll– o en forma de ejemplo general –'los niños esto, los niños aquello’. Lxs niñxs –podríamos decir– representan algo así como un concepto desapercibido, en segundo plano, es cierto, pero muy importante”.

“Quise escribir un libro que fuera divertido, gracioso, y a la vez minucioso, riguroso. Creo que el mayor desafío estuvo precisamente ahí: en procurar no reducir los conceptos, no simplificarlos –en el sentido de un ‘Deleuze para principiantes’–. No, más bien todo lo contrario: retener su complejidad, su vivacidad, su vibración. La aspiración de Lucrecio a ‘verter el claro de los cantos sobre el más oscuro de los temas’. Eso fue lo que más me costó, lo que más tuve que pensar y repensar en cada momento”, sostiene. ¿Pueden los chicos adentrarse a una filosofía intrépida, no “adultizante”, y que les permita, además de aprender conocimientos, seguir jugando, seguir divirtiéndose? ¿Cómo sería el mundo donde eso fuera ley? “En principio, sería un mundo más atravesado por el humor y la comedia, antes que por la tragedia. También imagino que sería un mundo más preguntón, menos asertivo”, concluye.


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