
Para escribir Amores inmigrantes viajé en el tiempo. En palabras de Mark Twain, “aproveché los vientos alisios en mis velas. Y exploré. Soñé. Descubrí”.
Siete familias que me confiaron sus historias. De pronto, esas vidas que existían en la memoria colectiva de cada grupo, pasarían a ser públicas, concretas y eternas.
Por esa razón, mi desafío fue transmitir la esencia de cada personaje. Y mientras exploraba sus vivencias, sentí que viajaba con ellos desde Dinamarca, España o Japón hacia Argentina. Que sus maletas eran también las mías y que materializaba con palabras sus sueños y dolores.
Cada uno de los relatos significó un grupo nuevo de gente en mi vida. De una manera íntima y emocional. Organicé durante un año entrevistas presenciales y otras por videollamada, en plena pandemia. En ellas sus descendientes me contaron anécdotas, leímos cartas y documentos, rescatamos fotografías. Buscamos testimonios y registros.
Investigué en libros e internet y me vinculé con organismos que me brindaron información del contexto histórico. También leí y consulté a entendidos acerca de la cultura de los países. Aprendí a dar los buenos días en japonés y alguna receta danesa. Por momentos, fue divertido, excitante. Otras veces movilizador, como el instante en que Shizuko le dijo a su esposo que la hija de ambos había muerto. O cuando paseé virtualmente por el convento Villa Sora —Italia—, escenario del romance de Vladimiro y Eleonora, ¡donde ellos habían estado!, y que hoy es un colegio secundario salesiano.

En mi teléfono conservo aún los grupos de WhatsApp con las familias de Amores inmigrantes y recuerdo cada carta o dato nuevo como una celebración. Por ejemplo, cuando Lisbet Larsen, desde Mar del Plata, me tradujo la carta que su abuela Nellie había escrito a su exesposo. Era un domingo lluvioso y juntas descubrimos la fragilidad de Nellie en sus palabras.
Las cartas fueron tesoros. Me dieron certeza. Conocer las palabras y frases que usaban, sus trazos de puño y letra representó una conexión íntima que trascendió el tiempo.
Lloré porque aun sabiendo que eso iba a ocurrir, el momento de escribirlo tuvo una dimensión de eternidad que es muy fuerte.
Sin dudas, el lugar de las mujeres en mi libro es contundente. Nellie —tan decidida como frágil— se divorció en 1917 de un esposo violento, para venir desde Dinamarca con su pequeña hija a trabajar en la inmensa y áspera soledad de la Patagonia. O Enriqueta, que, sin ceder sus convicciones, rechazó un matrimonio acordado por sus padres y se destacó en un mundo gobernado por hombres. O Elena, que vivió sola la Primera Guerra Mundial en el Imperio Austrohúngaro y combatió el hambre y el miedo con mucha determinación.
Mujeres —ciudadanas del mundo— que a pesar de la adversidad, se realizaron en sus sueños más personales.
Mi intención en este libro es inspirar a otros, a través de historias de inmigrantes que hicieron grande nuestra patria. La Constitución Nacional promete paz y libertad «para todos los hombres y mujeres que deseen habitar el suelo argentino». ¡Emocionante! Una frase atemporal que encierra un profundo sentido de justicia y oportunidad.
Los personajes de Amores inmigrantes llegaron a los confines de este mundo con la fuerza del amor y el coraje, esa cualidad humana que nace de las entrañas y supera cualquier obstáculo.
*El libro se encuentra a la venta en la Cadena Yenny El Ateneo, y en su plataforma Temátika. En redes, Diana Arias está en @dianaariasoficial, en IG.
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