
Cuenta la historia que siendo un niño José Clemente Orozco, el gran muralista mexicano, solía mirar desde la ventana lo que sucedía en el taller del grabador José Guadalupe Posadas y que aquella experiencia iniciática fue fundamental para que comenzara una experiencia cercana con el arte. “Este fue el estímulo que despertó mi imaginación y me impulsó a emborronar papel con los primeros muñecos”, dijo Orozco años después.
Pero Orozco, de quien hoy se cumple un nuevo aniversario de nacimiento, no tuvo siempre muy claro a qué quería dedicarse. Si bien la arquitectura y la pintura eran las profesiones que más le interesaban, no fue hasta un trágico accidente con fuegos artificiales, en el que perdió la mano izquierda y sufrió daños en un ojo, que desechó el deseo de construir edificios porque físicamente no tendría una presencia socialmente aceptable.
A diferencia de otros grandes muralistas como David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, la formación de Orozco fue mexicana, ya que comenzó a viajar cuando ya se había hecho un nombre en la pintura. En sus temas no solo merodeaba el espíritu de Guadalupe, con sus famosas Katrinas, sino también tópicos comunes a la época como el arte popular, las prácticas religiosas aztecas y las leyendas que conformaban las fiestas populares. y, por supuesto, llegado el momento, las ideas revolucionarias. Aunque, si bien la obra de Orozco fue política, no fue propagandística, aclaración no menor.
Sin embargo, en la paleta de Orozco hay una gran diferencia: él no toma los colores de la vanguardia, rechaza de alguna manera la estética de la escuela de Barbizón tan en boga -que era el foco de la Academia de San Carlos, donde estudió- y opta por “el negro y las tierras que habían sido excluidos de las paletas impresionistas”.

Participó de la emblemática exposición de estudiantes que rechazaban la muestra oficial de pintura española armada para celebrar el Primer Centenario del grito de la Independencia, en 1910, año que estalla la revolución, y si bien aseguraba que él no había tomado parte de la misma sí lo hizo como ilustrador del periódico La Vanguardia.
Con el ascenso de Alvaro Obregón a la presidencia en el ‘20 y bajo la figura de José Vasconcelos, el muralismo comienza su etapa de arte oficial, se une a Siqueiros y Rivera -que renuncio luego para realizar otros trabajos privados- en la confección de los históricos murales de la Escuela Nacional Preparatoria, proyecto criticado entonces por ser realizado con fondos del Estado y por el que los artistas ganaban lo mismo que los albañiles que los asistían. Tras la renuncia de Vasconcelos, Orozco también lo hizo y solo muchos años después pudo finalizar la obra.
Orozco también realizó murales en EE.UU., país que visitó en dos oportunidades, donde realizó Prometeo, para el Pomona College de California y otras obras para el Dartmouth College y la New School for Social Research de Nueva York.

Como lo marca su nombre, Prometeo se centra en la historia mitológica griega del titán que robar el fuego de los dioses para dárselo a los hombres y que por eso sería castigado por Zeus. La obra fue encargada para el Frary Dining Hall, el comedor del recién construido Pomona College, por el arquitecto Sumner Spaulding, y el profesor de historia del arte y estudios hispánicos José Pijoán.
La pieza consta de cuatro paneles: uno principal que da al comedor abierto del comedor, dos laterales y un techo en el techo. Los estudiantes ayudaron a recaudar USD 300 de la tarifa de USD 25 mil que cobró el artista en 1930, cuando realizó el trabajo que fue el primer fresco moderno en los Estados Unidos. Usando estudiantes como modelos y con la asistencia del también artista mexicano Jorge Juan Crespo de la Serna, Orozco demoró 3 meses para realizarlo.
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