Consciente de que las decisiones de forma impactan en el contenido y con una premeditación más cercana a la estrategia que a los caprichos del estilo, la escritora mexicana Guadalupe Nettel eligió una escritura nítida, clara y pausada para su última novela, La hija única (Anagrama), basada en la experiencia de una amiga a la que le anunciaron en el octavo mes de embarazo que su hija nacería muerta.
“La historia era densa y dolorosa y por eso la hice jugar con otros relatos que al lector le permiten escapar de a ratos del duelo. Hay un juego de luces: algo muy triste dialoga con cosas luminosas y graciosas. Busqué un equilibrio de contrapesos y pude llegar a eso gracias a una escritura transparente”, cuenta Nettel, sobre la decisión de entrecruzar la crónica de aquella gestación con la experiencia de otras madres, un entramado que le permitió abordar lo complejo de las tareas de cuidado, las redes de solidaridad femenina y rincones menos trillados de la maternidad.
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La última novela de la ganadora de los premios Herralde de novela y Ribera del Duero de relato, traducida a una docena de idiomas y editora de la histórica Revista de la Universidad (UNAM) da cuenta de la diversidad que se esconde detrás del falso unívoco de “ser madre” y, a la vez, da fe de aquel refrán que dice que “para criar a un niño hace falta todo un pueblo”. Alina se entera al fin de su embarazo de que el cerebro de Inés, su hija, no crece adecuadamente y de que morirá tras el parto, pero afronta la maternidad con la misma intensidad que el duelo. Laura, su mejor amiga, decide ligarse las trompas y, mientras sortea un vínculo pringoso con su madre, sostiene y ayuda a una vecina que no puede lidiar con su hijo.

La pandemia también cambió los planes de Nettel, quien no publicaba una novela desde Después del invierno en 2014 y estaba entusiasmada con su presentación: “Sabía que la La hija única se publicaría en septiembre, pero no me imaginaba que no iba a viajar para presentarla ni que todo iba a ser por Zoom. Lo lamento mucho y es frustrante porque me gusta mucho ir a las mesas, estar en contacto con lectores y ponerme en contacto con distintas lecturas. Me bajoneó bastante”.
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Como si fuera una de esas trampas que solo puede tender la ficción, esa decepción pandémica la acercó al personaje inspirado en la historia de su amiga. “Como ella, tuve que adaptarme. Alina es una pionera. Suelo decirle que como tiene callo y sabe cómo se hace, debería dar cursos. La pandemia nos dejó en claro que no sabemos nada. Y a pesar de que a lo largo de mi vida leí e investigué mucho sobre la idea de incertidumbre, me ha costado lidiar con eso, puede ser muy desesperante”, acepta.
- En la novela, mientras Laura decide muy explícitamente no ser madre, Alina recurre a un tratamiento de fertilización para quedar embarazada y, finalmente, la historia de ambas pierde esa linealidad consciente. El feminismo lucha bajo la consigna de “la maternidad será deseada o no será”. ¿En qué medida el deseo de ser madre puede volverse un asunto más complejo?
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- Laura se liga las trompas y, si bien acompaña y contiene a Nicolás durante unos días, lo deja ir y no asume definitivamente el rol de madre sustituta. Siente mucha empatía con el niño pero su deseo íntimo no cambia. Me interesó plantear que, aún después de una decisión tan radical como ligarse las trompas, se puede asumir un rol y maternar.
- Eso invita a repensar aquella vieja idea de que “madre hay una sola”.
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- Claro, ese tipo de afirmaciones, lo único que hacen es poner toda la carga sobre una persona. Y la novela intenta dejar en claro por qué no tiene razón de ser. Incluso lo más simple de la naturaleza nos muestra que hay otras opciones de crianza: madres que crían a los hijos de otros animales, mujeres que cuidan juntas, padres que toman el rol de la madre. Es parte del patriarcado: la madre como figura sacrosanta es un deber ser insoportable para las mujeres. Nos sentimos culpables si no cumplimos con un ideal que, en el fondo, es inalcanzable. Y encima, no necesitamos que nadie nos lo recrimine, lo hacemos solas.
- Laura, la voz narradora, sostiene que “no hay una palabra para nombrar a los padres que pierden a sus hijos. Es tan inaceptable que deciden no nombrarlo”. ¿Qué la convocó a escribir la historia de Alina?
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- Me impresionó la idea de que ella tuviera en el vientre a alguien que iba a morir. Y a pesar de que era un embarazo muy avanzado, no evaluó abortar porque los médicos le aseguraron que la niña iba a morir. Tal vez, si le decían que iba a vivir como un vegetal, hubiera decidido abortar aunque fuera ilegal. Le aseguraron que no había ninguna posibilidad de que viviera, fue terrible porque estuvo muy a merced de los médicos. Desde un punto de vista literario, me pareció fascinante que las ganas de tener un bebé la convertían en madre aunque fuera únicamente durante la gestación. Ella estaba convencida de que tenía una hija que estaba dentro de ella y que tenía que ocuparse. Las cosas cambiaron y se adaptó; me inspiró mucho su manera de reaccionar ante esos retos.

- La novela plantea un entramado de mujeres que forman una red de cuidado y maternidad. ¿Por qué decidió que los motores de la historia fueran todas mujeres?
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- En México hay un debate muy fuerte sobre la importancia de lo colectivo. Las redes, las asambleas feministas y la política están pensando esto. Me parece que las redes de mujeres son una forma de reaccionar. Aquí, las madres se juntan para buscar a las hijas desaparecidas y eso me hizo retomar la idea de que el hijo de una es el hijo de todas. Y si un día me pasa algo así de horrible, estaré acompañada por otras mujeres. Quise pensar en formas de crianza más colectivas con una forma de salvarse de la carga abrumadora del aislamiento en el que siguen cayendo las madres aún en el Siglo XXI. A eso hay que sumarle que la familia biológica está sacralizada de tal forma que muchas veces la gente no se mete ante la violencia doméstica. Los lazos de sangre crean una muralla que es muy difícil de atravesar.
-El diagnóstico tan determinante sobre el futuro de Inés, el rol de los médicos y de las distintas terapias que encaran los padres se contraponen a otras instancias reveladoras como la presencia del tarot, la naturaleza o el mensaje de un pájaro que anida en la casa de Laura. ¿Por qué sumó estas lecturas?
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- La medicina está muy enfocada en solucionar lo inmediato y el diagnóstico no contempla muchas cosas; es algo que me desespera. Hay un mundo más allá de esa cosa mecánica que los médicos llaman cuerpo; no somos solo mecánica. Y por eso nos inventamos herramientas de nuestra intuición como la lectura de cartas o el horóscopo. Sin embargo, como tenía el prurito de ser fiel a la historia de Alina, me resistí a la tentación grande que me daba apuntar a algo más fantástico.
- Ya había abordado personajes con anomalías, historias que salen del canon y otras veces adoptó ángulos no convencionales para contar. ¿Por qué asume ese interés por lo diferente?
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- Siempre me ha interesado la idea de monstruo, no como algo feo o aberrante sino como algo que se sale de la norma. Estos seres, ponen en jaque a la convención y, además, tienen algo en común con el arte: cuestionan todo y nos advierten que existen las diferencias, nos salvan de estar presos de las cuadrículas mentales. Lo he trabajado desde El huésped hasta esta novela, me acompaña siempre. El personaje de Inés me interesó muchísimo porque es un ser muy distinto que, a pesar de que la gente la considera un vegetal, demuestra muchísima fuerza y vida. Lo que la define son esas ganas incomprensibles de vivir y aferrarse al mundo.

Guadalupe Nettel nació casi ciega del ojo derecho. Durante gran parte de su infancia, para mejorar su visión, le tapaban el izquierdo. Así fue como aprendió a ver, entre las sombras y consciente de cómo la apertura de un angular puede cambiar la historia. De esa primera aproximación al mundo se impregnó la mirada dual que domina su literatura. Con prosa nítida delinea las historias de personajes que suelen cargar con una mochila de obsesiones, pero siempre deja entrever la sombra, lo oculto y menos evidente. Aquel juego entre el ojo derecho y el izquierdo sigue vigente en su obra.
- En una oportunidad se definió como una escritora mitad Jekyll y mitad Hyde. ¿En qué cuestiones observa esta dualidad?
- No tanto como escritora, las noto como individuo. Cuando era niña, entre los dos y los siete años, usaba un parche durante la mitad del día en el ojo izquierdo. Y veía el mundo de dos formas diferentes durante la mitad del día, con el ojo derecho veo muy poco. Un mundo muy nebuloso y durante ese rato ponía atención en los olores, las texturas y los tonos de voz y con eso me guiaba. Y a las cinco de la tarde, me quitaban el parche y descubría el entorno, veía matices de colores y cosas súper delicadas como las huellas digitales y las nubes. Esa doble mirada que adquirí durante la infancia se inscribió en mí como una suerte de doble personalidad. Siempre tuve muy en claro que el mundo no es eso que uno ve, sino que puede ser visto de diferente manera. Tengo un carácter o muy apacible o muy explosivo. Y también noto que me gusta buscar explicaciones alternativas como que soy géminis y por eso la dualidad siempre estuvo.
- La dualidad la acompaña ahora también en su rol profesional: como escritora de ficción y como editora de la revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
- Sí, me encanta editar la revista. De niña y adolescente tuve revistas, durante la facultad participé de una publicación de literatura y después de otra que se llamaba Número Cero. Pero eran publicaciones muy artesanales. Esto es un sueño. La revista de la Universidad tuvo muchas épocas y nosotros le cambiamos la forma para adaptarla a los jóvenes. Repensar la imagen y el concepto de algo con tanta trayectoria, ser parte de una historia, es delicioso. La tradición me da mucho respeto pero a la vez todo es posible porque uno se inscribe como parte de una historia y eso permite romper. Hicimos un números sobre feminismos, las resistencias indígenas en todo el continente, los animales, el sexo, el agua y el racismo. Incluso durante la pandemia, sin vida de redacción, hay un trabajo colectivo de intercambio de ideas que me encanta. Me gusta mucho el trabajo colectivo, la vida de redacción es algo que se da entre todos.
Fuente: Télam
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