
Tenía catorce años, granitos, verrugas en las manos, un pelo que detestaba, salvavidas y unos ojos oscuros y grandes que lograban cosas.
Fue una mañana parecida a la de hoy. Igual de soleada, más calurosa. No había Fórmula 1 y no me importaba porque Lole ya se había retirado, pero aquel 30 de octubre me desperté temprano igual, porque tenía una misión que cumplir. Por eso me instalé en el balcón de nuestro departamento alquilado en San Telmo, en el cuarto piso de una mole solitaria que había construido la Cooperativa El Hogar Obrero, sobre la avenida Independencia. Desde ahí se veía la CGT Azopardo, los docks de un Puerto Madero que todavía era puerto y, si me esforzaba, un pedacito de río. A veces usaba unos largavistas.
Con un vaso de Coca, unas galletitas y una radio chiquita a transistores, escuchaba cómo se abrían las mesas y miraba pasar a la gente, familias enteras, camino a votar. Pero no los miraba así nomás. Los miraba fijo, los miraba a todos.
Nosotros éramos un caso raro. En mi casa no votaba nadie. Papá ya había muerto, mamá era uruguaya, mis hermanas y yo no teníamos edad. Me daba mucha bronca, yo quería aportar, quería que ganara el candidato que me había convencido.
Cuatro días antes había ido a la 9 de julio, el día del cierre de campaña de la UCR. En un extraño acto de rebeldía adolescente, me había escapado de casa. Dije que iba a comprar algo, caminé por Independencia hacia arriba, y cuando me topé con la marea doblé hacia el Obelisco, como si me atrajera un imán. Me acerqué de a poco, terminé a la altura de Diagonal Norte, sorprendentemente cerca. Escuché los discursos, también las canciones que cantaban desde el escenario. Me gustó mucho una que decía que no teníamos miedo y que queríamos ser felices, con amor y libertad.
Un rato después, a la hora en la que mamá se estaría preguntando dónde estaba y cuando las farolas se rodearon de bichitos que preanunciaban el verano, salió aquel tipo de bigotes grandes y ojos de padre bueno que yo había visto en la tele. Me caía bien. Para colmo, en un reportaje le habían preguntado de qué club era hincha y dijo que de Independiente. Me impresionó el silencio absoluto que se hizo cuando dijo las primeras palabras, el modo en el pasaba del susurro al grito, y sobre todo como ese grito nunca parecía un reto. ¿Cómo hacía para enojarse de ese modo y que uno lo quisiera igual?
Cuando al final recitó el preámbulo, lo acompañé con los labios. Yo lo sabía porque ese año lo habíamos estudiado en Educación Cívica. De memoria, como si no importara demasiado lo que decía, pero algo era algo. Para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar en el suelo argentino. Todo eso dijo él, todo eso dijimos yo y cientos de miles que me rodeaban.
Cuando el hombre saludó con ese gesto extraño y lindo de juntar las manos sobre un hombro, sentí que me miraba. Miento, no es que sentí, sé que miró, y que cuando me miró, me pidió ayuda. Entendí perfectamente. Mis ojos le dijeron que se quedara tranquilo.
Volví a casa con una boina blanca que alguien me había regalado a la pasada. Mamá me retó mucho por no haber avisado, por haber ido solo, por haberme arriesgado. En el fondo, sentí que estaba contenta por mi travesura.

Cuatro días después estaba en el balcón, apostado como un cazador oculto que usaba sus ojos como arma. Ese era mi modo de ayudarlo. Mirarlos fijo y hacer fuerza para que votaran por él, como cuando lo miraba fijo a Trossero antes de patear un tiro libre. Casi siempre funcionaba.
Cuando la tele empezó a transmitir las aperturas de las urnas, veía salir las boletas y si decían Lista 3, sentía que era gracias a mí. Cuando dieron el resultado de la primera mesa escrutada, la de la Base Marambio, salté hasta el techo. No era muy alto, la Cooperativa había hecho departamentos más bien chiquitos, pero igual me quedaba lejos. Esa también fue la primera vez en mi vida que toqué un techo con las manos.
Al final de la noche, descubrí que había logrado mirar fijo a casi ocho millones de personas. Mis ojos oscuros de adolescente inseguro habían ayudado al hombre que hacía falta. En casa no había votado nadie, pero eso ya no importaba. Entre Alfonsín y su discurso, y Luciano y su mirada, lo habíamos logrado.
Muchos años después, usé esos mismos ojos, esta vez empañados, para mirarlo fijo y decirle adiós. Los dos teníamos la satisfacción del deber cumplido
Como diría Julian Barnes: a veces juntas dos cosas que no se habían juntado antes, y el mundo cambia.
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