
“Me parece que aquí, durante el invierno, los pensamientos de los hombres se congelan como el agua... Le juro que el deseo de volver a mi desierto aumenta todos los días más y más… Aquí no estoy en mi elemento: sólo deseo tranquilidad y descanso, bienes que los más poderosos reyes de la tierra no pueden darle a quienes no saben tomarlos por sí mismos”.
René Descartes, carta a Brégy, Estocolmo, 15 de enero de 1650.
En la madrugada del 11 de enero de 2011 se cumplían 360 años y once meses de la muerte de Descartes. Salí del hotel y caminé entre brumas y nieves que habrán sido, probablemente, como las que rodearon al filósofo francés en sus jornadas finales. Cuando llegué al número 68 de Västerlånggatan en Gamla Stan (el casco histórico de Estocolmo), todavía era noche cerrada. Me mantuve unos minutos, en silencio, frente a la fachada de lo que había sido la embajada francesa (última morada de Descartes, en el extremo sur de la calle). Caminé muy lentamente hacia el norte. Anduve todo el trazado de esa vía -como lo había hecho el filósofo, en aquel crudo invierno de hace siglos, también de madrugada- hasta alcanzar el Palacio Real donde lo supo recibir la reina Cristina. La ciudad seguía desierta, y el amanecer apenas se insinuaba como un tenue resplandor violáceo sobre las costas de la isla, detrás del Palacio.
Luego de aquella invernal estadía en Suecia, creí haberme acercado un poco más a lo que el protagonista de mi novela debió haber sentido en los postreros instantes de su existencia. Pero fueron muchos más los periplos detrás de sus periplos, no sólo por los senderos de Europa, sino hacia lugares más recónditos como la medina de Fez -que entre madrazas y mercados medievales me ayudó a imaginar Damasco-, y por los mares que bañan el norte europeo desde donde avisté, como Descartes, el castillo danés de Hamlet.

Gracias a los peregrinajes entre diversos recovecos de Holanda, pude componer en mi espíritu el agitado avance que habrá protagonizado el novel escritor, por las callejuelas de Leiden, hasta la casa editorial, cuando salían de las prensas los primeros ejemplares del Discurso del Método; y sus paseos con Isabel de Bohemia bajo la luna de La Haya, y la tragedia de Francine entre los muros circulares de Amersfoort, y las febriles jornadas en la Ámsterdam cosmopolita y brillante, y el retiro apacible en la comarca de los Egmond.
Fueron intensos los días parisinos, y las incursiones por la Turena y el Poitou para ver la casa natal (ahora Museo Descartes) y la mansión de los ancestros en Chatellerault (especialmente abierta para mí, entre bandadas de palomas y espesas telarañas, por un funcionario del municipio). Sobre el tranvía 22 llegué a Bila Hora (Montaña Blanca) y contemplé, al oeste de Praga, la reconstrucción de una de las batallas más dramáticas de la Guerra de los 30 años (Descartes también había asistido, pero a la versión original, en 1620). Y visité en Alemania los jardines mágicos de Heidelberg (que habrán inspirado al joven René los sueños que tuvo en esa otra localidad alemana, Neuburg, sobre la colina bañada por el Danubio a la que me dirigí después).
“Habiendo resuelto no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar…, en frecuentar personas de diversos humores y condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí mismo…”
René Descartes, Discurso del Método, Primera Parte
Por mi parte, empleé apasionados años en viajar tras esos viajes, para leer en el mundo de aquel peregrino que, entre sueños y travesías, dibujó el rostro del tiempo en que aún vivimos.
*Presentación jueves 29 de octubre, 19.30 hs (Arg.) por Zoom. Actividad abierta y gratuita Informes: letraviva.edit@gmail.com. Particpan Matías Wiszniewer, Diana Sperling (filósofa), Rolando Karothy (psicoanalista), Sergio Wischñevsky (historiador) y Julián Varsavsky (cronista de viajes)
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